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Isla al Sur

Patriota por convicción

Patriota por convicción

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Ilustración: Centro de Documentación del periódico Granma

Bernarda Toro Pelegrín, Manana, no ganó su permanencia en la historia de la independencia cubana por ser la esposa del Generalísimo Máximo Gómez. Mucho antes de conocerlo ya estaba en los campos orientales insurrectos de Jiguaní, en la prefectura de Charco Redondo, en las estribaciones de la Sierra Maestra. Su familia de ocho varones y seis hembras había abrazado la causa revolucionaria desde los albores del 10 de Octubre de 1868. Manana no aprendió con el guerrero a ser cubana revolucionaria.

Aun cuando la figura de Manana está indisolublemente ligada a la de Gómez, no debe a él su asunción revolucionaria y de cubana. Antes de conocerlo, ya estaba en los campos insurrectos.

Máximo Gómez debió conocerla entre finales de 1868 y principios de 1869. Por esa fecha el dominicano llegó a Jiguaní como segundo del Mayor General Donato Mármol. Un año después, el 4 de junio, bajo el amparo de la ley mambí, sin sacerdotes ni jueces coloniales, en los campos de Cuba Libre se unieron en matrimonio en un rancho de yaguas resguardado por el guano. Salvador Cisneros Betancourt y Fernando Figueredo fueron los testigos. Él tenía 34 años, ella 18 (20 de agosto de 1852).                 

Ella es del tipo de mujeres que no necesitan enseñar un papel o un certificado de matrimonio que las identifique para ganar un espacio en la vida. Tiene representación propia en la independencia cubana, y asume un patriotismo por convicción, no por imitación. Manana pertenece a una generación arrastrada en pleno al fenómeno de la guerra. Gómez no la conoce en una fiesta, en la paz, sino viviendo en la manigua y durante la guerra ayudó en hospitales de sangre, a las tropas mambisas, procuró alimentos y ropas, porque tal era el papel de las mujeres en esa época.

Entonces, más que de la belleza física, o junto con ella, el mambí asume que se ha unido a una mujer que al igual que él y de manera paralela, está combatiendo por la independencia y continuará haciéndolo hasta el final de la vida.

En una química que funcionará por 35 años, hasta la muerte de Gómez, Manana parirá 11 hijos. La primera, Margarita vendrá en la soledad del bosque y no vivirá más que unos meses, marcada por las privaciones de la dura campaña militar. El primer Andrés, por similares circunstancias muere antes de cumplir el año, cuando ya la mujer espera a Clemencia, quien durante el periodo de la Guerra Grande sufrirá no pocas angustias de escapes hacia campo adentro, mientras las fuerzas españolas rastrean los pasos de la madre. Panchito caerá combatiendo junto al General Antonio Maceo. Otros dos vástagos fallecerán, recién nacidos, en Honduras.

Es una prole cuya cuna se reparte entre Cuba, República Dominicana, Honduras, Nueva Orleans y Jamaica, como un mapa indicador de exilios forzados. En medio de ellos, la cubana se encargó de que aprendieran todos a hablar español, como en la tierra a la que presentía volverían siempre; y en Nueva Orleans o en Kingston, les formó el gusto por un buen plato de arroz, frijoles negros y aguacate. Esas vivencias pequeñas dan la medida de qué ser humano fue.

Es una mujer que vive activamente los diez años de la guerra, la tregua y el exilio. En el 95 es ya de avanzada edad, 43 años, si se toma en consideración que ese es el promedio de vida a finales del siglo XIX y principios del XX. Pero es una mujer de esas que cuando se encuentran en la vida se les toma y no se les deja jamás. Asumió vivir en penuria económica sin exigir al marido dinero ni que utilizara su prestigio, le siguió en las malas, porque buenas tuvieron pocas, y formó un hogar ejemplar no solo para el independentismo cubano, sino para sus contemporáneos.

Nada doblegó a la brava oriental: ni los desafueros de la guerra, ni la desilusión de la tregua, las amarguras del exilio, y la muerte de los hijos. En 1896 le ofrece ayuda económica Tomás Estrada Palma, a la sazón presidente de la Junta Revolucionaria de Nueva York, y Manana sin consultar con nadie responde: "Las que hemos dado todo a la Patria, no tenemos tiempo para ocuparnos de las necesidades materiales de la existencia. Aún me queda mi hijo Maximito, de 17 años, que labrando la tierra me trae pan blanco y blando, con que satisfacer las exigencias de la vida, y no debe gastarse con nosotros lo que hace falta para comprar pólvora".

Es, en esta línea de análisis, una mujer con autonomía. Dirige los horarios, la armonía y la mecánica de la casa, decide qué novia de los hijos entra o no a ella, qué hijos naturales de Gómez traspasan el umbral, enseña la cartilla a los pequeños, y deja a los mayores hacer proselitismo a favor de la revolución. Manana es de un amplio registro de actitudes sociales, políticas y humanas, es la vida cotidiana que Gómez respeta mientras está en la batalla de Las Guásimas, o en la campaña de La Reforma, pero también, cuando la guerra le deja tiempo para jugar con los hijos y sentarse a la mesa.

Tampoco pidamos imposibles: Manana es una mujer del siglo XIX que traspasa brevemente el XX, y esa mujer que se aceró en los campos insurrectos, estará muy metida en el mundo hogareño ya en el tránsito de la madurez a la vejez.

Murió el 29 de noviembre de 1911, a los 59 años. José Miguel Gómez, presidente de la República, ordenó se le hiciera duelo oficial y la velasen en el Salón Rojo del Palacio de los Capitanes Generales. Los hijos se opusieron a una pompa que rehuyó siempre mujer tan humilde. Sin embargo, nadie, nadie, negó el derecho que le correspondía a ciertas figuras de las gestas del 68 y del 95 de que sus cuerpos fueran envueltos con la Bandera Cubana. Así bajó a la tierra para unirse a Gómez en el cementerio de Colón, tras un velorio íntimo en la casa de la calle de Zanja, en Centro Habana, adonde fue el mismo Presidente con varios de sus secretarios a rendirle guardia de honor.

Nota: Agradecimientos al Máster en Ciencias Históricas Antonio Álvarez Pitaluga, profesor de la Facultad de Filosofía, Historia y Sociología de la Universidad de La Habana.

 

El himno de la vida

El himno de la vida

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Ilustración: Centro de Documentación del periódico Granma

De dos en dos fueron fusilados. Minutos antes, en la capilla habían dejado su último mensaje a familiares y amigos. Notas breves, aparentemente detalles de poca importancia ante la inminencia de la muerte, pero desgarradoras en ese permanente deseo de los humanos de perpetuarse en la memoria de quienes más los aman.

El crimen más atroz de su época llaman muchos investigadores al fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina, el 27 de noviembre de 1871.

