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LA NOCHE EN QUE LA HABANA SE PARECE A MADRID

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LUISA MARÍA GONZÁLEZ GARCÍA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
 

Dicen que en Madrid no existen las noches y siempre es de día. Aunque en la negrura del cielo de medianoche apenas se vislumbre la Luna, abajo los transeúntes llenan las aceras, los carros se embotellan en las avenidas, las grandes luminarias artificiales sustituyen al sol, la música estridente de las discotecas resuena por doquier y los restaurantes no cierran porque siempre hay muchos que necesitan sus servicios. No importa que sea lunes, miércoles, o sábados, en Madrid parece que nadie duerme. 

Ciudad de La Habana es diferente. Los días de semana, a más tardar a la una de la mañana, se puede decir que todos se han ido a la cama, con excepción de algunos centros nocturnos a los que asisten mayormente los turistas. Y aunque los fines de semana la diversión dura mucho más, después de las cuatro o las cinco de la madrugada prevalece el silencio. 

Pero hay una noche en que La Habana se parece a Madrid: la víspera del 1ro de mayo.

Ayer fue el primer día del quinto mes del 2008, y una vez más, como se viene repitiendo hace 49 años, la capital de Cuba no durmió en espera de la celebración del Día Internacional de los Trabajadores. Yo debía reunirme con mis compañeros de la Universidad a las siete de la mañana, así que salí de mi casa unas horas antes para llegar a tiempo. Cuando estaba más o menos cerca de la avenida Paseo  —arteria principal para la concentración del pueblo—, percibí un detalle curioso: las calles estaban embotelladas no de carros, sino de personas. 

Era todavía de madrugada, y trabajadores del turismo, de la salud, de la educación, de los servicios, de las artes, etc., colmaban las calles aledañas convirtiéndolas en verdaderos hormigueros. También había estudiantes, muchos estudiantes de diferentes enseñanzas. Y hasta niños pequeñitos con sus padres estaban en espera de la marcha.

“Permiso, permiso”, decía yo todo el tiempo; y trataba de avanzar entre la multitud. Fue una suerte que madrugara, porque de lo contrario, habría llegado tarde.

A las ocho de la mañana sonaron en las grandes bocinas las notas de nuestro Himno Nacional. Como pinchados por una aguja, los miles de cubanos que llenábamos la larga y ancha avenida nos pusimos firmes y cantamos esa canción que figura entre las primeras que aprendimos en la vida. Si un ejército obedece las órdenes de su superior con la disciplina con que todo el pueblo habanero entonó su himno, de seguro gana la guerra.

Después comenzamos a desfilar. Yo formaba parte del bloque de jóvenes universitarios que cerraba la marcha, y como había tanta gente antes de nosotros, pudimos  pasar frente a la tribuna una hora y unos minutos después de iniciar la caminata.

Allí, en la Plaza de la Revolución, escoltados por José Martí, los principales dirigentes de la Revolución saludaban al pueblo. Y nosotros levantábamos carteles,  gritábamos “Vivas”, repetíamos consignas, agitábamos banderas.

Cuando terminé de desfilar y comencé a buscar el mejor camino para volver a casa, un pensamiento cruzó mi mente: “Ojalá que aquellos tristes episodios de Chicago que dieron origen a la celebración del Día de los Trabajadores no se repitan, ojalá que los 1ros de mayo sean siempre en el mundo, como hoy en Cuba, una fiesta.

Entonces, una bandera argentina muy grande me transmitió esperanza. En sus franjas blancas alguien había escrito: “Con Perón, Kirchner, Castro, Chávez, Correa y Evo estamos construyendo la Gran Patria Americana”.           



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