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MI TERRÍCOLA AMADA

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ADRIANA BEATRIZ ROSA-PERALTA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

No recuerdo exactamente el día. Fue de los primeros del septiembre de 2010, cuando comencé en el Instituto Pre-Universitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) Federico Engels, en Pinar del Río. Casi todos eran rostros desconocidos, excepto dos, quienes, por cansancio o costumbre, me habían adoptado como su hermanita, después de estudiar juntos desde primer grado.

Pero bien, el papel protagónico de esta crónica no lo interpretan ninguno de mis mejores amigos, sino una persona a quien la fuerza de voluntad y el amor por el magisterio, la han ayudado a vivir: Oneyda, mi profe de Español-Literatura.

Creo que nuestros caminos decidieron juntarse desde aquel día, cuando entró en el aula, toda altanera, elegante, y nos preguntó que a cuántos no nos gustaba el Español. Hubo pocas manos arriba, pero la mía contaba entre ellas. Diría que no fue un buen comienzo.

Siempre traía algo bonito para leernos: poemas, una reflexión, cuentos. Sus clases se volvieron algo indispensable. No se parecían, ni remotamente, a las tediosas lecciones de la asignatura a las que estábamos acostumbrados. Además, me cautivó su mirada limpia interrumpida por un par de espejuelos víctima del tiempo, su eterna sonrisa y aquella voz, cálida, jocosa, como de una madre.

A veces tenía los ojos tristes. Inquietas lagrimillas le nublaban las pupilas si alguna lectura le recordaba a Fermín, su amor perpetuo, y así nos enseñó que esas cuatro letras significaban más que coloridos papeles con frases de otros, mucho más que sexo.

Lo mismo sucedía si nos contaba sobre los días de los tortuosos sueros citostáticos que tuvo que soportar para hacerle frente al cáncer, y así, aprendimos a compartir cada segundo regalado por la vida. Ustedes, mis terrícolas amados -decía-, mis niños, son los que me han dado fuerzas; y los labios le temblaban en un intento de risa. Cuando vi Conducta, de Ernesto Daranas, solo recurría a mi mente ella, mi profe del pre. Hay muchas Carmelas.

Llevábamos meses sin vernos. Hoy, un domingo de mayo, me acarició las manos. Estaba acostada, con una herida en medio del pecho. Cirugía a corazón abierto. Una fina incisión se dejaba ver antes del primer botón de su bata y un pequeño aparato monitoreaba la frecuencia del renovado órgano. Se notaba adolorida, mas casi ni se quejaba; bromeaba de su suerte y nos hacía reír.

Yo pensaba ir a llevarle este escrito para que le diera el visto bueno antes de entregarlo, entonces recordé el perfil tenue, casi apagado, y decidí mostrárselo cuando el tiempo me la devuelva, cuando sus ojos no busquen la distancia y sea nuevamente, mi terrícola amada.        



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