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PITCHEO CUBANO: ¿ESTARÁ ENFERMO?

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ALAIN MIRA LÓPEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación.
Universidad de La Habana.

En la historia del béisbol cubano muchos lanzadores, en distintas épocas, marcaron hitos y elevaron el nivel de los torneos en que participaron. Hombres como Martín Dihigo y Conrado Marrero, quienes jugaron en Grandes Ligas, iniciaron una era de “terror” para los bateadores antes del primero de enero de 1959.

Cuando pitchers de la talla de estos peloteros subían al montículo, los rivales sabían que pegarle a las potentes rectas de los serpentineros sería una tarea complicada.

Tras el Triunfo de la Revolución, se realizaron cambios en materia de baseball. A partir de ese momento, las posibilidades de un deportista de jugar béisbol aumentaron, ya no hacía falta tener dinero, pues si cumplía con las condiciones físicas y había talento, podía formar parte de un equipo en las Series Nacionales.

Estas transformaciones dieron sus frutos, lanzadores como Braudilio Vinent, Manuel Alarcón, Faustino Corrales y Jorge Luis Valdés aterrorizaron los maderos contrarios con rectas a velocidades superiores a las 90 millas y curvas que variaban de un lado al otro de zona de strike.

Una mirada actual

Desde el retiro oficial del deporte activo en 2011 del serpentinero pinareño Pedro Luis Lazo, el pitcheo cubano no ha encontrado un lanzador que mantenga una cadena de estable de resultados en las tres últimas ediciones del clásico doméstico.

En cuanto a promedio de carreras limpias (PCL) se refiere, medidor por excelencia de la calidad de un monticulista porque representa la cantidad de carreras permitidas por un pitcher por cada nueve entradas, la media nacional se ubica segunda a nivel internacional con un aceptable 3.66 solo superada por la Liga Japonesa del Pacífico (3.38).

Después continua la cola con el Torneo Venezolano (3.77) en tercero, el Campeonato Dominicano de Verano (3.80) en cuarto y las Grandes Ligas norteamericanas (3.82) en quinto lugar, estadísticas, las cuales pueden hacer pensar que no existen problemas, pero este parámetro dice mucho y, a su vez, dice poco.

Lo primero es que, de los campeonatos foráneos mencionados solo la liga mexicana, la japonesa y las Mayores clasifican como eventos de primer nivel, por la calidad de los peloteros que la integran, para jugar en estos eventos se deben dominar los fundamentos del béisbol, tener oficio.

Si se observan la cantidad de bases por bolas (BB) y ponches (SO), aparece un detalle revelador del lugar dónde radica el principal problema de los serpentineros antillanos; los cubanos estrucan 1,25 bateadores antes de cederles la almohadilla, mientras sus homólogos de las Grandes Ligas lo hacen 2,52 veces antes de colocar un corredor “de gratis” en circulación.

Conclusión: los monticulistas de este país no tienen control sobre sus envíos. Ello se refuerza al ver el por ciento de pelotazos propinados: los antillanos golpean 2,75 veces más que sus similares en las Mayores.

A simple vista, una diferencia tan pequeña no parece significativa, pero al comparar la cantidad de atletas que militan en la liga norteamericana, 30 equipos con 32 jugadores cada uno, la diferencia debería ser el doble y, sin embargo, no lo es.

La raíz del problema

El problema del control afectó en la 53 Serie Nacional de Béisbol a equipos como Industriales, pues, a pesar de que sus estadísticas colectivas rondan sobre la media del país, sus serpentineros más jóvenes otorgaron más BB de lo que poncharon y sus PCL excedieron los 4.00 puntos.

Respecto a este tema, José Elosegui, entrenador de pitcheo de los “Leones de la Capital”, explicó que para formar a un lanzador hay que rebasar tres etapas: primero, el monticulista debe dominar sus lances sobre cualquier lugar aleatorio dentro de la zona de strike; segundo, colocar sus envíos en dónde desee; y por último, el atleta incrementa su repertorio agregando un nuevo lanzamiento, entiéndase curva, tenedor u otro.

Enfatizó que “en cualquier país del mundo los pitcheres que no superen estas fases no pueden lanzar en equipos de primer nivel, pero en Cuba, las cosas son diferentes y los jugadores llegan a las serie nacionales con deficiencias técnicas en el control por saltar de la primera etapa a la tercera sin superar las segunda.

Destacados, pero inestables

Si bien existe descontrol, de forma general, entre los serpentineros antillanos, en las tres últimas temporadas se destacó un trío de pitcheres que salvaron la honrilla, pero, por distintas razones, no lograron mantener el rendimiento.

El monticulista revelación del 2011, el cienfueguero Noelvis Entenza, hizo girar la vista de los fanáticos sobre sí, a pesar de ser víctima del descontrol, pues regaló tantos boletos como hombres dejó con el madero en ristre.

El “lanzacohetes cienfueguero”, como lo etiquetara el periodista Francisco Navarro, trabajó para un impresionante PCL de 1.79 y solo le batearon para un anémico average de 1.54 milésimas.

Pese a sus buenos resultados en la Serie 51, en las dos ediciones posteriores su rendimiento decayó, lanzó para 3,63 anotaciones por cada nueve entradas, no tan mal, pero le conectaron para .241 y regaló cuatro BB más de lo que ponchó.

El serpentinero espirituano que llegó a ser el mejor del país en 2011, Ismel Jiménez, tuvo, ese año, una campaña de ensueño, lanzó todo el campeonato marcando velocidades por encima de los 152 km/h, fue el líder en juegos ganados (17), tercero en estrucados (119) y un excelente PCL de 2.48 puntos.

No obstante, la baja de Yuliesky Gourriel y sus hermanos de la selección espirituana parece haberle afectado notablemente, pues el yayabero no ha vuelto a ser el mismo, los contrarios le batearon por encima de los 270 de average y perdió más de lo que ganó.

Por último, quien fuera catalogado por los medios nacionales como el mejor pitcher actual, el villaclareño Freddy Asiel Álvarez, lanzó para 2.89 puntos en la 52 Serie y catapultó a su equipo al trono ganando en las cinco salidas que realizó en los Play Off.

Sin embargo, tiende a golpear a quien lo jonronea, hecho repetido en dos ocasiones contra la selección de Matanzas y le costó una sanción: un año fuera del diamante por un altercado con Demis Valdés.

Una vez visto los anteriores argumentos, sería válido poner bajo la lupa al pitcheo cubano y buscar la manera de elevarlo a los niveles que alguna vez tuvo. Entonces, y solo entonces, podremos hablar de calidad sobre el montículo nacional.



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