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LA IGNORANCIA MATA A UN PUEBLO

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RACHEL MORALES HERNÁNDEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación, 
Universidad de La Habana.

¿Sabe qué ocurrió el 15 de marzo de 1878? ¿Conoce quién creó el Partido Revolucionario Cubano? ¿Quién protagonizó la Protesta de los Trece? Preguntas como estas semanas atrás las escuché en el noticiero estelar de nuestro país a través de un reportaje, pero lo impactante del caso fueron las respuestas.

Los argumentos que dieron la mayoría de los entrevistados fueron erróneos, otros decidieron no contestar -quizás por la vergüenza de no de salir ante cámara-, y también por la penosa falta de conocimiento.

Hoy día pareciera que entre los cubanos, especialmente los jóvenes, la memoria histórica se perdiera entre los libros de textos, y solo fuera tarea de los historiadores rescatarla. ¿Estaremos en un retroceso hacia la Edad Media donde era privilegio de unos pocos la obtención de sabiduría, mientras el pueblo vivía en la ignorancia y cualquiera podía engañarlos a su parecer?

Si caminas por la calle y le preguntas a un estudiante adolescente si le atraen las clases de Historia o por lo menos si le gusta la historia de Cuba, lo más probable es que te responda que no -como lo hizo mi hermana de 15 años-, que está aburrido de lo mismo, que no le interesa, que se duerme, que ya se la conoce de memoria porque desde quinto grado se la recitan...

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué a pesar de que nos pasamos toda la vida escolar estudiando la historia patria, los jóvenes no saben más allá de lo que aparece en sus guías de estudio?

La historia no se puede enseñar mecánicamente y, por tanto, es  deber de nuestros profesores cambiar el estilo casi escolástico al que se han acostumbrado al enfocar los temas, modo de enseñanza que tanto combatió el Padre Félix Varela. Es hora de empezar a mostrar nuestro pasado con transparencia, con sus matices, pues los hechos no se producen en blanco y negro, los héroes no son de mármol, y sus acciones no son perfectas ni imperfectas.

A partir del momento que la mayoría de los profesores de Historia de Cuba dejen de ceñirse solamente por el programa de estudio y sus objetivos, y comiencen a revelar la historia de manera novedosa, fruto de una investigación exhaustiva y consciente, solo así los jóvenes comenzarán a interesarse por la misma. Junto a ellos, la familia también debe promover esos valores.

Existe en nuestro país un numeroso grupo de historiadores, agrupados en el Instituto de Historia y otras fundaciones de estudio, cuyas investigaciones y reflexiones se publican en revistas y periódicos, más allá de los documentos del pasado existentes en bibliotecas y hemerotecas. Es de ahí donde el magisterio cubano ha de nutrirse para «mover» la enseñanza en las aulas cubanas.

Hace apenas unos días, vimos a Rusia desplegar un fastuoso desfile militar para recordar a sus héroes caídos en la Gran Guerra Patria que derrotó al nazi-fascismo. Allí las nuevas generaciones se unieron a los veteranos para recordar las glorias pasadas. Apenas dos décadas atrás era impensable un acto de esa naturaleza,  porque los que provocaron la caída de la Unión Soviética pretendieron sepultar con el derrumbe la historia de esa nación.

La vida les demostró a los nuevos líderes que sin la historia, ese pueblo no podría defender el futuro, un futuro que Occidente sigue empeñado en mediatizar.

Esa, y no otra, es la importancia del dominio de la historia. Ese y no otro fue el gesto de Fidel Castro cuando en el juicio por el asalto al cuartel Moncada expresó: «¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!»

El conocimiento de nuestra historia estará en riesgo si no se actúa a tiempo. Cada día, literalmente, nos alejamos más del pasado. Cada día los jóvenes recordarán menos si no se corrige el aprendizaje de esta.



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