Eladio pedía a Cerra que, en prueba de amistad, conservara un pañuelo en posesión de Domínguez, y que diera a este el que le acompañaba. Anacleto quería que padres y hermanos se consolaran pronto y entregaran a Lola su sortija y leontina, para que se acordara de él. Alonso reiteraba a los suyos un querer entrañable y la fe de ver a los padres en la Gloria. Pascual decía a Tula no creer verse en un caso así, porque había sido un hombre de orden. Ángel, en el adiós definitivo, afirmaba: "Muero inocente, me he confesado".

Los ocho estudiantes del primer año de Medicina de la Universidad de La Habana fusilados en la explanada de La Punta el 27 de noviembre de 1871, tenían solo de 16 a 21 años de edad.

UN JUEGO, UNA ROSA

El 23 de noviembre el profesor de Anatomía demoraba a causa de un examen que aplicaba en la Universidad. El anfiteatro anatómico de San Dionisio quedaba continuo al cementerio de Espada y allí, en la espera, Anacleto Bermúdez, Ángel Laborde, Pascual Rodríguez y José de Marcos, jugaron como chiquillos con el carro que conducía los cadáveres a la sala de disección. Alonso Álvarez de la Campa tomó una rosa del jardín e inmediatamente la dejó.

Al día siguiente el celador del cementerio informó que la tumba del periodista español Gonzalo Castañón había sido rayada y dejaba su sospecha de que hubieran sido los estudiantes quienes la profanaron. El 25 los 45 alumnos de primer año de Medicina iban a prisión por orden de Dionisio López Roberts, gobernador político de La Habana. A las cinco de la mañana del lunes 27, y tras no encontrar culpabilidad el primer tribunal, se juzga por segunda vez en Consejo de Guerra a los estudiantes; a la una de la tarde se firma y da a conocer la sentencia, y a las 4:20 se comete lo que muchos llaman el crimen más atroz de su época.

Para que la infamia fuera mayor, se les impuso la pena máxima sin permitírseles testigos, y sin que se aportaran pruebas o evidencias circunstanciales. Ninguno de los jóvenes pudo recibir la visita de sus familiares. Y para hacer crecer el crimen, la justicia colonial elevó de cinco a ocho la cifra de los condenados a muerte. Tres de los jóvenes fueron elegidos por sorteo: Carlos Augusto de Latorre, Eladio González y Carlos Verdugo; este último, poco minutos antes del encarcelamiento había llegado de su natal Matanzas. Otros 31 recibieron sanciones de cuatro a seis años de privación de libertad, y el resto, menos dos absueltos, a seis meses en prisión.

Un español, el capitán Federico Capdevila, defendió con honor a los encartados en su condición de abogado. Y otro coterráneo suyo, el canario Nicolás de Estévanez, en la más céntrica acera de entonces, la del Louvre, pública y en voz alta condenó el crimen y rompió su espada. Fermín Valdés Domínguez, el cubano hermano de alma de José Martí y quien cumplió por esa causa seis años de prisión, dedicó su vida no solo a la independencia de la Patria, sino también, a probar la inocencia de sus compañeros de aula.

RAÍCES DEL CRIMEN

Los estudiantes de Medicina fueron acusados primeramente de profanadores de la tumba de Castañón, versión apañada por López Roberts, quien pretendía extorsionar a los padres para que, mediante dinero, pagaran por la liberación de sus hijos. Pero se le fueron de las manos los acontecimientos y la hostilidad integrista de los Voluntarios del Comercio de La Habana (milicia paramilitar) tomó fuerza inusitada. Pidieron el mayor rigor, y la causa pasó a radicarse por infidencia, figura delictiva muy amplia que podía conllevar hasta la pena de muerte por fusilamiento.

Sin embargo, ¿qué hubo detrás del asesinato? Una valoración histórica no puede desestimar que en 1871 en Cuba las fuerzas mambisas vivían una etapa de recuperación en el orden militar. Máximo Gómez y Antonio Maceo en tierras guantanameras daban pelea dura a los soldados colonialistas; Ignacio Agramonte reorganizaba en el Camagüey su tropa, y ya había dirigido el rescate de Julio Sanguily; en Holguín, Calixto García y los suyos recuperaban la capacidad combativa.

Era la antesala de una guerra larga y harto difícil en la que las fuerzas españolas desataron recia represión. Un ejemplo de ello es que en octubre de ese mismo año, el Capitán General Valmaseda suprimió los estudios de doctorado de la Universidad de La Habana, casa de altos estudios a la que calificó de foco de laborantismo y de insurrección, pues inculcaba en los jóvenes perniciosas doctrinas.

El hecho que ocurrió en el cementerio de Espada devino pretexto para desatar el terror, y en ese camino no pusieron límite al odio, exacerbaron los ánimos, parcializaron al Tribunal y actuaron con premura impropia para dar el fallo, sin propiciar tiempo para apelaciones. La metrópoli decadente pretendió mostrar a ultranza su fuerza, temerosa de los ecos de la Demajagua libertadora.

A la vuelta de 135 años, los estudiantes rinden homenaje a aquellos inocentes, convocados por José Martí y su palabra clara: Cantemos hoy, ante la tumba inolvidable, el himno de la vida.

Viví para contarla

Viví para contarla

MARIO JORGE MUÑOZ LOZANO

Tipo de entrevista: Imaginaria o de ficción

Estás jugando al plagio con uno de mis títulos, diría el dueño de los mejores cien años que ha vivido Latinoamérica, si tuviera la posibilidad de leer el texto. Pero fueron seis horas tan intensas que para mí, alumno de tercer año de la Facultad de Periodismo, aquel encuentro con el Premio Nobel de Literatura (1982) se convirtió en uno de los acontecimientos más grandes de la vida.

Él caminaba por el bullicioso Coppelia, uno de los lugares más variopintos de la urbe capitalina. Sí, porque desde hace más de tres décadas, la Catedral del Helado es la vidriera de los más disímiles sabores de La Habana: fresa, chocolate, enamorados, trabajadores, vainilla, almendra, guajiros, extranjeros, coco, mango, policías, jineteras, menta, malta, excéntricos, vagos, naranja, guayaba, madres, niños, mantecado, almendra, becados, reclutas...

Sitio de estudios, amores, proyectos, rupturas. Increíble todo lo que se ha urdido en sus cientos de metros cuadrados. Siempre vi a Coppelia como una orilla atractiva, tentadora, para la pesca de personajes exóticos. Corazón del realismo mágico que destila a cántaros esta urbe caribeña. Que le pregunten a Senel Paz, Titón, al Caballero de París. Sí señor.

