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COMENZAR DESDE LA CASA

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LIZ CARIDAD CONDE SÁNCHEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de la Habana.

Cuando los resultados de la selección nacional de beisbol de Cuba comenzaron a decaer luego del segundo puesto obtenido en el Primer Clásico Mundial en 2006, especialistas del tema y directivos de ese deporte en la Isla manifestaron reiteradamente la necesidad de permitir la inclusión de peloteros cubanos en ligas foráneas con el propósito de mejorar la calidad de nuestro pasatiempo nacional a partir de las experiencias adquiridas en el extranjero.

Finalmente, en septiembre de 2013 la Comisión Nacional de Beisbol autorizó las contrataciones de jugadores en el exterior. Desde entonces, un total de 22 peloteros han sido registrados en países como Japón, México, Canadá y Colombia.

Sin embargo, la actuación en eventos internacionales del equipo Cuba, que ha contado en sus filas con algunos de los atletas pactados, sigue dejando mucho que desear. Y es que la solución no está en tener jugadores en otras lides si el certamen de casa -la Serie Nacional de Beisbol- es deficiente e inconsistente desde el punto de vista tanto organizativo como técnico.

El 2 de mayo, la Comisión Nacional anunció una nueva modificación en el sistema de juego de la principal Liga cubana. A partir de la segunda fase de la temporada siguiente jugarán seis equipos clasificados en lugar de los ochos que lo hacían hasta el ciclo beisbolero que recién concluyó. Pero, ¿será eficaz esta reforma para elevar el nivel del campeonato?

En primer lugar, la Serie Nacional de Beisbol, que ya va por 55 ediciones, cuenta con 16 equipos. Demasiados conjuntos y no por la cantidad, sino porque la calidad se concentra en unos pocos. Desde que arranca el primer partido, las selecciones mejor armadas se van por encima de las de menos posibilidades, lo que ha traído como consecuencia un desbalance entre los elencos: los peloteros de los equipos superiores no se enfrentan a rivales de calidad, mientras que los de las escuadras sotaneras, al abandonar la Serie en 45 juegos, no tienen posibilidad de nutrirse en las pericias del juego.

Para los seleccionados que no pasan a la segunda fase no existe una liga independiente que les agote el tiempo que ocupa finalizar la Serie Nacional. La Liga sub-23 que le sigue a la Serie es solo para los peloteros de esa categoría etaria; el resto no juega hasta el otro año.

A estos problemas estructurales y organizativos se suman las deficiencias técnico-tácticas. El desarrollo del picheo relevo es bajo; al tener los lanzadores la posibilidad de tirar hasta 100 envíos, los directores no ponen énfasis en la preparación de los pitcher intermedios. Se ven muy poco las llamadas jugadas de rapidez: toque de bola, robo de base, corrido y bateo; “los artilleros” se acostumbraron a jugar “al batazo” y obviar otras mañas que pueden definir un encuentro al igual que un jonrón.

Así, los beisbolistas antillanos llegan a los compromisos mundiales que les depara la agenda federativa cada temporada. Cuando se enfrentan a otros elencos que no padecen las deficiencias de ellos, los resultados no son favorables. Es cierto que al Clásico Mundial, con cita cada cuatro años, asisten deportistas profesionales técnicamente muy superiores a los nuestros, pero en la Serie del Caribe anual los equipos están nutridos de las ligas locales de los países participantes, es decir, en igualdad de condiciones respecto a Cuba. Mas, las dificultades son las mismas en cualquier tipo de torneo.

Antes se le echaba la culpa del fracaso a la falta de topes internacionales. Ahora, que ya nuestros jugadores tienen la posibilidad de foguearse en otros certámenes, ¿quién carga con el peso de la derrota? La inserción de peloteros en competencias foráneas es clave para sacar del bache al beisbol cubano, pero no soluciona los problemas de casa. Si queremos obtener verdaderos frutos no podemos decorar la fachada y dejar el interior abandonado.



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