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Isla al Sur

Semblanzas-Trabajos docentes

COCINAR ES COMO ENAMORARSE

COCINAR ES COMO ENAMORARSE

Osmundo Pérez Piedra, uno de los primeros trabajadores de la Bodeguita del Medio, atesora vivencias memorables que acontecieron durante su faena de más de medio siglo en el reconocido centro gastronómico.

Texto y foto:
MARÍA LUCÍA EXPÓSITO GONZÁLEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de la Habana. 

Cada persona guarda un encanto que la hace única. Tal es el caso de Osmundo Pérez  Piedra, de 79 años, a quien el tiempo no le detiene el espíritu.

“Estudié para cocinero”,expresa y su rostro se convierte en un pasaje al ayer, cuando aún era adolescente. Se advierte en su voz la nostalgia, me invita a sentarme en un costado de contén frente a la emblemática Bodeguita del Medio.

“A los diecisiete años comencé a trabajar allí”, y señala con el dedo a la Bodeguita, “en aquellos tiempos tenía el mismo fulgor que ahora, pero mejor. Aunque sabía de cocina, cuando entré me enseñaron a preparar los platos exactamente como ya lo hacían. Con el tiempo me hice cocinero Chef.

“Pasé cincuenta y tres años trabajando para la Bodeguita del Medio, prácticamente toda mi vida. Fui a Panamá, cuando abrieron la sucursal allá, para enseñarles a nuevos cocineros como preparábamos los alimentos en La Habana. Después me mandaron a México para la misma tarea, ahora allá hay como cinco bodeguitas, y por último para España.

“Muchas veces me preguntaron en el exterior por qué no abandonaba el país, y yo respondía: ¿Y dejar mi Bodeguita?, na’, ¡ella es mi segunda esposa, no la traicionaría jamás!

“Recuerdo que Guillén, el Poeta Nacional que además le dedicó los versos a este lugar, acompañado de su señora venía con frecuencia los sábados por la tarde. Su plato predilecto: casabe, tasajo y chicharrones.

“También tuve el placer de ver a Hemingway, habitual visitante, enigmático, sereno. Él se paseaba primero por el bar, bebiendo lentamente un mojito, sus ojos recorrían todo el interior de la Bodeguita como cuando alguien está en su propia casa.

“Fui quien cocinó para Salvador Allende en su última visita a Cuba”. Osmundo evoca al pasado y rememora con orgullo: “Él entró en la cocina y me dio un apretón de manos, mientras me decía: ¡Ya yo te conozco, porque acabo de comerme tu comida! Todavía está colgada  nuestra foto en la Bodeguita”.

Cada mañana, excepto algunos domingos, “Mundi”, como le llaman sus conocidos, se llega a Empedrado No. 307, entre Cuba y San Ignacio, a la misma hora. Se le ve desde lejos, caminando despacio, con la simpatía y ganas de vivir que le caracterizan, su gorrita de siempre  y su camisa “Yumurí”. “Aunque ya estoy jubilado, aún vengo aquí, contemplo este restaurant, que ha sido indudablemente mi hogar, donde madure y crecí de verdad”, dice.

En el momento de la última pregunta advierto en sus ojos una mezcla de melancolía y dulzura. No puedo evitar en ese instante tomarle de las manos y conmoverme también al tiempo que me revela: “¿Si volviese a nacer?, pues  sería sin duda alguna, el mismo chico de Las Villas que vino desde los diecisiete para La Habana, acogido por la Bodeguita, “Mi Bodeguita”. Sería el joven que se hizo hombre  detrás de un delantal, seducido por la comida criolla. ¿Cómo  cambiar ese pasado tan ameno y las experiencias únicas que el oficio me regaló, las que tengo para contar a mis hijos?”

Al preguntarle cuál es su secreto en la cocina, sonrió como un niño y dijo entre carcajadas. “Creo que cometo un delito, pues el secreto culinario de un chef se guarda hasta la tumba”. Volvió a reír y confesó: “Mi plato por excelencia y el que siempre recomendaba era el aporreado de tasajo. Me gustaba agregarle  vino seco y ron Bacardí. Pero la clave está en el tiempo de cocción, que yo digo que es igual al enamoramiento, lleva su consistencia”.

