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AMAURY EL BÁRBARO

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DARÍO ALEJANDRO ALEMÁN CAÑIZARES,
estudiante de primer año de Periodismo,  
Facultad de Comunicación,
Universidad de la Habana.

Siempre he vivido en el mismo vecindario, un mar de hierba verde fusionado con el asfalto de la solitaria avenida y los bloques de aislados edificios. Pero mi barrio es, sobre todo, los vecinos. De entre ellos recuerdo al joven Amaury, todo un personaje de los alrededores cuando yo apenas usaba pañoleta.

Le conocían por “El bárbaro” -un epíteto al estilo del mítico Conan- , sobrenombre que él mismo se inventó y, para reafirmarlo, se lo tatuó en su antebrazo izquierdo. ¿Quién le iba a decir que, diez años después, su gesto se había convertido en moda? Otra de las costumbres que inició fue la de aquel ritmo incipiente que hoy conocemos como reggaetón. Se ganaba  así el título de  innovador.

A Amaury podía considerársele el rey de los alrededores. Los hombres le temían y las muchachas le amaban. Era líder indiscutible en las discusiones de la esquina y, a su vez, el mejor anfitrión a la hora de hacer escandalosas fiestas embriagadas de alcohol. Sinceramente, creo que la historia se equivocó al ensalzar tanto a Atila y a Eric el Rojo para dejar a un lado a mi vecino, de quien todos aseguraban que era “un salvaje”.

El apelativo más sorprendente era “el animal”. En mi mente de niño jamás pude entender a ciencia cierta qué significaba aquello. Tuve que madurar para comprender bien esas expresiones populares, pero por el momento, solo pude interpretar que Amaury tenía genes equinos, porque de vez en cuando gritaba en los bajos de edificio: “¡Yo soy el Caballo!”

Un día dejó de sonar el reggaetón de madrugada y todos se extrañaron. La figura del vecindario había desaparecido. Recuerdo los comentarios de la gente, quienes se alegraban de no tener que soportar la bulla de aquellas fiestas, ni aguantar la prepotencia del muchacho. Según comentarios, una discoteca fue el escenario donde, defendiendo su areté de bárbaro, dejó gravemente herido a otro “salvaje” como él con la navaja que siempre llevaba en los bolsillos. La prisión pasó entonces a ser su nuevo hogar.

Recuerdo a Amaury, aunque en verdad son las anécdotas de quienes le conocieron bien las que lo mantienen vigente en mi memoria. Durante un tiempo se ausentó de las lenguas de la gente, hasta que llegó la noticia de su salida en libertad. Aquello revivió de nuevo el tema, como si le hubieran apresado una semana antes. Los vecinos especulaban: “¿Estará más delgado o más fuerte? ¿Cuántos tatuajes más tendrá? ¿Se acordará de mí, su amigo? ¿Volverá a hacer sus populares fiestas?”

El mito de ese personaje volvió a la imaginería popular de los edificios del barrio. A mí, lo que me gustaría saber es qué dirá Amaury cuando vea a su reggaetón amenazando en convertirse en el ritmo nacional, que nadie puede vivir sin sus escandalosas fiestas, el surgimiento de otros “bárbaros” en la zona y que la violencia es objeto de culto. De seguro se asombrará cuando le reciban, no como un salvaje, sino como un héroe.



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