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LUCHAR PARA VIVIR Y SENTIR

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LÁZARO HERNÁNDEZ REY,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

La risa tiene un papel importante en la vida de Jennifer Aldama Serrano. Para ella las paredes se revelan altas y los sonidos resultan vagas vibraciones, imperceptibles en la práctica. A sus cuatro años, el día a día cobra dramáticos matices, al ser empañados explícitamente por el síndrome de West.

No corre, no camina, ni puede decir que ansía caminar o correr. Los deseos son transmutados en gestos involuntarios sin aparente sentido para el simple observador, pero llenos de significados ocultos e imprescindibles para su madre y su abuela, quienes los han descifrado a través de la atención diaria.

Giros empecinados indican el baño, mientras que una leve entonación delata la luz encendida en su pequeño cuarto. La cuna, incapaz de contener sus frágiles, pero desarrolladas extremidades, está inclinada para evitar que se ahogue ante las frecuentes crisis gripales.

Cuando el viento arrecia, Jennifer no hace nada, se queda inmóvil, cual brahmán ante una muestra sobrehumana de ecuanimidad y va, poco a poco, cerrando los ojos, esos ojos ingenuos que no distinguen el bombillo ni los juguetes, sino una mancha amarilla y unos borrones.

La cargan en el coche y sonríe. “Eso lo hace cuando reconoce la presencia de alguien”, comenta su madre. Cuando reconoce…, ¿pero cómo? ¿Acaso con su mirada o con sus oídos sordos a la vida diaria, pero no al canto de los gorriones?

Camino al hospital, un mar de imágenes se sucede en su mente, todas difusas. En ellas no vio al perro del edificio que siempre ladra ante la presencia de algún conocido, ni el trámite rutinario del universo humano en una guagua; tampoco apreció las menudencias cotidianas ambientadas por el claxon de un automóvil, los niños de la escuela o los vendedores ambulantes.

Era la primera vez que asistía a una consulta en el pediátrico Juan Manuel Márquez. Había sido remitida desde el policlínico de la localidad debido a la lenta evolución de su cuadro, que preocupaba a familiares y allegados.

Las salas, como de costumbre, tenían el insoportable olor al desinfectante, tradicional en hospitales. No obstante, el ajetreo de pacientes e ingresos generaba un clima peculiar, necesidad y dedicación.

Ante el cariñoso “¡Hola, Jennifer! ¿Cómo estás?”, de la doctora Eila, especialista en casos con malformaciones congénitas, vino esa primera sonrisa, para sorpresa de todos.

Al llegar a casa, Jennifer aprendería a compartirla con aquellos que la fuesen a ver. Parecía increíble, a pesar de tener ojos y oídos en merma de sus funciones. Tal vez el amor y el compromiso de nunca abdicar hayan influido en ese acontecimiento. Para el futuro, esta pequeña continúa transmitiendo esperanza en los más difíciles momentos.

La dedicación de sus familiares y el personal médico que la han asistido complementa perfectamente el consejo de Martin Luther King cuando, en discurso ante la congregación de asociaciones antirracistas en 1961, expresó: “Si supiera que mañana se acabara el mundo, incluso hoy plantaría un árbol.”



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