Pie de foto: Osmundo aún visita la Bodeguita, inundado de recuerdos.

“NO QUIERO SER RECORDADO”

“NO QUIERO SER RECORDADO”

Enrique Pineda Barnet, director de películas como La bella del Alhambra o Mella, a sus 82 años confiesa seguir respirando cine.

ERNESTO EIMIL REIGOSA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
Foto: Cortesía del entrevistado.

Su casa, ubicada en el Vedado, parece sacada de un libro. Originales de Portocarrero y Servando Cabrera adornan la sala. Premios, recuerdos y afiches de sus películas pueblan la habitación contigua. Allí es donde crea. El paralelismo entre su hogar y el de Rachel, protagonista de La bella del Alhambra, siendo ya anciana, es evidente. Dice tener muchos proyectos en el tintero, pero la falta de financiación no le permite llevarlos a cabo. Enrique Pineda Barnet, a los 82 años, aún posee energía y ganas de hacer cine.

Conversador y cuentero como cualquier cubano, aunque no con el ritmo y la rapidez de otros tiempos: “La edad no perdona”, confiesa. Su pelo cano, antaño rubio, y las bolsas bajo los ojos lo corroboran. Platica sobre su último corto, Upstairs, “una reflexión existencialista”. Sonríe. Señala que le fascina y disfrutó mucho haciéndolo.

Delgado y de apariencia frágil, dice haber sido siempre flaco, “aunque no tanto como ahora”, aclara. “Cuando en mi vida he asumido un trabajo físico ha sido un reto, un sacrificio, un enorme y voluntarioso esfuerzo”. Me cuenta mil historias: de su niñez, de las coquetas dependientas de ETECSA que a veces lo atienden, del helado de chocolate sin el cual no puede vivir, y de la música: “La música puede más que yo, esa es mi verdadera pasión”. Acto seguido, y para mi sorpresa, baila una rumba con juvenil entusiasmo.

“Te voy a hacer una historia ahora que nos ponemos musicales”, me dice después de recuperar el aliento. “No tenía 14 años cuando, en camino a RHC Cadena Azul, vi entrar al teatro Fausto nada menos que a Josephine Baker. No tuve ni que hacerle un guiño para que me invitara a participar como pala de su espectáculo esa misma noche. Así bailé con ella”, manifiesta con orgullo.

“Me considero iracundo, impetuoso, estallo como la pólvora. Pero soy manso y tierno por naturaleza. Emocional, aunque también reflexivo. Pero aún reflexionando no puedo evitar el impulso”, confiesa con naturalidad. Parece un personaje sacado de una de sus películas o del teatro. Sí, definitivamente es muy teatral.

“Creo en la vida interior, en esa poética de lo bello, dulce, amoroso, armónico, bondadoso… ¿Qué cursi, eh? Me da la gana de ser cursi. Y hasta pueril. La gente es muy cobarde, no se atreve a sus cursilerías”. Me agarra con la guardia baja. No esperaba esa declaración. Veo que disfruta con el efecto que causan en mí sus palabras. “Ser amado, reconocido, admirado realmente, me alimenta el ego hasta el tope. Contradicciones que tiene uno”, continúa.

Le pregunto sobre el cine cubano de hoy. “Está en crisis”, responde simplemente. No contento, sigo la arremetida. ¿Si pudiera cambiar alguna decisión sobre sus filmes, cuál sería? “Todas. El paso del tiempo te da una perspectiva crítica sobre tu trabajo”.

Vuelve a mostrarme su faceta cuentera. Ahora es sobre cuando hacía publicidad allá por los años 50´. Me habla de sus primeras obras y de la representación musical de Juana de Arco que lo marcó de por vida. Usted habla contando historias, le digo. Se pone serio: “Es verdad eso que dices. No me había dado cuenta. Me expreso contando historias”.

De repente se torna entre nostálgico y abstraído. “Mi aspiración más alta es lograr el abrazo entre mi gente. Mi verbo interior es “puentear”. Ámense por encima de las diferencias. Mi sentimiento predominante es la ternura”.

