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LA ALQUIMIA DE LA VIDA

LA ALQUIMIA DE LA VIDA

Alejandro Saúl Padrón, químico nuclear, ha contribuido a que el SIDA ya no sea mortal.

Texto y foto:
MARÍA CAMILA MAURY VÁZQUEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de la Habana.

Tiene ese aire de distracción que parece acompañar a todas las personas de inteligencia pródiga. Habla pausadamente y sus ojos se encienden de vez en vez por el recuerdo.

Le apasiona desarrollar productos cubanos para la salud. “Cuando me paro en una farmacia, me siento orgulloso de haber contribuido con la creación de más de 80 medicamentos”, dice sonriente.

El ingeniero químico–tecnólogo Alejandro Saúl Padrón Yaquis ha participado en la producción de fármacos cardiovasculares, anestésicos, citostáticos y, como mayor éxito humano, los antirretrovirales para la terapia del SIDA. Todo ha sido parte de su trabajo en el Centro de Investigación y Desarrollo de Medicamentos, del cual es Director General.

Con los antirretrovirales, a partir del 2001, el VIH dejó de ser una causa de muerte para los cubanos y quedó como una enfermedad crónica para quienes la sufren. Él, quien fue la guía en su producción, obtuvo el Premio Especial de la Academia de Ciencias al Resultado de mayor impacto social y el galardón Esperanza, una estatuilla que aprecia mucho,  revela mientras la sostenía.

Su esposa, Alina, cuenta que en una ocasión Padrón se tardó en salir hacia una actividad de reconocimiento por encontrarse en la graduación de uno de sus hijos y que al llegar lo esperaban muchas personas debajo de un cartel con su nombre. Eran enfermos de SIDA que iban a agradecerle por alargar sus vidas. “Ese es el mejor de los premios”, agrega Saúl.

Ante la escueta interrogante de que por qué las ciencias, responde que fue cuestión de inquietudes profesionales, gustos, juventud: “Siempre quise ser médico porque eran, junto a los maestros, los únicos profesionales de los que tenía referencia allá, por las faldas de la Sierra Maestra, en Granma, provincia donde me crío mi madre”.

“Un día leí que la Central Juraguá necesitaba preparar profesionales en carreras de perfil nuclear. Había ganado varios concursos y lo asumí como un reto. Hice las pruebas y obtuve la carrera de Ingeniería Física–Química, con especialidad en las tecnologías nucleares y estudio de los materiales radioactivos que se cursaba en la Unión Soviética”.

En la universidad moscovita de Química D. I. Mendeleiev, fue testigo de la Perestroika. Los jóvenes rusos que estaban a su alrededor comenzaron a negar su historia, humillaban a los veteranos de la guerra, criticaron al Partido Comunista y se iniciaron en el separatismo. Finalmente, presenció la caída en 1989 del Campo Socialista.

Su cara da muestra de preocupación. Expresa la necesidad de cuidar nuestro socialismo ante los cambios derivados de las  relaciones con EEUU. “Con la juventud cubana no ocurrirá lo mismo que con la Rusa”, asegura como si espantara las malas ideas de su mente.

En ese momento muchos cubanos se quedaron en Rusia o emigraron a otros países. Le pregunto entonces por qué él no hizo lo mismo. Calla y reflexiona: “No me quedé allá, por la misma razón que hoy permanezco en Cuba”.

Entre explicaciones de términos científicos y atención a las jugarretas del más pequeño de sus hijos, confiesa que quiere escribir un libro de todo lo que lleva el desarrollo de un medicamento. Desea que tenga dos versiones: una con lenguaje técnico y otra más popular; pero lo hará, según él, cuando sea viejo.

¿El trabajo satisface todas sus necesidades? Estaba sentado como los niños grandes, desparramado, se recupera, adopta la postura de un poeta a punto de declamar y responde: “Económicas no, pero espirituales, sí. Me permite educar. Quiero que mis hijos vean que su papá se levanta y va a trabajar todos los días”.

Pie de foto: Padrón cuenta ya 33 años como científico en el Centro de Investigación y Desarrollo de Medicamentos.

