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TRIBULACIONES DE UN PASAJERO EN LA HABANA

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IRELYS SERRANO ACOSTA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Todo cubano ha viajado alguna vez y cuando digo esto no solo me refiero a fuera de la Isla. ¿Puede que quede alguien en este país sin haber tenido la oportunidad de presenciar una buena cola para conseguir el pasaje de ida o vuelta hacia algún lugar? La experiencia resulta más que difícil, podría llegar a decir extenuante, pues pasar largas horas en pésimas condiciones, anula las ansias de recorrer.

Basta con dirigirse a la Terminal de Ómnibus de La Habana, para comprar un pasaje hacia cualquier lugar de la provincia de Pinar del Río y toparse con grandes dificultades, a veces acrecentadas porque la hora del cierre se vuelve un arma de doble filo: los clientes quieren resolver y los trabajadores se quieren ir.

Resulta que hace unos meses cambiaron de lugar las taquillas donde venden los boletines para viajar a varias regiones, entre ellas, Pinar. En estos momentos, las casillas se encuentran en el extremo  izquierdo de la estación, en un local apartado en el que solo están a gusto las trabajadoras, pues pasan el día entre aire acondicionado, sillas cómodas y, sin falta, de comentario en comentario.

Por otra parte, el público queda expuesto al calor en verano y al frío en invierno, al sol y a la lluvia; para rematar, no hay dónde sentarse, ¡y si lo atendieran rápido! Pero son horas haciendo una cola para comprar un pasaje, y hay que aguantar, porque de qué otra forma obtienes el boletín.

Como si fuera poco, al parecer, a las vendedoras no les enseñaron los modales y menos tienen claro en su conciencia el concepto de humanidad, porque en el diminuto espacio de expendio la mayoría de las veces solo se reciben maltratos. Salir o entrar del local es también casi un desafío a la Física: donde solo cabe un cuerpo, coinciden muchas veces dos.

Los dependientes de todo negocio, ya sea particular o estatal, deberían ser escogidos por sus principios para los puestos y el eslogan a seguir para ser aceptado sería: “El cliente siempre tiene la razón”.

Entonces, qué sucede, ¿será que no pensaron en las consecuencias del repentino cambio? ¿Acaso no tuvieron otra opción que reubicar las taquillas? Por muy necesario que haya sido, antes de llevarlo a cabo debieron preparar condiciones y acomodar a quienes, por horas, se ven obligados a permanecer en el lugar.

En cuanto a las dependientas, alguien con autoridad para ello debía hacerles comprender que los problemas ajenos al trabajo quedan en casa, pues los usuarios no tienen culpa de ninguna de sus desdichas.

Al pretender averiguar el por qué de esta situación la culpa iría de un lado a otro sin respuesta fija, y en caso de que alguien intentara dar una explicación citaría, fácilmente, a la economía, las necesidades del país y al responsable del millón: “el bloqueo”.

Desde que tuvo lugar esta “famosa permuta”, el hecho fantástico para los cubanos de visitar el reconocido Valle de Viñales junto a la populosa Cueva de Santo Tomás, entre varias de las maravillas pinareñas, se ha convertido en una desgracia por el simple motivo de la compra tan necesaria del boletín, pues una infinidad de inconvenientes nublan “la hospitalidad” del nuevo sitio, donde se presta uno de los servicios más solicitados actualmente por los viajeros.

Pero lo más importante, quienes necesitan obligatoriamente viajar a Vueltabajo, sin otra opción, son los primeros que sufren las consecuencias de este cambio.



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