Pensé que García Márquez andaba a la caza de una nueva historia. En ocasiones me he preguntado cómo en tantos años de amistad con prominentes hijos de este archipiélago y de vivir un tiempo en Cuba, periodista tan sagaz no ha hecho fuente de su obra a esta Isla, laboratorio ineludible de utopías, fantasías y muchas locuras.

Pero ahí estaba -vestía una elegante guayabera blanca-, paseándose, confundiéndose entre el aroma de la Rampa y los apremios de la cotidianidad. Y yo persiguiéndolo como un enamorado sabedor de lo inevitable del choque, pero no de cómo modelar aquellas primeras y tan difíciles palabras. Temeroso de una negativa, de un "lo siento, acaso desconoce que no doy entrevistas".

Sin embargo, no podía echarme atrás. O en buen cubano, no debía asumir la presunción del hombre del cuento del gato. Así que le fui arriba. Ante tal adversario, acostumbrado a la persecución de reporteros y paparazzis, ya había decidido que mi mejor arma debía ser la sinceridad, o sea, esgrimir la inocencia de mis veinte años. Parapetado detrás de uno de los tantos árboles de la calle 23, exactamente a la entrada de la Agencia de Información Nacional, aproveché que el escritor frenó unos segundos para disfrutar el ritmo cadencioso, increíble, de una bella criolla.

-Gabo (de acuerdo, después comprendí que fue una frescura llamarlo con tanta confianza), mi nombre es Mario, soy estudiante de Periodismo, y me gustaría hacerle algunas preguntas, si no fuera una molestia. Imagino que su tiempo libre está bastante ocupado.

Todo fue muy rápido. Lo tomé por sorpresa. Y todavía no había respondido cuando le solté una andanada de razones: que si con la misma edad que yo, más o menos, él había encontrado el camino de la escritura, luego de volver, por primera vez, a Aracataca (el mágico Macondo); que si impartía conferencias en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en las afueras de La Habana; en la cátedra Julio Cortázar, de la Universidad de Guadalajara; en Madrid, París... y no pasaba por nuestra Facultad de Periodismo; que ya conocía de su rechazo total a los cuestionarios, pero hacía mucho tiempo que no compartía sus vivencias con la prensa cubana...

Ahora recuerdo y pienso que lo asusté. En su cara advertí el atolondramiento. Y no era para menos, casi lo estaba regañando. De pronto, levantó las manos: "De acuerdo, me rindo, tengo tiempo, ¿para dónde vamos?", dijo.

Quedé sin palabras. Decenas de pensamientos pasaron en ráfaga por mi mente: imaginaba ya cómo aparecería en el aula, mostrándole al profesor Hugo Rius y a mis compañeros -en especial a Olivia, Maricel, Faviola... ¡Mujeres!- el resultado de mi conversación ¡exclusiva!, con uno de los más grandes escritores del planeta. Entraría a formar parte de las "grandes ligas" de la entrevista, junto a Juan Marrero, que nos fascinara narrando su encuentro con Alexei Mereziev, el piloto sin piernas de Un hombre de verdad; al lado de la colega Marta Rojas, quien había conocido a Ho Chi Minh; del ilustre Orlando Castellanos que con su Formalmente Informal guardara para la posteridad la voz y el pensamiento de grandes personalidades de la vida nacional y extranjera...

Por suerte, desperté rápido de aquel orgasmo mental -qué sería de la Humanidad sin ellos. Revisé: grabadora, agenda y bolígrafo estaban en el bolso. Interrogantes sobre su vida y obra sobraban. Pero, ¿adónde podría invitar a un ser humano que ha desfilado por los más refinados salones del mundo? Estudiante al fin, hasta el mes entrante, cuando mi madre me entregara la siempre esperada remesa, mis bolsillos estarían huérfanos. Al parecer, él se dio cuenta. Porque me invitó a acompañarlo. Explicó que había decidido aprovechar unas horas libres para pasear, tomar el aire tranquilo y seductor del Malecón.

-No sabe usted cuánto se lo agradezco. Será una oportunidad única- le dije aún apenado.

En el breve trayecto por la Rampa le hablé de nuestra escuela de Periodismo, las asignaturas que recibíamos. Se interesó en conocer cómo y cuándo comenzábamos a publicar en la prensa, de nuestro vínculo con los medios, si compartíamos con los viejos colegas.

Bajábamos ya por la Rampa. Luego de una larga explicación y no pocos encontronazos con gente que lo reconocía y le pedía autógrafos, hicimos un alto en las inmediaciones del Pabellón Cuba. Se quedó mirando hacia el edificio de enfrente, donde radican las oficinas de Prensa Latina. Él había sido uno de los primeros corresponsales de la agencia en Nueva York. Comenzó a hablar; por un momento olvidó que me encontraba a su lado: "los que me despidieron sin darme siquiera el pasaje de regreso hoy viven en Miami. Es curioso, mi relación con Fidel casi surge de ese pleito. Juré que no volvería a Prensa Latina hasta que Fidel me lo pidiera personalmente. Y no me lo pidió. Pero nos hicimos amigos. Ahora, cuando estoy en Cuba, la que discute con Fidel es Mercedes (esposa del escritor), y en la cocina, con un ‘porque te he dicho que eso no lleva tanto picante', o ‘porque no cortes así las cebollas y deja de una vez la sartén'. A Fidel le encanta cocinar".

Lo escuché en silencio. Compartía sus pensamientos. Pasó un vendedor de maní y aproveché para agasajarlo. Aceptó, aunque no sé si por amabilidad o porque hubiera recordado que él también fue un estudiante sin un centavo en el bolsillo. Traté de provocarlo:

-Me acabo de leer su autobiografía Vivir para contarla -le dije-. Y, sinceramente, la primera parte me enganchó mucho, está contagiada por ese alo místico de una vida muy cercana al Macondo de Cien años de soledad, pero más adelante, en la medida que pasan los años y se empieza a enredar su vida con premios, personajes famosos, se me hizo menos interesante la narración. Quizá fue que la distancia en el tiempo le permitió fabular, enriquecer los primeros recuerdos, mientras que los sucesos más cercanos se enfrentaron a la diabólica objetividad de mantenerlos aún frescos en la memoria. Seguro que dentro de un tiempo narre de manera distinta lo vivido en estos últimos años. ¿Dio a leer el texto a sus amigos como hace siempre?

-Siempre cuento lo que estoy escribiendo a mis amigos para ver qué efecto produce, pero después puede ser que al fin lo cambie todo -respondió. Habíamos reanudado el paso. Caminaba despacio, recordaba.

-¿Con Cien años de soledad sucedió así? -le pregunté. Estábamos a unos metros de la añeja cinta de concreto que se extiende por el kilométrico litoral habanero, protectora de la ciudad ante la ira destructora del mar, asiento de enamorados, familias, románticos y pensadores.

