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LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

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WENDY GARCÍA MARQUETTI,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Tenía cinco años en el primer viaje a Guanímar que recuerdo. Partí con mi familia en un camión, por una carretera destruida, dando brincos por los baches, cansada de ir parada, pero tenía una sonrisa que no dejaba duda de que estaba ansiosa por llegar. El olor, que hoy evoco como un tanto fuerte, indicaba la llegada, pero la alta vegetación del canal no dejaba ver más allá. Las casas, todas de madera con techo de guano, se disponían una al lado de la otra, como un barrio cualquiera, solo que a orillas del mar.

Estaba en un sitio donde no había peligro de perderse y no dependíamos de mamá y papá para ir al agua. Por aquel entonces, como ahora, yo era la más pequeña. Todos me cuidaban, pues no sabía nadar y entristecía cada vez que mis primos se iban sin mí a jugar al “cogío” en el canal o el pocito frío. A veces íbamos al puentecito de Nivaldo, caminábamos hasta el arenal, nos tirábamos del puente o, simplemente, nos sentábamos en el muro a jugar. Nadie encontraba raro que los niños hiciéramos cosas así, los mayores lo habían hecho cuando tenían nuestra edad.

No había horarios de comida y el mejor momento para tomar un baño era bien temprano o entrada la tarde. La leyenda de un barco hundido podía asustar, pero llegar nadando hasta él representaba que dejabas de ser un “peque” para convertirte en un valiente.

Mi abuelo contaba que durante los dos meses de temporada, buena parte del pueblo se marchaba hacia la playa y por ese período de tiempo todos vivían como familia, se ayudaban. Los chicos olvidaban preocupaciones, tareas e, incluso, el televisor. Eso no impedía que se divirtieran, hicieran maldades, se comportaran como niños.

Las fotos cuentan una historia. Los vestigios de sencillez se escapan del papel y hay a quienes, como yo, nos sacan lágrimas recordando a los que no están, o los momentos que reflejan. Mi niñez está en ellas, instantes donde mi familia estaba entera y solo importaba reír para tomar la foto o divertirnos a lo grande.

Pero como todo lo que empieza tiene que terminar, los años felices acabaron cuando los ciclones Charlie y Gustav arrancaron de raíz muchas casas junto a memorias guardadas desde los años 60. Hoy solo quedan espacios vacíos que recuerdan partes importantes de la vida de algunos.

Unos cuantos quioscos con comida no compensan que no podamos bañarnos en el pocito frío porque ahora ahí es donde bañan a los animales, el antiguo lugar para estas actividades ya no existe y, como consecuencia, tampoco es recomendable nadar en el canal. Además, el agua ha avanzado tanto que ya no existe el puentecito de Nivaldo.

Las escaleras del puente se pierden por períodos y es bastante complicado encontrar aquel rincón donde los pequeños podían disfrutar en el litoral sin que sea un peligro. El muro desapareció en algunos pedazos y al arenal ya no podemos llegar, el mar reclamó un trozo de tierra y no existe camino hacia allá. Los hombres que pescaban en lanchas, ahora prefieren probar suerte desde la orilla.

Esta playa alquizareña con nombre indio era más visitada que Cajío, su vecina güireña, pero hoy la memoria de un paisaje alegre, una época estupenda, queda en la mente de pocos. El tiempo no ha sido bueno y, actualmente, solo cobra algo de esperanza cuando llega la etapa vacacional. Ahora nada más queda recordar porque no parece haber posibilidades de recuperar “lo que el viento se llevó”. 


 



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