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¿MEDIR?... PARA NO PERDER LA GOTA

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Ante las constantes sequías, los hidrómetros o metrocontadores de agua constituyen parte de la respuesta para llegar al ahorro entre todos.

ALBERTO CABRERA TOPPIN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Foto: Cortesía de MARÍA ELENA GONZÁLEZ GONZÁLEZ.

El grifo gotea una y otra vez Fátima*, aunque no lo escucha, lo ve y no lo cierra correctamente. El agua desperdiciada no moja el piso que acaba de limpiar, ni convierte en fango la tierra que rodea su casa: no le perjudica en absoluto. En un final, tanto esas gotas demás como el líquido que ha utilizado todo un mes en el lavado de la ropa, la cocción de los alimentos y la higiene personal y doméstica, vendrán reflejados en una factura con el valor de un peso per cápita. Una nimiedad por el agua que llega sin interrupciones a su hogar en el municipio capitalino de Boyeros.

A pocos kilómetros de allí, en el reparto El Eléctrico, de Arroyo Naranjo, David Tamame hace “magia” cada cuatro días para llenar en una jornada cuantos cubos y tanques han adquirido en su residencia. ¿Su objetivo? Que no le falte el preciado líquido, por el cual abona, también, el impuesto de un peso por persona mensualmente.

Ante la pregunta de cuán necesario es un hidrómetro –también conocido como metrocontador de agua –en las viviendas, ambos expresan criterios tan opuestos como la situación que viven con el disolvente universal. Y es que en sus dos décadas de edad uno y otro han visto, desde perspectivas diferentes, cómo la ausencia del pago por consumo incide notablemente en la cultura del malgasto hidráulico en La Habana. No obstante, ¿fue siempre así?

Agua gratis para todos

A partir de 1961, Cuba declara vigente y absoluto el socialismo dentro de sus fronteras y se propone avanzar en la búsqueda de la sociedad comunista. Es así como ciertas gratuidades y subsidios se insertan en la cotidianeidad de los cubanos. Entre ellas, el abasto de agua.

“Antes de 1959, en mi casa se pagaba por el agua que consumíamos. ¡Y eso que teníamos una granja! Mensualmente venía un trabajador de acueducto, leía el reloj que estaba en las afueras de la vivienda y nos cobraba”, explica Hilaria Núñez, vecina de Río Verde, en Boyeros. Agrega que tras el triunfo revolucionario, el metrocontador no se utilizó más, ni siquiera los años en los que a su hogar no llegaba el agua con la debida presión: “Hubo algún tiempo que sí fue gratis, pero después vino la tarifa de un peso por persona cada mes.”

Dentro del quinquenio 1966–1970, el gobierno revolucionario decretó gratuito el servicio de agua, siguiendo la premisa comunista de “a cada cual según sus necesidades”. Sin embargo, el pensamiento racionalizador no estaba consolidado en la sociedad cubana, sobre todo en la habanera, por lo que la población comenzó a despilfarrarla. Ello causó el resurgir del pago –tarifado en un peso per cápita mensual –a principios de los setenta, y el nacimiento de campañas desarrolladas por los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) en busca del ahorro hidráulico.

En uno de los folletos impresos como parte de la lucha cederista por el freno al malgasto, aparecen palabras de Fidel Castro respecto al tema. El líder de la Revolución afirma que “(…) desde que no cobramos el agua, muchas personas no se ocupan jamás de cerrar la pluma [grifo] (…) el esfuerzo que cualquier persona realiza para resolver el problema de los salideros de agua es mínimo (…) la distribución comunista del agua nos conduce al despilfarro (…), demostrando que no estamos preparados para distribuir el agua comunísticamente”.

Litro a litro, peso a peso

La posterior subvaloración de la moneda cubana y el alza en los salarios en los inicios de los setenta hicieron que la población considerara ínfimo el pago del agua, por lo que una vez más La Habana estaba frente al despilfarro, esta vez unido a una sequía general en todo el país.

Con la construcción de viviendas en zonas como Alamar (en el municipio de Habana del Este) y La Coronela (La Lisa), fue puesto en práctica un proyecto experimental para propiciar el ahorro. De esta manera, se instalaron hidrómetros en varios domicilios, sobre todo, en los edificios recién construidos.

“Yo tenía doce o trece años cuando los contadores de agua funcionaban”, recuerda Yamilé Emana, residente en la zona 18 de Alamar. “Entonces sí se ahorraba. El Estado te daba gratis cierta cantidad de litros; el resto salía de tu bolsillo. Como es lógico, nadie quería pagar ni un quilo de más. Por desgracia, estos equipos fueron dejando de funcionar y con ello vino la tarifa del dichoso peso por persona cada mes, y así se fue la idea del ahorro”, agrega.