-A Álvaro Mutis (un amigo) le contaba la historia cuando preparaba Cien años de soledad. Estaba extasiado con la idea. Cuando tuve el primer capítulo y se lo di a leer, me dijo furioso: "eres un hijo de p..., esto no tiene nada que ver con lo que me contabas, ahora he quedado mal con mis amigos a los que les había dicho otra cosa".

"Con Cien años de soledad, me solté el moño. La tierra podía ser una naranja, un galeón español podía naufragar en el medio de la selva y los gitanos del circo podían traer los últimos adelantos de la ciencia".

Hablaba de la famosa obra como si se tratara del amor de su vida. Escuchaba a El Gabo y me arrepentía de haberlo llevado conmigo, quizá hubiera podido convencerlo para que impartiera una conferencia en la Facultad.

La bella vista y el sabor de un aire distinto nos recibieron en el Malecón. Buscamos un lugar donde acomodarnos para recibir la grata fragancia de la mar -para mí es hembra-, y compartir su música, a veces contaminada por el rugir de autos que volaban a nuestra espalda.

García Márquez callaba, como si intentara descifrar los acordes de tan bella sinfonía. Aproveché para preguntarle acerca de sus sentimientos por la escritura.

-No hay una mayor felicidad en la vida que escribir -contestó sin pensarlo mucho-. El orgasmo no vale nada (reímos). Tiene su interés, claro, pero no como cuando uno está escribiendo.

-¿Y le resulta fácil hacerlo? -se había generado una atmósfera rica para las confesiones.

-Al principio, antes de sentarme a escribir, vomitaba el desayuno. Me sentaba porque lo único que quería era escribir. Pero el problema de la página en blanco es absolutamente real, y es aterrador.

"Cuando era joven e inexperto, leí un reportaje, ahora muy conocido, que le hacían a Hemingway, creo que en el París Review. Allí contaba cómo lo resolvió".

Hizo una pausa para reflexionar. Pensé que era el momento propicio para desenvainar la grabadora o mi libreta de apuntes. Pero temí que se rompiera el hechizo, que se perdiera el ambiente de intimidad logrado. No lo hice.

Sabía que detrás del relato sobre el genial novelista norteamericano me hablaría de su eterna receta: la de comenzar por escribir las mejores ideas para entrar en calor. "Si después no sirve, lo botas -aseguró-; pero ya está empezado. Y a la mitad del camino, cuando va surgiendo mayor identificación y uno comienza a escribir como si alguien le estuviera soplando, no te levantas; sigues con el principio del día siguiente antes que el brazo se enfríe. Al día siguiente, empiezas en la cola del anterior".

-¿Cuál es el mejor lector? -volví a la carga.

-El que me hace la burrada de leerme en una noche. Lo odio, porque él se despacha en unas horas lo que a mí me costó años escribir. Pero me encanta el haberlo podido atrapar al punto de obligarlo a no dejar el libro hasta el fin.

-En su obra ese éxito tiene que ver mucho con la ficción...

-Lo esencial de la ficción no es lo verdadero -advierte-, sino lo verosímil. Inventar la vida, eso es una maravilla.

"En Cien años de soledad, cuando José Arcadio Buendía, el joven, va a buscar a Pilar Ternera para su debut sexual, yo sé muy bien lo que sentía. Estando en Bogotá, en el internado de la escuela secundaria (por 1944, a los 15 ó 16 años), yo tenía una novia que vivía con sus padres, en una época en que no se hacían esas cosas. Los padres de los costeños, cuando partíamos a Bogotá para estudiar, nos hacían dos advertencias: cuidarse de la pulmonía -Bogotá está a una altura en que conocen el frío-, y no embarazar a una cachaca, que es como les dicen a las bogotanas. Eso les pasaba a todas las hijas de dueños de pensión.

"Además de la novia de mi edad, yo tenía otra, casada, que vivía con el marido, los padres y las hermanas en una de esas casonas de antes donde todos los cuartos rodeaban un jardín, en Sipaquirá, un lugar famoso en Colombia por su moral estricta. Ella me avisaba cuando el marido se iba de viaje y me invitaba por la noche a su cuarto, que era el último de la casa. Me dejaba la puerta de calle sin tranca y yo tenía que atravesar por un pasillo el cuarto donde dormían los padres, el de la hermana casada que dormía con su marido y sus niños, y otro cuarto que se usaba como costurero. De entrada, pasaba muerto de risa. El problema era a la salida, exhausto, asustado. Salir era terrible. (Sonaron nuevas carcajadas).

"Para escapar del internado me descolgaba por detrás, mientras los compañeros me ayudaban con la condición de que les contara después. Lo que ocurría en el cuarto era como un temblor de tierra, igual que para José Arcadio. Era yo el que decía no soy capaz, pero cómo hago para no ir".

-Es evidente su pasión por los recuerdos de familia. Además, pienso que es una gran suerte para un escritor haber vivido esas historias.

-Empecé a contar con lápiz; antes de poder escribir inventaba historias dibujando. Eso hice cuando el abuelo me llevó a ver una función del mago Richardine, que le cortaba la cabeza a su ayudante. Quedé deslumbrado. Lo dibujé sobre la pared en la casa de Aracataca. Creía que era un dibujo absolutamente realista (igual que cuando escribo). Pero al verlo otra vez después de muchísimos años, el mago monumental que había quedado en mi memoria medía solo cincuenta centímetros. Y era imposible darse cuenta si cortaba una cabeza y a quién.

"Barranca era el pueblo de mi abuelo donde mató a un hombre en una riña de gallos. (Como José Arcadio Buendía en Riohacha.) Durante una de mis vueltas por La Guajira, en los años 50, cuando iba a vender enciclopedias, un señor me dijo: Usted es nieto del coronel Márquez, yo soy nieto de Prudencio Aguilar, entonces su abuelo mató a mi abuelo. Al principio me asusté, pero el hombre era amabilísimo. Resultó ser un contrabandista con gran sentido del honor. Llevaba siempre un fajo de billetes para el guardia de aduana. ¿Y si un día no te lo recibe?, le pregunté. No voy a tener más remedio que matarlo, contestó, porque lo que gano es para la educación de mis hijos".

-A pesar de los más de 30 años transcurridos luego de escribir Cien años de soledad, aún no logra zafarse de ella. Es como un matrimonio. Y no es para menos, supe que fueron 18 meses sin hacer otra cosa que escribir.

-Durante tres meses no salí siquiera a la puerta de la casa. Uno de los problemas que tenía para resolver por esos días era cómo hacer desaparecer a Remedios la Bella, que en la realidad de Aracataca se había ido con un hombre cuando ya tenía nietos. En el pueblo, eso no se decía porque a la familia le daba vergüenza. Explicaban, en cambio, con toda seriedad, que un día se había volado. Y así resultaba más creíble que la verdad.

