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“VIVO A LA ALTURA DE MI ÉPOCA”

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Manuel Sánchez Castillo, Manolito, es un pionero de la electroencefalografía en nuestro país.

ERNESTO EIMIL REIGOSA,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana

Fotos: Cortesía del entrevistado.

Manos rotas de aplaudir. Garganta enrojecida de chillar. Corazón acelerado por la emoción. Jadeos por un gol del cual la historia juzgará su dimensión. Un grupo de hombres ve el denominado superclásico del fútbol español. Trasladan a su cotidianidad la emoción de la batalla futbolística, que deja a los vencidos merced de burlas y humillaciones de los vencedores. A uno de los eufóricos hinchas le pregunto el edificio donde vive Manolito, un ilustre desconocido.

Manolito nació en un día célebre de la historia cubana: el primero de enero, pero de 1950. Lógicamente, Manolito es un diminutivo. Su nombre es Manuel Sánchez Castillo. Me recibe en una desordenada casa con aparatos electrónicos por los rincones, piezas de equipos colocadas en una caja negra con varios compartimentos de distintos tamaños y en el centro un librero donde destaca un grueso texto con grandes letras al dorso que reza: “Introducción a la física cuántica”.

Es un apartamento personal, no necesita más. Vive solo. “Adelante, conversaremos en la habitación del fondo, a la derecha, es la más tranquila y a la que no llega ruido del exterior”. Obedeciendo sus instrucciones, paso al lugar indicado. Es un cuarto sencillo, con el buró de la computadora y una ventana cerrada, para que sonidos indeseables no interrumpan la plática.  

Manolito se sincero: sufre de tinnitus, o “zumbido en los oídos”, término médico para el hecho de “escuchar” ruidos cuando no hay una fuente sonora externa, según el concepto de la enciclopedia médica Medline Plus. Enfermedad que al reportero suena a castigo dado por Zeus, tornándose Manolito ante mis ojos en algo similar a un Prometeo de los tiempos modernos.

“En ocasiones no me deja escuchar nada”, confiesa acongojado. Por suerte, el águila devora-hígados dejó en paz a “Prometeo”, al menos hasta el término del reportaje. Tinnitus y él conviven desde que el segundo tiene juicio.

“Mi papá y mi mamá fallecieron. Mi madre era ama de casa y mi padre trabajó en casi todos los oficios, principalmente la carpintería. Tengo un hijo que nació en 1973 y hace seis años me dio una bella nieta. No viven en Cuba”. Su mirada, perdida hasta entonces, se enfoca en mí. “No me gusta hablar de esos temas”, dice.

“Pasé el servicio militar en la época más dura, de 1966 a 1969. Como siempre tuve vocación por las ciencias, nada más terminar, fui a trabajar al recién creado Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNIC). Allí pasé dos años como técnico de mantenimiento de equipos de Neurofisiología.

“En 1972, con la universalización de la enseñanza decretada por Fidel, tomé un curso por trabajadores en la Cujae, de Ingeniería Eléctrica. Allí pasé siete años, del 72 al 79. Compaginaba mi trabajo en el centro con la carrera, lo que considero fue primordial en mi formación. Iba por las tardes y culminaba los estudios a altas horas de la noche. Sin duda, una de las etapas más bellas de mi vida, de las que más gratos recuerdos me traen. En ese tiempo conocí a la madre de mi hijo”.

Tocan a la puerta. El anfitrión se excusa, pero debe atender. Al poco rato entra una muchacha joven, de veintitantos. Es estudiante de Informática. Necesita ayuda con el ensamblado de las partes de cierta placa base. Mientras acude en su auxilio, aprovecho para preguntarle. Su nombre es Nuria González Rosabal, estudia en la UCI y siempre acude a Manolito, especialista en estos menesteres.

“Es muy servicial y educado. Tengo una amistad con él desde mi niñez. Aunque muchos tengan recelos sobre él por ser tan reservado, sé que es un gran ingeniero y una gran persona”, opina.

La octava sinfonía de Beethoven inunda el reducido espacio en que se realiza la entrevista. Es el timbre del móvil. Manolito cuelga. Al parecer no es de urgencia. En estos tiempos de ritmos acelerados y música estridente es raro encontrarse a verdaderos amantes de las obras tradicionales. “La clásica es mi tipo de música favorita. La escucho desde que nací, pues era la única que sintonizaba mi padre en un radio que él mismo construyó. Crecí con vocación, tanto para la electrónica como para la música. A los 13 años comencé a estudiar teoría y solfeo en un conservatorio de Marianao. De forma autodidacta aprendí lo poco que sé de guitarra clásica. Soy coleccionista de partituras musicales de todas las épocas, desde el renacimiento hasta nuestros días”.

Anochece. Acordamos vernos al día siguiente en el Centro de Neurociencias de Cuba (CNEURO), donde labora como Biotecnólogo de I Nivel. Flores es una barriada tranquila, aparte del tradicional vendedor ambulante y algún que otro futbolero emocionado por la victoria de su equipo, no hay más alboroto.

Una pareja de gentiles señores mayores, en inusual paseo nocturno, me confiesa sobre la vida comunitaria de Manolito. “Vive aquí desde hace veinte años. Ayuda arreglando equipos electrónicos a los vecinos. Nunca niega asistencia a quien lo necesita”, comenta Esperanza Gómez Puig. Abelardo Rodríguez Casals, su esposo, añade que “en ocasiones toca de forma amateur en actividades y fiestas que hacemos los vecinos. A pesar de ser tan callado, tiene una vida social activa.”