HABÍA UNA VEZ… IVETTE VIAN

HABÍA UNA VEZ… IVETTE VIAN

La creadora del personaje de Marcolina y guionista del popular programa televisivo La sombrilla amarilla confiesa sentirse acompañada por la soledad y los recuerdos.

MABEL SÁNCHEZ TORRES,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

“La princesa está triste / qué tendrá la princesa”. Los nostálgicos versos de Rubén Darío, recitados por Enrique Vian, solían acompañar los despertares de Ivette. Pese a que ahora el padre no está, ella amanece rodeada del cariño de sus lectores, quienes la llaman a diario para darle los buenos días.

La soltura y amabilidad de Ivecita mi vida -como le decía su madre- se revelan al instante de conocer a la escritora y a su graciosa compañera, la perrita Maní Totó. La autora de obras como “La Marcolina”, “Los perros de mi vida” y “Cartas a Carmina” no pierde el sentido del humor y se regocija en la frescura de los recuerdos.

El carcinoma sublingual que padeció hace más de una década le ha restado algunas facultades. El problema de dicción, secuela de la enfermedad, le impide leerles cuentos largos a los niños cuando los visita en los hospitales. También lamenta caminar auxiliada de muletas, pues extraña los paseos por 23, su calle preferida.

La casona en el Vedado parece quedarle pequeña. Cada rincón esconde alguna historia: un adorno hecho con sus propias manos, los ejemplares de cactus, malangas y helechos que cuida con sumo esmero o los retratos en sepia de la familia, en especial los de su padre, quien inspirara el personaje de Enrique Chiquito e influyera notablemente en su vocación por las letras.

Ivette Vian Altarriba eligió dedicar su obra a los infantes porque son más sinceros que los adultos. Lo descubrió en aquellos años en que comenzaba a frecuentar la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Nadie le prestaba atención a la joven que prescindía de las invitaciones para asistir a las fiestas, hasta que obtuvo un Premio David por “Los cuentos Pitoches”.

No faltaron los aduladores, quienes comenzaron a llamarla e insistían en su compañía. Fue entonces que comprendió que “los mayores eran unos hipócritas” y tras cancelar la publicación del libro, decidió apostar por los más pequeños.

Los personajes los toma de la realidad, juega con esta como con una amiga íntima. Marcolina es el reflejo de una maestra de su madre y de ella misma: “Sin familia, pero rodeada de una familia de amigos”, dicharachera y apasionada por la cocina.

Disfruta caminar por la calle y ver a los niños jugando a La sombrilla amarillapues, aunque no considera a Marcolina su obra cumbre, es un personaje que la ha llenado de satisfacción y realización profesional. Para Ivette, lo más importante es que las historias vuelen por sí mismas y se incorporen al patrimonio cultural del pueblo, mientras el autor pase inadvertido.

Como buena cubana, ríe también de sus desgracias. Recuerda los nombres de todos sus compañeros, mas de la memoria ha borrado aquellos que la despidieron de Juventud Rebelde durante el quinquenio gris: “Por hippie, por religiosa y alocada, todavía conservo la carta…, eran otros tiempos.”

Aquel período fue muy triste, perdió el acceso al círculo de intelectuales, la excluyeron de la UNEAC y le retiraron el carnet de la Unión de Periodistas de Cuba; sin embargo, nunca abandonó el oficio de escribir y continuó enviando trabajos a los concursos.

La escritora ha dedicado gran parte de su obra a su hijo Glexis y a su nieta Carmina, quienes viven en el extranjero hace más de veinte años. En “Cartas a Carmina” cuenta disparatadas historias entretejidas con hilos de una especial sensibilidad que ha conmovido tanto a pequeños como abuelos.

Ivette guarda más de 3 000 cartas de sus lectores y reconoce no escribir para los niños sino para “la infancia de las personas”, para esas que, como Onelio Jorge Cardoso, tienen “muy pocas máscaras”.

Pie de foto: Ivette Vian y la perrita Maní Totó, mascota de la autora y protagonista del último cuento recogido en “Los perros de mi vida”.