"En esas estaba cuando miré por la ventana hacia el patio y vi a la chica que ayudaba en la casa colgando unas sábanas durante una tarde con mucho viento. De esa forma salió Remedios del libro, se fue volando aferrada a las sábanas furiosas de truenos."

Mientras hablábamos, se acercó una pareja de guitarristas que propuso tocarnos algunas canciones a cambio de unos pesos. Le pusieron la tapa al pomo cuando presentaron el menú: Los Buquis, Pasteles Verdes, Pimpinela, Juan Gabriel... Y la Guantanamera, para complacer peticiones, algo que no podía faltar "porque siempre nos la piden".

Los despedimos para hacerle mejor caso a una vendedora de empanaditas de queso. Estaban calientes, exquisitas.

Mientras comíamos, aproveché para mostrarle al Profe que conocía bastante su historia, de cómo había publicado su primer cuento en un diario de Bogotá y no tenía ni un centavo para comprar el periódico. Luego, fue el segundo, el tercero, el cuarto, cuya publicación fue anunciada en el periódico del día anterior. Pero por el Bogotazo tuvo que mudarse a Cartagena.

Los primeros pasos en la profesión del famoso novelista habían sido tortuosos. Debió comenzar los estudios de Derecho porque su padre quería convertirlo en abogado.

-Pasaba por la puerta del diario El Universal -esta vez no me miraba, hablaba con el mar. El salitre se pegaba al rostro y la espuma de las olas bañaba nuestros pantalones- y un día vi al otro lado de la vitrina un señor solo; entonces me atreví a entrar. Cuando le dije el nombre, se acordó de los cuentos publicados en Bogotá y me tomó.

"En esa época los jefes de redacción eran verdaderos maestros, le corregían a uno las notas con lápiz rojo. Mi primer artículo era todo lápiz rojo. Luego cada vez fue menos hasta que el lápiz rojo desapareció del todo. El periodismo era una cosa estupenda".

Si alguna vez tuve dudas acerca de mi posible apego al periodismo -y las tuve, porque lo que más me interesaba era conocer mundo-, todas ellas quedaron disipadas. Cada palabra de aquel hombre transpiraba un enorme respeto y amor por la profesión.

De sus aventuras en Cartagena saltó a su vida en Barranquilla, donde trabajó en la redacción de El Heraldo. Allí, "la edición cerraba a la una de la madrugada y en la noche dormía dentro del mismo periódico. Me quedaba con el linotipista hasta que cerrara. El ruido a lluvia de los linotipos era ideal para escribir. Ahí escribí ‘La hojarasca'". Entonces, el joven periodista vivía al día; radicaba en un viejo hotelucho que sus amigos apodaron "El Rascacielos", donde las habitaciones estaban divididas por paredes de cartón.

-¡Las cosas que se oían -me dice con mirada pícara-, las voces que se reconocían! Los gobernadores, los funcionarios, ellos todavía no saben todo lo que yo sé. Todo mi equipaje era un pantalón, una camisa y dos calzoncillos. Uno puesto y otro secando. A la mañana, quedaba yo solo con las chicas y les pedía: ¿quién me presta un jabón? Fue en ese tiempo que mi madre vino a buscarme para vender la casa.

-Ha llovido mucho desde entonces -le dije-. Creo que usted no es el mismo desde 1967, cuando se publicara la edición argentina de Cien años de soledad y comenzara una carrera de incesantes ediciones de libros, con tiradas de cientos de miles de ejemplares ¿No cree que tantos ojos puestos sobre cada letra nueva que se le ocurra, se convierten en obstáculo a la hora de escribir?

-A mí, toda la vida se me fue eludiendo obstáculos que me impedían ser escritor. Incluso, cuando ya lo era, hecho y derecho, tenía que vivir de los periódicos, la radio, la publicidad, el cine. Mi padre me dijo, cuando hubo de resignarse a que abandonara los estudios de Derecho: comerás papel.

"Cuando uno se sienta a escribir, tiene que querer ser mejor que Cervantes. No lo será, pero es un buen impulso".

Qué bueno estaba eso. Ya no podía aguantar más. Iba a reventar. Trataba de almacenar en mi memoria las ideas más sobresalientes, que luego me permitieran armar un texto, pero todo lo hallaba importante.

La grabadora, indigna, continuaba en reposo. La saqué del bolso a la velocidad que un cowboy de Hollywood exhibe para desenfundar su Colt. Era la única manera de poder eludir la pena. Le expliqué que no podía permitir que se me escaparan tantas reflexiones interesantes. El Gabo sonrió confuso. Estaba claro que no entendía el porqué no lo había hecho antes. Monté un casete, Song for America, de Kansas -uno de mis favoritos-, a esa hora daba igual, no me pondría a mirar en cuál grabar. Las manos me sudaban. Apreté la tecla REC. No encendía el diminuto bombillo rojo que anuncia el normal funcionamiento del equipo. La vieja Sony no andaba. La revisé, él me ayudó, probé el remedio santo -ideal con televisores y radios soviéticos- de los puñetazos y tampoco dio resultado.

Entonces recordé que llevaba tiempo usando las mismas baterías. Esa debía ser la razón. Así que le ofrecí disculpas, me lancé de la cama al buró -a un paso, en mi apartamento todo está muy cerca-, donde guardaba celosamente un par de baterías nuevas, se las puse a la máquina y volví a acostarme.

Di vueltas y vueltas, conté ovejas, hice ejercicios de relajación. Pero no lograba volver a dormirme. Así estuve hasta las seis de la mañana. El calor, como siempre, era insoportable. Me vestí y algo "depre" salí caminando para la redacción. Debía entregar un reportaje sobre la Casa de las Tradiciones, de Santiago de Cuba, un lugar donde seguro el genial Gabriel García Márquez encontraría buen trigo para sus asombrosas historias.

En lo adelante, pasé días, semanas, acostándome tarde, siempre con la grabadora -con las nuevas baterías puestas, claro, lo de antes no me vuelve a pasar- en la mano. La apretaba para que no se me olvidara. También ahorré algunos quilos para invitarlo a unas cervezas. Han pasado tres meses esperándolo y nada. Camino Rampa arriba y Rampa abajo, regreso al Malecón y no aparece. Teresa me regaña: además de dormir mal, en la madrugada la he golpeado con la grabadora. Ahora el pequeño equipo duerme debajo de la almohada. ¿Se acordará el Gabo que me debe un sueño?

Nota: Los parlamentos de Gabriel García Márquez fueron extraídos de quince horas de seminario, durante tres días, con estudiantes y profesores en la cátedra Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara, 1996.