Según investigaciones de María Elena González González, jefa del Laboratorio de Calibración de Contadores de Agua Fría y del Departamento de Normalización y Metrología de Aguas de La Habana (AH), en esa época se realizaron algunos estudios en una zona del mencionado municipio del oriente capitalino. Citando al Comandante en Jefe, la directiva afirma: “Las casas que pagaban el agua con tarifa fija gastaban de 4 a 5 veces más que las que abonaban según lo utilizado, y en donde se puso el medidor, rara vez se empleaba más de lo necesario”.

González explica que los metros instalados en el área residencial habanera tenían una vida útil promedio de siete u ocho años: “Se debe a la presión de bombeo, condiciones físicas del agua y que son del tipo de velocidad: miden el líquido consumido según la cantidad de litros por segundo con que este pasa por una veleta interna. Dicha veleta impulsa unos imanes cuya energía magnética da movimiento a las agujas medidoras. La sedimentación de las sales disueltas en el agua es la causa principal por la que los engranes de estos equipos dejan de funcionar”.

La funcionaria declara que al detectarse un metrocontador sin funcionar, el instrumento era remitido al laboratorio de AH para revisarlo, cambiarle las piezas que lo requerían y volver a ajustarle su calibración. Cuando el daño era mayor, se enviaba a la fábrica Midas, en Arroyo Naranjo, única ensambladora de dichos equipos en el país. Allí se reconstruía por completo. “Por desgracia, la empresa productora de los suministros para las reparaciones de los hidrómetros Iberconta, en su mayoría ubicados en la capital, se fusionó con otra firma y dejó de confeccionar los implementos”, acota.

La ausencia de las piezas y las condiciones del Período Especial detuvieron la intención de extender el uso de los medidores tanto en las empresas estatales como en el sector residencial. Sin embargo, en el año 1998 surge el Programa del Oeste de la Capital, con el que instalaron más de 10 000 metrocontadores en los municipios Playa, La Lisa y Marianao, empleando la estructura básica de las unidades rotas. No obstante, este nuevo proyecto no fue suficiente, pues en la actualidad, según refiere González, solo el 12 por ciento de las viviendas capitalinas presentan contador de agua.

¿Medir o no medir?

Al hablar de la necesidad de instalar metrocontadores de agua en las viviendas, muchos son los criterios que se oponen por una u otra razón, aunque todos siempre toman como referencia la situación individual de cada quien con el líquido y la economía del hogar.

Luis Evelio Serrano, joven trabajador vecino de Río Verde, considera que el poder adquisitivo actual de los capitalinos no es suficiente para pagar lo que se consume de agua una vez instalados los hidrómetros. “Existen personas que tienen problemas para abonar el servicio eléctrico, al punto de invertir casi todo el salario en ello. ¡Imagínate qué pasaría con el agua!”, manifiesta.

Wendy Montes de Oca no piensa de esta manera. En su consideración, sí deberían ser instalados los medidores: “Yo vivo cerrando los grifos de mi casa. Sin embargo, cada fin de semana, mi vecina tira cubos y cubos de agua para limpiar su portal, y al finalizar el mes solo paga una pequeña parte de su salario por eso. Parece que no piensa en aquellas personas a las que hoy no les llega el fluido. Cuando vea afectado su bolsillo, sí las recordará”.

“Siempre ha sido un peso por persona”, comenta Fátima. A su entender, esa tarifa debió haber sido establecida para permitir que todos pudieran pagar por el servicio y por lo dañado que se encuentra el sistema de distribución, heredado de tal manera por el gobierno revolucionario.

Sobre la importancia de la medición, María Elena González manifiesta que constituye la herramienta básica para la gestión financiera sostenible de una red de abasto de agua. “La ausencia de medidores despoja de elementos esenciales a la comunidad y a la entidad que maneja el suministro, lo que dificulta la gestión técnica y económica; su presencia crea una conciencia de ahorro en los usuarios y permite una facturación confiable y equitativa, con la que se da valor al agua”, señala.

“No tengo nada contra las personas que tengan una piscina, sea inflable o de cemento, pero no es justo que abonen proporcionalmente la misma cantidad de dinero que aquellas que no tienen, porque gastan mayor cantidad de agua”, manifiesta Yamilé.

Incluso, la crítica al poco uso de los medidores ha llegado al contexto digital. Un lector de Cubadebate identificado con las siglas T. M. pregunta qué ha sucedido con los metrocontadores instalados en las casas, en comentario publicado el 22 de enero de 2011 a raíz del análisis de la situación hidrológica habanera. “Sería muy bueno si se le pudiera cobrar el sobreconsumo (…) a aquellos que no les importe derrochar tan valioso recurso. Si se hace con la corriente eléctrica, ¿por qué no con el agua?”, reflexiona.