Apología de un hombre de ciencias

El Centro de Neurociencias de Cuba está ubicado en el capitalino municipio de Playa. Es un moderno edificio que aún no ha sido alcanzado por el descuido ni por la negligencia.

Mayra Forte Rey lleva laborando allí hace más de 30 años. “¿Manuel Sánchez Castillo? Ah, Manolito, sí ya llegó. En el tercer piso, la última oficina. Es una de las personas menos valoradas del centro, desafortunadamente. Nunca ha querido pasar por encima de nadie para lograr sus objetivos. Es muy creativo en lo referido a la electrónica. Hay que serlo en este país. Su especialidad, la electrónica analógica, ha quedado obsoleta frente a la digital. Aún así ha sabido reinventarse”.

Manolito está tomando café cuando llego. Como si lo hubiera capturado cometiendo un delito, suelta la taza apenado y me brinda asiento. Acomodándose sobre una silla y un buró similar al de su hogar, se dispone a contarme anécdotas laborales.

“En el año 1980 comencé a trabajar, junto a mi equipo, en el primer electroencefalógrafo que se construyó en Cuba”. Una electroencefalografía, de acuerdo con el artículo “Neurofisiología Clínica: electroencefalografía (EEG)  y potenciales evocados”, de los estadounidenses Emerson R.G y Pedley T.A., es un examen para medir la actividad eléctrica del cerebro. Las células cerebrales se comunican entre sí produciendo pequeñas señales eléctricas. El EEG mide dicha actividad.

“Hacer el aparato fue toda una odisea. Tuve que ir a Japón para buscar las piezas que aquí no había. Tardamos dos años en terminarlo y ponerlo en el mercado. Medicid-3 fue el nombre oficial. El dispositivo es usado para diagnosticar trastornos relacionados con el sueño. Mi hijo padecía, de pequeño, insomnio, por lo que la culminación del proyecto era, además de una meta laboral, una emocional, gracias a la máquina que papá diseñó pudo sobreponer ese obstáculo que tanto le afectaba su vida escolar. Para mí es un orgullo haber contribuido a tratar a tantos que sufrían lo mismo que mi niño. Por aquel logro fui condecorado con la medalla Carlos J. Finlay”, afirma.

Acababan los 80. La sonrisa era borrada del rostro de Cuba con la llegada de la nueva década, de infeliz memoria para todos los naturales del caimán. Con la falta de alimentos y vitaminas de sobra conocida, aparecieron nuevas enfermedades relacionadas con la carencia de componentes que hasta ese tiempo corrían felices por las venas de los criollos.

La Neuropatía Periférica, padecimiento que impide el correcto funcionamiento de los nervios periféricos (brazos, piernas, etc.), encargados de llevar desde y hasta el cerebro información, concepto dado por Koontz Katirji en el artículo “Desordenes de los nervios periféricos”, fue uno de dichos males.

“En los 90 fui a Santiago de Cuba para con un estimulador magnético, que hice con mis propias manos, detectar la Neuropatía”, expresa. Marcos Ferrera Gutiérrez y Yasser Castellanos Márquez, compañeros de trabajo de Manolito por más de 25 años, lo corroboran.

“A Santiago nadie quería ir, eso allí estaba malísimo. Manolito fue voluntario y casi le cuesta la salud, a él no le gusta decirlo, pero el dolor de cabeza y el estrés aumentan el efecto del tinnitus, casi pierde la cordura”, confirma Ferrera.

“Siempre he creído que tiene menos de lo que merece. No tiene grandes ambiciones, tal vez por eso no ha llegado lejos, lo que si te puedo asegurar es que no hay hombre más sacrificado. Era el alma del equipo del Medicid-3”, valida Castellanos.

Mitchell Valdés Sosa, director del centro, dice que “Manuel trabajó también en los aparatos que nuestra institución fabricó para mejorar la audición a principios de los 2000: las Neurónicas y los Audix. Fue clave, ya que posibilitó y consolidó la fabricación y comercialización de equipos médicos. Además de ser un pionero en el campo de la electroencefalografía”, asegura.

Prometeo se sirve otra taza de café. Debe trabajar, así que termino mi convivencia de dos días con una pregunta.

-Manolito y si pudiera volver atrás y tomar alguna decisión diferente, ¿lo haría?

“No. He podido trabajar en lo que me gusta. Me siento realizado tanto musical como electrónicamente”.

Manolito, hombre de ciencias. Buen vecino, buen trabajador. Persona que no le gusta hablar sobre cómo va a ser recordada, pues tiene la convicción de que, como el mismo asevera, “ha vivido a la altura de su época”. Tal vez su mayor defecto, entre tantos logros científicos y laborales, es que no posee la tenacidad de Edison o el talento Einstein. La falta de ambición que tan cara se paga en un mundo donde reina la misma sin casi oposición. El pasar de puntillas. Manolito es un héroe silencioso, de los que merece la pena conocer, de esos que en vez de marcar goles les gusta pasar la pelota, con toque fino y grácil. Esos también son necesarios.

Pie de fotos: 1-Manolito, miembro fundador del Centro de Neurociencias de Cuba; 2-Equipo creador del Medicid-3. Manolito es el tercero de izquierda a derecha

 

 



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