La voluntad de prevalecer

La voluntad de prevalecer

MARIO CREMATA FERRÁN,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana

Ficha técnica:

Tipo de título: Genérico

Tipo de Lead: Sumario, de Quién

Tipo de Cuerpo: Pirámide invertida

Lead Sumario de Quién:

El doctor Eusebio Leal Spengler, director de la Oficina del Historiador de la Ciudad, inició la Conferencia Inaugural de Otoño 2006, en el Aula Magna de la Universidad de la Habana.

Pirámide invertida:

Como artífice supremo de la conservación y restauración integral del Centro Histórico, Leal centró su exposición en la complejidad técnica y científica de la obra y refirió la dicha de Cuba de tener inscriptos varios territorios en el índice de Patrimonio Mundial, además de sitios de reserva de la biosfera y de interés natural para el mundo.

Alegó que no se puede ir al futuro sin el pasado, que es ese el punto de partida; que nuestra cultura nació no solo de la sangre, sino de la cultura universal, y evocó al presbítero Félix Varela quien nos legó ese concepto inicial de que patria, país, nación, estado; sustentado por una realidad de visión mundial: isla en lo geográfico, pero nunca en la cultura.

Mediante la proyección de imágenes representativas, ofreció una panorámica sintetizada de la labor emprendida estos años por la Oficina, partiendo de la máxima de que nada es como fue, pues todo debe cambiar y evolucionar.

En la explicación detalló acerca del debate sobre el posible sitio fundacional, e incluyó vistas de todas las plazas y el sistema de fortificaciones, la variedad de instituciones religiosas remozadas, que dan idea de un espacio de concordia y armonía, aludiendo también al reto que significa el deterioro y lo que implica recuperar el espacio perdido, sin olvidar el equilibrio justo que compense lo que se quiere lograr. "Es preciso hacerse fuerte en un punto y no abandonarlo...", dijo cuando insistió en que hay que evitar la tendencia a hacer cosas superficiales.

Calificó de experiencia singular la sostenibilidad económica que lleva a cabo la Oficina del Historiador, fomentando la apropiación de los espacios públicos por la ciudadanía, la reanimación urbana, la programación cultural variada, las obras de carácter social y humano, siempre después de un estudio profundo del territorio y sus particularidades. Destacó, además, la alta calificación de los especialistas y el desarrollo de los oficios tradicionales que muchos creían perdidos, como es el caso de los tallistas, orfebres y maestros ebanistas, entre otros.

Se refirió, además, a la inauguración, en el otrora espacio ocupado por el Convento de San Juan de Letrán -cuna de la primera Universidad-, del Colegio Universitario San Gerónimo de la Habana, donde tendrán cabida materias como la arqueología y la historia, aunadas en una sola carrera que se llamará Manejo y Gestión de Centros Históricos, que conservará para las futuras generaciones todo el caudal de saberes adquiridos y funcionará al mismo tiempo como centro formador de nuevos expertos.

Leal expresó su satisfacción de encontrarse nuevamente en el querido recinto universitario, al que calificó de templo sagrado de la cultura perenne y permanente, de espacio insustituible, llamando a la pasión colectiva por conservar ese reducto de cubanía, en el que aseguró ver a los actores de la historia cuando cerraba sus ojos.

La tarde tuvo como epílogo la entrega de un reconocimiento al Historiador de la Ciudad, por parte del doctor Rubén Zardoya Loureda, rector de la Universidad de La Habana. A la clase magistral asistieron otras autoridades del ámbito académico, encabezados por el doctor Luis Alberto Montero, presidente del Consejo Científico, profesores y estudiantes.

 

El músico de la Alfabetización

El músico de la Alfabetización

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Foto: Centro de Documentación del periódico Granma

Eduardo Saborit murió a los 51 años. Un infarto. Muy rápido, apenas 20 minutos. Un rato antes, le había afinado por teléfono la guitarra a su médico y le cantó, junto con Zoila, su compañera, la hermosa canción de La Bayamesa al sobrino Paquito, para dormir al pequeño. Cuando decidió él mismo descansar, tras la fatiga de un día de habituales ajetreos, colocó sobre la mesita de noche el libro Los fundamentos del socialismo en Cuba.

"Adelgazó mucho en ese tiempo, apenas paraba en la casa. Un año antes, durante la Campaña de Alfabetización, abuelo se enamoró de ella y la vivió como un cubano que llevaba aquel proyecto en el alma. Siguiendo las orientaciones de Fidel de continuar estudiando, fue fundador del sistema de becas como maestro de la Escuela de Instructores de Arte, allí fue profesor de guitarra", eso me cuenta en una tarde de evocaciones Diana Bello Saborit, nieta del músico emblemático de esa primera gesta en la educación cubana.

Unidos en amistad y trabajo, fue el Indio Naborí, el poeta de la Alfabetización, quien lo vinculó a Celia Sánchez y a Mario Díaz, el coordinador de la campaña. Integró, así, la Comisión de Divulgación: "Se requería de un himno y él compuso, letra y música, el de las Brigadas Conrado Benítez. Era un creador productivo y súbito, y en el anfiteatro de Varadero, el Día de las Madres de 1961, cuando el Comandante en Jefe despidió a un grupo de brigadistas, se cantó por primera vez en público".

De Saborit habrá que recordar el periplo de Oriente a Santa Clara con uno de los dos colectivos artísticos que durante la campaña llevaron nuestro el arte a los brigadistas, sin importar zonas intrincadas, comidas al paso, noches de mal sueño en hamacas y escenarios improvisados a la luz de faroles o de la luna cómplice. De esa etapa, el Jilguero de Cienfuegos y Marthica Morejón lo recuerdan como un divulgador de lo cubano, como un hombre cariñoso, dulce, amable, nunca bravo, amigo, compañero a todo riesgo y con una sonrisa permanente en los labios.

Nacido en Campechuela, desde muy joven integró diferentes grupos musicales. Su primer gran éxito, la radionovela Pepe Cortéz, lo llevó a ser contratado por la antigua CMQ.

Fue un hombre de entera confianza de la Revolución. Cuando el ataque mercenario a Playa Girón, apenas unas horas después, Celia Sánchez le encarga a él y a Naborí "tocar con sus manos" lo que allí había pasado para que vinieran luego a contarles a los propios familiares de los brigadistas cómo estaban los muchachos: "Mi abuelo constituyó un ejemplo para la familia, un compromiso con la nueva vida que se abría, un orgullo. Después de muerto, sigue siendo el bastión de su núcleo", eso dice Diana, entonces una adolescente.

En ese febril hacer, en Ciudad Libertad trabajó en el Consejo Nacional de la Alfabetización. Después vino el Congreso, un corte necesario para conocer cómo se iba comportando la gesta de enseñar. En la clausura del evento, en el antiguo teatro Chaplin, hoy Karl Marx, en el segmento artístico se estrenó Despertar, también de la autoría de Saborit e interpretado por Edelia Ferrer. Fidel pidió que se repitiera. Se cantó dos veces.

