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¿ADMIRADORES DEL ARTE?

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THAÍS HERNÁNDEZ LOMBAO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,  
Universidad de La Habana.

Entraban y salían personas provenientes de todas partes, una vorágine alocada de observadores curiosos. Unos buscaban  vanagloriarse de sus conocimientos de pintura; otros, relacionarse con  la cultura del país de ensueño,  Francia, la musa inspiradora de muchos que como Woody Allen desearían pasar al menos media noche en París.

Al principio no lo entendí muy bien, porque las palabras inscritas en la entrada no lograron despertar en mí gran interés. No pertenecía ni al primer ni al segundo grupo, pues todo lo que quería era observar y comprender el arte moderno y abstracto que tantos fingen conocer para pasar por más cultos.

Pero al entrar en la sala me llamó fuertemente la atención un  cuadro con puño esperanzadamente rojo que rompía el gris de la tristeza y, a su lado, un retrato muy leve de Martí entre ocre y negro,  donde se dibujaba con tierra  la silueta conocida por todos. Un poco más adelante, una isla pequeña en una inmensidad verde resaltaba dentro de todas aquellas pinturas retrospectivas que Jean Michel Marchetti dibujó en honor a ella y a la cual volvió después de 14 años para promover el mes de la cultura francesa.

Lejos de observar y tratar de entender la historia detrás de cada óleo, los presentes, como moscas al azúcar, envolvían a las personalidades más prominentes, entre los que resaltaban el embajador y el propio pintor, quienes reflejaban en su rostro el desconcierto de no saber por qué las personas dejaban a un lado el arte y los miraban más que a las obras.

El espacio protocolar del trago lo ocupó el Cuba Libre, por la fuerte connotación que su nombre encierra, este fue víctima presurosa de las gargantas sedientas por el ardiente calor dentro de la galería de la Biblioteca Nacional.

Muchos pasaban por delante de las pinturas y pretendían saber lo que con ellas se quería trasmitir, pero fueron muy pocos los que verdaderamente se percataron del poder de la mezcla del rojo y del negro que disparaba la memoria al clásico literario de Henri Beyle, o de un cuadro peculiar azul como la nostalgia, forrado de cartas de Ana hacia María.

Abriéndome paso entre el hormiguero de furiosos guerreros que batallaban por alcanzar la atención del autor, me le acerqué, pues tenía una duda que ahogaba mis ideas y no me podía ir sin aclararla. Alcé mi voz y dejé escapar una pregunta huérfana de metáforas y rebuscamiento, para muchos de los presentes sin importancia.

-¿Quiénes son Ana y María?

A lo que él respondió con una sonrisa de satisfacción, que impresionó a todos: “Ana es mi tía y María es mi madre; ella acaba de ingresar en un hogar de ancianos, su vida está muy cerca de acabar, este es un homenaje a ella y a su historia”.



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