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ROJO COMO EL MAR

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ELIANYS JUSTINIANI PÉREZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación, 
Universidad de La Habana.

Con solo siete años, Bárbara no podía imaginar que moriría sola. Sus predicciones, entonces, no eran tan exactas y los cálculos solo formaban parte de esa congénita aversión hacia las Matemáticas, heredada de aquel distante pescador a quien apenas vio cuatro veces, pero llamaba abuelo.

Sus padres habían nacido en una zona costera, donde todo huele a sal y las gaviotas cantan a las olas; mas, en búsqueda de progreso, llegaron un día a la ciudad y olvidaron el aire de mar. Y allá, entre cortinas de humo y bullicio de autos, nació Bárbara, rodeada de gente sin tiempo y contaminación en el alma.

La niña pasó casi toda su infancia con la única compañía de Soledad, la anciana cuidadora, y Bruno, un perrito pequinés al que sus progenitores intentaron matar una vez por orinarle los zapatos al jefe de la empresa. Fueron ellos los escasos testigos de sus cumpleaños, pesadillas nocturnas y quejosos llantos por la intermitencia paternal que, con el tiempo, le agotó las lágrimas y convirtió la nostalgia en costumbre.

Fuera del abrazo, tuvo cuanto podía soñar un pequeño: juguetes parlantes, trajes dignos de la realeza, la luna en el escaparate. Aún así, su mayor deseo, ver el mar, no se había cumplido, porque siempre quedaba postergado ante disímiles ocupaciones.

Sin embargo, aquel mayo de sus siete años le dibujaba una sonrisa: papá había dicho que, camino a casa de un amigo, pasarían por las costas y aunque no se acercarían lo suficiente como para sentir la arena, podría ver, a lo lejos, la inmensidad de las aguas.

Y así fue, durante las casi doce horas que tardó el viaje, Bárbara solo buscaba tras la carretera, aquello de lo que tanto le habían hablado, pero no conocía ni el color. Al fin, cercanas las siete de la noche, apareció distante, tras nubes de arbustos, un inmenso y rojo mar con el sol a punto de ahogarse, bajo un cielo que lucía los tonos más hermosos que había contemplado.

Sintió deseos de reír, gritar, llorar, de arrojar por la ventana su vejez prematura, de ser la niña, tan no ella, que había desterrado de su cuerpo a golpe de madurez impuesta; pero no lo hizo, se limitó a estirar los labios y tomar de la mano a su madre:

-Mira, mamá, el mar: tan grande, tan rojo.

-Veo que aún no has aprendido los colores-, respondió sin voltear, retirando el brazo. El mar es azul, solo azul, y poco impresionante, además.

La chica no comprendió en aquel momento. Aunque sabía los colores, y bien, quedó en silencio, sin replicar, como la gente mayor. Siguió mutilando su ilusión y años más tarde, la de sus hijos, de quienes disfrutó poco por los quehaceres de una vida cronometrada, y ahora la visitan solo una vez al año para no derrochar hojas del calendario en una persona que tampoco les brindó mucha atención, que no los dejó volar, que les dijo que las hadas no existían, que nunca vendrían los reyes magos, y que el mar no era rojo.



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