Y, por fin, la entrada de los brigadistas a la Plaza de la Revolución el 22 de diciembre de 1961. Allí, multiplicada en miles de voces, se coreó la Marcha triunfal de la Alfabetización, más conocida como Cumplimos.

"A partir de la campaña, y ya para siempre, abuelo vistió solamente el uniforme de los brigadistas. No le importó que concluyera aquel hermoso proyecto, se había entregado tanto a él que no quiso separarse de esa ropa. Así lo enterramos, y abrazado el ataúd con las banderas cubana y de la Alfabetización", rememora Diana.

Ese día de duelo, un grande de la música campesina, Ramón Veloz, lo homenajeó con una corona enorme en forma de guitarra. Sus alumnos de la Escuela de Instructores de Arte recogieron flores de los jardines de la institución y conformaron otra, al tamaño original.

"El músico de la Alfabetización", como le llamó el Indio Naborí, fue hombre de entereza vertical. Por dos veces pusieron en sus manos un cheque en blanco. La primera, cuando en la década de los 50 compuso Conozca a Cuba primero y al extranjero después, y la Compañía ESSO quiso utilizarla para su publicidad. Se negó porque, lo que escribía de su Patria, era para ella y no para comercializarse. La segunda, al triunfo de la Revolución los dueños de Publicitaria Siboney quisieron que emigrara a Puerto Rico. En respuesta, viajó al VII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, en Viena, y a los países socialistas. De ese periplo nació Cuba qué linda es Cuba.

Al cabo del tiempo, Diana tiene pesares: "Su música hoy no es suficientemente difundida y es muy triste que la obra de un hombre como él, patrimonio del país, se vaya apagando. ¿Y quiere que le diga algo: letras como Sin banderas, Cuida tu Patria, Niño cubano y Mi escuelita, tienen hoy total vigencia", recalca la nieta, convertida al cabo en historiadora del abuelo.

¿Y cuál es tu alegría?, pregunto al final de un rápido repaso por la obra de Eduardo Saborit en la Campaña de Alfabetización: "Doy gracias a la vida por dos cosas: haber sido nieta de ese hombre inmenso, y por ser yo misma abuela. Esas han sido mis grandes oportunidades, mis sentimientos más puros".

¿Física Estadística?

¿Física Estadística?

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Foto: Aldo Mederos

La Física Estadística nació a finales del siglo XIX para explicar las propiedades de los cuerpos macroscópicos a partir de las características de las partículas que los constituyen, y responder así a problemas originales de la Física. Si bien esta pudiera ser una definición científica aproximada, el común de los lectores entendería mejor una explicación en la que conocieran acerca de su aplicación contemporánea.

Por ejemplo, en la Biología permite interpretar el comportamiento de la memoria en el cerebro a partir de la conducta de las neuronas. También se inserta en la Economía, en las leyes del mercado, en la interacción entre las personas que compran y venden, de manera que se obtengan leyes generales que describan las regularidades de los sistemas.

La Informática no escapa a la aplicación de la disciplina, y la Computación e Internet son muestras en las que su empleo permite detectar parte de las nuevas complejidades que se dan en su uso. Un ejemplo son los virus informáticos, y hoy se trabaja en una teoría acerca de su aparición, también aplicable a virus de transmisión sexual como el SIDA.

Y su provecho se extiende mucho más. No son pocos los físicos que tomando como base la Física Estadística laboran en problemas de optimización en las ramas de la Inmunología, la Banca, y las industrias.

"Ha favorecido la utilidad de la especialidad el aumento de las posibilidades de cálculo aparecidas con las nuevas computadoras. Actualmente es más viable analizar problemas complejos y obtener resultados de manera muy precisa. Estamos frente a un desarrollo parejo entre lo teórico y el cálculo computacional, y es una forma de hacer y ver la ciencia más aplicada a temas que históricamente estuvieron fuera de la Física."

Así comentó el doctor Silvio Franz, investigador del Centro Internacional de Física Teórica (ICTP) de la ciudad italiana de Trieste, institución que integra a la Facultad de Física de la Universidad de La Habana como Centro de Excelencia del Tercer Mundo.

El ICTP, cuyo objetivo es el desarrollo de las ciencias fundamentales y sus aplicaciones en los países en vías de desarrollo, organiza diferentes tipos de escuelas cada año, y seleccionó a Cuba para ampliar las investigaciones de la Física Estadística no solo por las relaciones de trabajo establecidas desde hace más de cinco lustros, sino muy especialmente, por su reconocido nivel internacional y planes de estudio que pueden competir entre los mejores.

Franz no duda en afirmar que esta ciencia, en el campo de la investigación continúa siendo un mundo abierto, aunque disponerse a adentrarse en ella supone mucho entusiasmo y sacrificio.

"Hemos concluido una centuria en la que la Física marcó pautas. Este siglo constituyó una revolución en todas las ideas de la disciplina y cambió la manera de pensar y de representarse el mundo, así como fue un periodo de aplicaciones concretas; ahí están la energía nuclear, el transistor, la computadora, los Rayos X, la tomografía, la estructura del ADN y otras biomoléculas. El siglo XXI, aun cuando sea una apreciación personal muy libre, parece que en las ciencias será la etapa de la Biología, a la cual ya está tributando la Física. Pero es muy temprano aún para aseverarlo."

La Nota, un texto a tiempo

La Nota, un texto a tiempo

Ricardo González,

periodista del semanario Vanguardia,

Villa Clara 

Cuando se termina de leer el libro de Iraida Calzadilla Rodríguez dedicado al universo de la información nos deja el aliento de una anhelada solidaridad. 

Y digo solidaridad porque en la gran escuela que encierra el ejercicio profesional constatamos que varios colegas –incluso decisores- consideran la información como un género minúsculo al compararla con el resto de los componentes que se insertan a la familia periodística. 

Por suerte, hay quienes salvan este error. A veces –y no pocas veces- la información sufre el efecto de las podas o de los cambios ajenos al autor que trata de vestir a este género con todo el rigor que exige y a la vez merece y encuentra que su producto ha sido lacerado. 

Esta es una de las tantas miradas que nos propone Iraida en su obra. La información vista y tratada en su justo lugar, con la importancia que lleva y nunca asociada a un género huérfano o colmado de lástima. 

Con suma sagacidad –adquirida en la propia misión de hacer periodismo y de compartir conocimientos a través de la docencia- Iraida Calzadilla presenta, en 11 clases y 5 anexos, lo que nos falta para comprender que la información no puede obviar las sendas de la reflexión en todo aquello que despierte interés por y para la humanidad. ¿Habrá entonces que pensar siempre en el clásico lead convencional que responda de una manera plana al qué, el cómo, el quién, el cuándo? 

