Facebook Twitter Google +1     Admin

EL HOGAR DE MI JUVENTUD

20140310122705-lam.jpg

LAM NGUYEN THANH,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

A veces es muy difícil explicar lo que nos gusta. Pero como no pocas personas dicen, regularmente cuando el amor ya sea muy profundo, así el silencio es la mejor manera para expresarlo. Amo mi escuela secundaria, donde guardo todas las memorias más inolvidables de mi adolescencia.

La amo, un amor innombrable que se despierta siempre cada vez que viene el verano, que florecen los framboyanes en la calle, que se hallan las sonrisas inocentes y la blancura de los uniformes de los alumnos. Y se despierta cuando quiera porque este amor siempre ha existido en mi corazón.

La amo desde el primer momento que anduve desorientada en su patio, debajo de un cielo purísimo y la sombra verde de varios árboles antiguos, hasta el último día de la vida escolar cuando nos dijimos adiós. Todo fue igual desde la primera vez que la conocí, pero solo cuando se escabulló de mis manos, me di cuenta de la importancia que tiene para mí.

Nunca olvidaré mi profesora guía, quien era muy seria y bondadosa a la vez. La recuerdo más cuando nos daba las clases hermosas de Literatura. Por eso la escuchábamos absolutamente en silencio y nadie se acordaba de tomar la nota. La recuerdo en sus cumpleaños que siempre nos llevaba muchos dulces para felicitarnos juntos. La recuerdo una vez cuando castigó a un alumno travieso, pero después se volvió la espalda para limpiar secretamente sus gotas de lágrimas en la cara surcada de arrugas. De repente, ¡deseo volver a ser reprendida por ella como en aquel año del pasado!

Nunca olvidaré a mi profesor de Matemáticas, quien ya tiene más de setenta años y una pierna herida por la guerra nacional. Sin embargo, viene todos los días a la escuela con su muleta y con la sonrisa afectuosa para darnos clases tan interesantes que nadie la podía perder. La enseñanza más valiosa que él nos dio fue que lo peor no es tener un cuerpo imperfecto, sino una pobre alma sin conocimiento.

Nunca olvidaré a los porteros de mi escuela, quienes siempre llegaron primero que todo el mundo y salían después de todos para estar seguro de que cada puerta estuviera cerrada, y las luces y ventiladores de las aulas apagados. Y así todos los días, trabajando silenciosamente por nuestro bien.

Jamás olvidaré a las “41 princesas y tres mosqueteros”, los cuarenta y cuatro amigos de mi grupo (ese es el apodo nos daban los profesores porque mi grupo es especializado en Literatura). Los amo por numerosos recuerdos y travesuras que pasamos juntos durante tres años magníficos. Los profesores reprendían con cariño a nosotras, las chicas, de que éramos demasiado  chistosas. Ahora ya no los molestamos con nuestras bromas, ¿nos añorarán ellos a nosotros a veces?

Nunca se puede olvidar los amores “infantiles” de nosotros, los alumnos secundarios. Recuerdo cuando los ojos se encontraban casualmente, las manos se estrechaban en el balcón soleado del aula, las cartas secretas se dejan en la gaveta… O tal vez, era solo un simpatía unilateral que jamás se había manifestado para que la amistad fuera inocente y pura como es debido.

Todos dicen que el tiempo posee una fuerza incomparable, pero a mí, y a los que eran alumnos, este no es suficiente para borrar los hermosos recuerdos eternizados en mi memoria. Mi escuela es el permanente lugar que siembra mi alma con los amores sagrados, enriquece mi conocimiento sobre la vida y me da bienvenida siempre con abrazos intensos. Es el hogar de mi juventud.  

 



Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris