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UN ARCOÍRIS LIBRE DE ESTIGMA

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ALIANET BELTRÁN ÁLVAREZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Si un adolescente de los años 60 se hubiese presentado frente a sus padres para decirles que su preferencia sexual no era hacia las mujeres, resultaría un caos. Por suerte, hoy, en ese aspecto, la sociedad ha cambiado y son muchos los grupos y organizaciones creados para luchar contra el gran mal que es la homofobia.

LGBT es el término colectivo recomendado para designar a las poblaciones estigmatizadas y discriminadas por su identidad y expresiones sexuales y genéricas. Cada término en la sigla nombra a una comunidad específica. Lesbianas, se refiere a las mujeres que tienen preferencia sexual hacia otras mujeres; Gay, específicamente hombres homosexuales; Bisexuales, quienes se sienten atraídos hacia personas de ambos sexos y Transgénico, donde se incluyen las categorías de transexuales y travestis.

La comunidad gay mundial cuenta con un signo de identificación, la bandera arcoíris, donde cada color tiene su significado. Rosado para el sexo, rojo demuestra la vida, naranja promueve la salud, amarillo refleja la luz del sol, verde escenifica a la naturaleza, turquesa para el arte, azul índigo trae la armonía o serenidad y el violeta alimenta el espíritu.

En Cuba, uno de los proyectos que se encarga de explicar la importancia de la diversidad es “El carrito por la vida”, el cual recorre las ciudades para realizar encuentros principalmente con jóvenes y adolescentes, se reparten folletos, entregan condones y responden a las dudas de los que a allí asisten.

La sociedad cubana va comprendiendo, poco a poco, lo que es la homosexualidad. A algunos les cuesta trabajo aún aceptarlo, otros reprochan esa forma de vida.  Por lo que para promover la lucha contra la homofobia, varias especialidades de la cultura, como la música, la pintura, el teatro y el cine dan sus mejores aportes. Específicamente en Cuba, las películas han querido tratar el tema de la homosexualidad, algunas veces muy bien logrado y otras no.

El largometraje que lo introdujo de manera paradigmática fue Fresa y chocolate, dirigido por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, en 1993, donde se establece una amistad entre un homosexual y un joven estudiante heterosexual. Este filme fue bien acogido por el público y ganó el Premio de la Popularidad en el XV Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

De ahí en adelante, se han realizado otras que nada tienen que ver con la primera, y en el intento por querer mostrar tanto de la vida de una pareja gay, lo único que logran es crear rechazo. Entre ellas está Fábula, donde cuentan la historia de una pareja heterosexual que para prosperar en la vida el muchacho mantiene una relación con otro hombre. Una de las escenas más fuertes y repulsivas es la que muestra la intimidad de ellos dos.

Considero necesario que a través del séptimo arte se defienda a la comunidad gay, pero todo en exceso es malo. Se debe dar a conocer la manera de compartir de estas parejas, para entender mejor su forma de vida, pero hasta ellos deberían sentirse insultados de que se muestren escenas tan obscenas en pantalla.

Muchos podrán refutar esta idea con el argumento de que si se hace con parejas heterosexuales, por qué no se puede hacer con parejas gay. Pero en cualquiera de los dos casos los cinéfilos rechazan la saturación de sexo en la pantalla grande, no todo lo que se hace, entre dos, es para reflejarlo en una película.

A pesar de que todavía se debe trabajar más para lograr una mayor aceptación de la comunidad LGBT, no es menos cierto que en nuestro país se han dado grandes pasos de avance y la sociedad está, cada día más, abierta a entender y respetar estas opciones de vida; comprender que, sin importar nuestras preferencias sexuales, todos somos humanos y requerimos ser respetados.



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