¿Será siempre necesario atiborrar ese primer párrafo con todos los elementos? 

¿Por qué no pensar en la diversidad de leads especiales que aglutinan desde datos simples, múltiples, interpretativos, de retrato, de ambiente, sin descartar el humor y hasta la fantasía? 

En ello también se fundamenta el magisterio de Iraida Calzadilla ofrecido con este libro que en sus seis escasas letras del título, La Nota, deja abierto el abanico teórico-práctico para penetrar, conocer, indagar o motivar a mayores pretensiones dentro del género. 

No obvia la colega algo tan esencial como el titulaje informativo. Aquí nos orienta desde el eminente estilo noticioso hasta aquellos breves y atractivos, o los que incitan a la lectura o llaman la atención sobre determinado aspecto, o los que tienen como elemento principal eso tan esperado y a veces tan escaso que se llama novedad. 

¿Será entonces necesario recurrir siempre al titular con la acción verbal en primer término?, ¿resulta admisible esos títulos kilométricos que a veces aparecen con la unión de 12 o más vocablos? 

A nuestro modo de ver otro de los méritos de este libro radica en que deja abierto el camino de la reflexión, tanto para quienes se abrazan a los cánones convencionales como para aquellos que abogan y defienden una noticia que reclama los buenos aires y las exigencias de la contemporaneidad. 

Me detengo en la página 43 del texto en lo que –desde nuestra percepción- Iraida Calzadilla deja sentada las bases. 

“La nota informativa –y cito- en síntesis, es una propuesta para informar rápidamente sobre los acontecimientos que poseen un significado social, midiéndose su eficiencia no solo por su propio contenido, sino también por la manera que los reporteros cautivan al receptor con su presentación, con la claridad expositiva de sus objetivos y, ¿por qué no? con las cualidades literarias que otorgue.” 

De eso se trata, de pulir nuestra entrega con la propia belleza, de buscar la manera de transmitir ese hecho o suceso con nuevas aristas, de convertir lo intrascendente –siempre que se pueda, por supuesto- en algo trascendente y en acabar de entender que el periodismo –y así lo creo- constituye una de las tantas modalidades del arte, y que como arte reclama el máximo pulimento de un producto para el más diverso receptor. 

La Nota, aunque salida de los talleres de la Editorial Pablo de la Torriente en 2005 resulta ese texto que cada vez que se abre huele a tinta fresca. Nos renueva e induce a constatar la realidad de esa clásica frase de que no hay papeles secundarios sino actores o actrices secundarios. 

Cabe perfectamente en nuestro medio. Buscar, incentivar, reflexionar y aportar un buen producto comunicativo es el deber de quienes un día nos inclinamos por el sacerdocio que reclama esta profesión. 

Repasar las 211 páginas del libro La Nota es apreciar el verdadero magisterio del que tanto habló Martí, de ese que, además de educarnos, nos permite ver que el mundo es mucho más que su macroestructura conformante, pues de las cosas sencillas emanan también novedosas lecciones e Iraida Calzadilla bien lo logra. 

(Presentación del libro La Nota, en el Festival de la Prensa Escrita de la provincia de Villa Clara, octubre 2006)

Equidad, aporte mayor de la Educación cubana

Equidad, aporte mayor de la Educación cubana

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ 

Foto: Rafael Torres  

Héctor Valdés Veloz no tiene que pensarlo dos veces: el mayor aporte de la Educación cubana al mundo es la equidad alcanzada en su sistema integral de enseñanza: "Hay que ver cómo un país pobre en recursos económicos logra la distribución equilibrada del saber. Esa es una contribución fundamental". 

El director del Instituto Central de Ciencias Pedagógicas (ICCP) abunda en que tanto en el estudio internacional del Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de la Educación como en los operativos nacionales con ese propósito, se ha verificado que Cuba es el país con menos brecha entre los resultados del sector rural y el urbano, así como entre niños y niñas. 

"Sus pequeñas diferencias no son estadísticamente significativas, lo que demuestra la existencia de una distribución homogénea del saber. En contraposición, el resto de las naciones de la región se caracteriza por mostrar grandes desigualdades en los resultados entre el sector urbano y el rural, el privado y el público, y niños y niñas." 

Valdés Veloz anota otro importante aporte que, puesto en marcha apenas unos cursos atrás, hoy perfecciona sus alcances: la nueva escuela cubana vista desde las transformaciones de los modelos de la enseñanza primaria y de la secundaria básica. 

"Ellos propagan individualizar el aprendizaje, convertir realmente al maestro en preceptor, y rompen la dicotomía existente entre instrucción y educación. Si las categorías pedagógicas fundamentales quedan sustentadas en enseñanza, aprendizaje, formación, desarrollo, instrucción y educación, Cuba pondera hoy el papel del maestro como educador, reposiciona al docente y le da su justa dimensión como formador de valores. Y de ahí nace otra participación esencial: cómo estructurar y concretar la enseñanza y qué organización dar a la escuela para que sea viable todo el proyecto", precisa. 

Fundado hace casi tres decenios, el ICCP cuenta con 38 investigadores responsabilizados en saberes vinculados con los análisis críticos de las corrientes pedagógicas contemporáneas, el rescate del decursar histórico de esta disciplina en Cuba, y la defensa de su aceptación como ciencia; también, con el aprendizaje escolar, fundamentalmente en las enseñanzas primaria y secundaria básica; y el currículum escolar, de manera que queden establecidos los deberes funcionales de cada gestor. 

"La escuela nueva es una línea de investigación permanente. Hemos realizado en la secundaria básica mediciones a inicios y finales del periodo docente y el muestreo a nivel nacional indicó que se avanzaba más en las asignaturas de Humanidades que en las de Ciencias; esto posibilitó inmediatamente aproximarnos a las causas y establecer medidas, recomendaciones y políticas que ya se llevan a cabo en los planteles. Es decir, es una labor dinámica a favor de la calidad." 

Precisamente, uno de los más significativos trabajos que desempeña el Instituto está relacionado con la evaluación de la calidad de la Educación y la verificación de la efectividad de las políticas educativas.  

Refiriéndose al colectivo, merecedor de varios premios de la Academia de Ciencias de Cuba, el doctor Valdés Veloz significa que no pueden quedar sin reconocimientos el libro Bosquejo histórico de la pedagogía cubana, los compendios de Pedagogía y materiales de esa Ciencia para seminarios a personal docente, el Estudio del niño cubano (realizado durante 17 años), y el Sistema de evaluación de la calidad. 

"Martí expresó que es necesario tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca. A partir de esa máxima, para mí el acto educativo debiera realizarse de tal suerte que el docente encuentre y potencie en cada niño lo mejor de sí, y eso hace que la Educación tenga la calidad necesaria, concepto que incluye el de equidad que Cuba defiende."