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ESPERA QUE DESESPERA

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JOSÉ MANUEL PÉREZ GONZÁLEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

-Mamá, no puedo más. Hace rato te estoy diciendo que tengo ganas de orinar.

-Aguanta un poco, mi niño. Tu tío ya casi llega y el baño está a una legua de aquí.

-Parece mentira una situación tan absurda. Ni siquiera venir a esperar a mi hijo da gusto. A mis setenta y siete años llevo dos horas de pie, debajo de este puente, con un sol que me va derretir el metal de la cadera falsa. ¡Dios mío, qué cosa tan surrealista!

Es la conversación de una familia, acaso la mía, mientras aguarda la llegada de un familiar en la Terminal III del Aeropuerto Internacional José Martí, de La Habana. Después de las remodelaciones, quien no viaje, no entra.

Ignoro la razón por la cual se decidió dejar permanentemente esta medida que en un principio se anunció solo para los seis meses de duración de las obras. En la noche, frío; durante el día, calor; si llueve, agua y así, los que esperan están sometidos a todas las inclemencias de nuestro caprichoso clima tropical, guarnecidos solo por un puente que, como no está concebido para servir de techo, mal cumple su improvisada función.

En esta nueva realidad, recibir a alguien se convierte en una experiencia terrible, una verdadera espera desesperante. Despedir es todavía peor, las horas previas a la salida del vuelo no pueden compartirse con los seres queridos.

¿En un país que tiene tantos corazones divididos por las aguas de todos los océanos del mundo por qué empezar a separar las familias antes de lo estrictamente necesario? ¿Acaso las madres no tienen derecho a estar unas horas más con sus hijos antes de entregarlos a la hostilidad normal que trae implícita cualquier tierra extranjera?

El Aeropuerto Internacional Juan Gualberto Gómez, de Varadero, fue primero en la aplicación de esta modalidad, pero el caso no resultó tan estridente porque la mayoría de los usuarios de la terminal matancera son turistas extranjeros, además, por allí el tráfico es mucho menor.

¿Qué pensarán los 2,5 millones de personas que llegan a Cuba por la terminal habanera y encuentran a esa masa humana hacinada en un portal sin la comodidad más mínima? ¿Qué primera impresión estamos dando al mundo si entre nosotros no nos tratamos fraternalmente?

Preguntas sin respuestas que se acentuarán si esos mismos visitantes caminan por la Habana adoquinada de Eusebio y ven la cara de desprecio de los vendedores cuando sus compatriotas se acercan a uno de los timbiriches llenos de baratijas que valen como el oro del Perú.

Apartando lo espiritual, dado que ya no está muy de moda, por la parte económica tampoco veo la utilidad de la medida. Quienes consumen no son los que llegan, ellos solo quieren dejar atrás aviones, registros y todo el papeleo. Tampoco los que se van, están muy tensos para eso. Compran los que esperan, invierten el tiempo y el dinero, por supuesto, en recorrer tiendas y cafeterías, pero si se quedan fuera nada de esto pueden hacer.

Como la fe es lo último que se pierde, aún confío en llegar un día al aeropuerto y poder entrar porque no entiendo que el gobierno haya invertido diez millones de pesos convertibles en hacer una obra tan sofisticada para ser disfrutada solo por quien tenga pasaje. Basta con la carencia de buenos tratos de no pocos de los trabajadores de nuestra Aduana para, además, agregarle otra mancha, a mi parecer, totalmente innecesaria.



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