A diferencia de lo que muchos creen, no todos los metrocontadores de agua permanecen en el olvido. Datos ofrecidos por Aymée Aguirre Hernández, vicepresidenta del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (INRH), y citados por Prensa Latina, reflejan que el 22 por ciento del agua bombeada se pierde dentro de las viviendas, cifra que disminuye considerablemente en los inmuebles donde se encuentran instalados estos dispositivos medidores.

Además, en el 2000 fue modificada la tarifa por consumo a aquellos clientes que cuentan con dichos medidores en sus casas. Según un despacho de la Agencia de Información Nacional (AIN), se pagaría veinticinco centavos al mes per cápita por el consumo de hasta tres metros cúbicos (que anteriormente era gratuito); se cobrarían cincuenta centavos desde tres hasta 4,5 metros cúbicos; setenta y cinco centavos desde 4,5 hasta seis; un peso desde seis hasta 7,5; y ,50 por más de 7,5.

El domicilio de Ileana Pedrosa, en Centro Habana, es de los pocos ejemplos capitalinos en los que permanece inalterable uno de estos medidores. Según refiere la propietaria, los siete miembros de su familia y ella disfrutan del suministro cada dos días durante la noche, por el cual abonan mensualmente entre ocho y diez pesos. “No es tan caro, se puede pagar. Lo único negativo es que no es continuo”, argumenta.

Solo se logra ahorro cuando el consumidor percibe directamente cuán necesario es. Por ello, instalar metrocontadores de agua con las debidas tarifas puede llegar a ser garantía de racionalidad, sinónima hoy de riqueza para la capital cubana.

* El nombre ha sido cambiado a petición de la fuente.

Pie de fotos: La sedimentación de las sales es una de las principales causas por las que muchos de los metrocontadores dejaban de funcionar.

Ficha técnica:

Tipo de título: Llamativo.
Tipo de entrada: De Contraste.
Tipo de cuerpo: De bloques temáticos.
Tipo de transiciones: Empleo de sumarios.
Tipo de cierre: Cierre de conclusión o resumen.

Tema: Necesidad de los metrocontadores de agua para acabar con el despilfarro del líquido.

Objetivo principal: Demostrar que es necesaria la instalación de los metrocontadores de agua en el sector residencial para propiciar el ahorro de líquido.

Objetivos colaterales: Hacer un recuento de la historia de la medición del agua en el sector residencial; presentar situación actual del abasto del agua en la capital, haciendo énfasis en el contraste uso del agua–importe a pagar.

Estrategia de fuentes:

Documentales: Folleto El agua, elemento de vida (CDR, década de 1960); portal Cubadebate (consulta en línea, lunes 15 de abril de 2013); cable de la Agencia de Información Nacional (AIN) publicado en internet; libro Historia de Cuba 1959–1999. Liberación nacional y socialismo, de José Cantón Navarro y Arnaldo Silva León.

No documentales:

David Tamame (joven de 20 años que vive en una zona con dificultades en el abasto de agua).

Fátima* (joven de 20 años que vive en una zona con abasto de agua permanente).

Hilaria Núñez, persona que ha sido testigo de los cambios en la tarifa del agua a través del tiempo.

Yamilé Emana, testigo del funcionamiento de los metrocontadores de agua y su posterior desuso.

María Elena González González, jefa del Laboratorio de Calibración de Contadores de Agua Fría y del Departamento de Normalización y Metrología de Aguas de La Habana.

Luis Evelio Serrano, joven trabajador de 20 años.

Wendy Montes de Oca, joven estudiante de 19 años. 

Tipo de juicios:

Disyuntivos: David Tamame y Fátima; Luis Evelio Serrano y Wendy Montes de Oca.

Valorativos: Hilaria Núñez, Yamilé Emana.

Analítico: María Elena González González. También, se manifiesta en todo el desarrollo del trabajo.

Soportes:

Hecho: Derroche de agua en varias viviendas capitalinas.

Antecedentes: Implementación de la tarifa fija a la mayoría de los consumidores, eliminación del pago del agua, instalación de hidrómetros en ciertas zonas capitalinas.

Contexto y hechos colaterales: Preocupación institucional del Instituto de Recursos Hidráulicos y la dirección el país por los altos volúmenes de despilfarro, mayor frecuencia de etapas secas principalmente en la capital.

Proyecciones: Las fuentes no aportaron ninguna. Se desprende de todos los juicios que pudiera ser la instalación de los metrocontadores.

24/02/2014 07:52 islalsur #. Medio Ambiente


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