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AL GIRO DE UNA SONRISA, LA CARRERA MÁS LARGA

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MARÍA CAMILA MAURY VÁZQUEZ,

estudiante de primer año de Periodismo,

 Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

El pasado 24 de marzo (2016) fue la graduación en el Teatro Nacional. Con 18 años comenzaron muy pronto a trabajar, la mayoría en el Ballet Nacional de Cuba, otros en la compañía Acosta Danza y algunos consiguieron un contrato en el extranjero. Cobran un salario, muchos fuman y sus fiestas amanecen confundiendo las mentes, los cuerpos… Ya son adultos, pero su madurez comenzó hace nueve años, cuando eran muchos más los que soñaban con el Ballet.

En el año 2007,  trescientos  niños se presentaron a las captaciones para la Escuela Nacional de Ballet. Transcurrieron tres fases eliminatorias y las lágrimas de los que no aprobaron dejaron solo 60 sonrisas pasada la última etapa.

Un grupo de varones y dos de niñas llenaban los salones con volteretas sin sentido y ganas de triunfar. “Arabesque, dos, tres, cuatro, estira las piernas, siete, ocho”, era la voz de la profesora, quien los guiaba a un pirouette o sauté. Ella era también la responsable del giro o salto en cada vida pasada por ese tabloncillo.

Muy pronto crecieron músculos en los brazos de los varones, los necesarios para cargar a las muchachas. Las caderas de las jóvenes se redondearon y junto a la primera menstruación llegó la zapatilla de punta. Las bailarinas dejaron de girar sobre el metatarso, entonces, capaces de aguantar su peso en un eje perfecto desde el dedo gordo hasta el oído medio, hicieron de sus parejas simples mortales, se unieron al aire.

Una de ellas no tenía empeine, condición para lograr que el pie adorne y sostenga los movimientos. El esfuerzo excesivo, al trasladarse por toda su casa en zapatillas sobre las falanges de los dedos, la llevó a una lesión. Un año para recuperarse era mucho tiempo, las demás avanzaron, ella quedó atrás.

En las últimas audiciones para concursos cada una tenía que bailar el mismo fragmento de Coppelia. Hubo quien no se presentó y quien se cayó, pero recuperada continuó bailando. En el ambiente juzgaron maestras, con la vista sobrepuesta a sus cuellos alargados y amigas que en ese momento dejaron de serlo: sus ojos estuvieron muy revirados para ser sinceros.

El nutriólogo pesó, midió e impuso una dieta que jamás la haría bajar 10 libras, sentenciadas “de más” por el claustro en la prueba para el pase al nivel medio. Cuando desarrolló, su cuerpo cambió; ahora tenía muslos y glúteos, antes era perfecta. Comenzó a almorzar solo vegetales y huevo hervido.

Luego de tres meses, el cambio era notable, todos la felicitaban por lograr que los huesos de su pecho asomaran. No tenía fuerzas para saltar, los músculos perdieron proteínas y hasta la sonrisa le costaba. Su dieta incluía vomitar las verduras. Debía salvar su vida, las demás avanzaron, ella quedó atrás.

El paso de cinco años cambió muchas de las sesenta sonrisas. La mitad se aguó con la frustración y tomó otros rumbos. De las otras treinta, que continuaron por tres años más en el nivel medio de la Escuela Nacional de Ballet, muchas se endurecieron. Aparecen solo con el maquillaje y las luces.



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