Anochece. Mientras me copia en la memoria USB una foto suya para este trabajo, se me ocurre otra pregunta. ¿Cómo le gustaría a Enrique Pineda Barnet ser recordado? Me mira pensativo: “Yo no quiero ser recordado. Deseo, en cambio, que sepan olvidarme”.

Pie de foto: Enrique Pineda Barnet, cineasta, publicista, escritor y cuentero nacido en La Habana el 28 de octubre de 1933.


 

LA VIDA GIRA SOBRE PUNTO G

LA VIDA GIRA SOBRE PUNTO G

Treinta y seis años no parecen ser suficiente para el trabajo creador de Miguel Brito, profesional de la pantalla chica, quien, tras dirigir exitosos humorísticos, aún sueña con la realización de nuevos proyectos.

ELIN DRIGGS LUZARDO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La primera vez que entró a un estudio de televisión fue como auxiliar de luces, desde donde se supera hasta llegar a ocupar la responsabilidad que ostenta actualmente. Fue recién terminado el servicio militar que había pasado en Angola. Llegó por pura casualidad, ya que su primera vocación era ser piloto, pero muy pronto se da cuenta de que la vida en la fuerza aérea no era para él y no llega a pasar las pruebas exigidas para ingresar a la escuela de cadetes.

Miguel Brito, destacado director de programas y novelas de la televisión cubana, confiesa a sus sesenta y un años que abandonó la carrera de Derecho, en la cual matricula al terminar la Facultad Obrera, porque no le gustaba estudiar, además de estar inmerso en ese tiempo en la filmación de la telenovela Magdalena: “Ahí debuté como coordinador. Trabajaba directamente con los artistas, y eso fue lo que me motivó a quedarme en esta labor”.

Sentado en la sala de su casa, hace una pausa en la conversación para tomar un sorbo del café recién colado por su esposa Lourdes. “Mucha gente importante del medio me dio su apoyo y conocimiento”.

Entre ellos menciona a Abel Ponce, gran director ya retirado al que considera su guía; Loli Buján, le explicó cómo montar el set de filmación y mover los actores; Ángel Toraño, actor ya fallecido; Roberto Garriga, otro excelente director; y María de Los Ángeles Santana, destacada actriz. Todos contribuyeron a que Brito conociera los secretos de esta profesión.

Alto, delgado, y excelente conversador, no puede olvidar su participación en telenovelas como Rosas a Créditos y Sol de Batey en las que asumió la función de coordinador; además de Tierras de Fuego, la que codirigió junto a Miguel Sosa; y en programas como Ecos de Mujer, un musical dedicado a las féminas; La Hiena Ilustrada; A Todo Trapo y el muy conocido Punto G, humorísticos en los cuales fue la máxima autoridad.

“Punto G fue mi primer proyecto como director, marcó mi vida porque me elevó profesionalmente”, dice. Le resulta difícil no reír cuando habla del programa. Tenía un equipo de trabajo muy unido donde se colegiaba todo, lo que no quiere decir que en determinados momentos tuviera discrepancias con el guionista, aunque él revela que al final se imponía su criterio.

“Dedicamos un capítulo para explicar qué era el Punto G en la sexualidad femenina. Al inicio el público no lo aceptó muy bien, pero según encuestas realizadas por el Instituto Cubano de Radio y Televisión, después de salir al aire varios episodios, la opinión pública comenzó a cambiar”.

Le pregunto sobre alguna anécdota en particular y cuenta que en una ocasión recibió una llamada de una instancia decisora en la que sutilmente le señalan que se le estaba yendo la mano con los chistes de doble intención, al igual que con un programa grabado sobre la homosexualidad que le fue censurado.

No se considera un director de escuela, su formación es autodidacta. Actualmente se encuentra inmerso en la realización de una telenovela en proceso de producción, de la cual va a ser su director general. “Más allá del límite debe convertirse en la obra de mi vida”.

Su larga carrera de treinta y seis años no parece ser suficiente para el trabajo creador de este profesional de la pantalla chica.

-¿Algo por realizar?

“Todavía sueño con dirigir un policiaco y volver hacer humor para el medio, el cual debe incursionar más en esa modalidad. Es más difícil hacer reír que llorar”.

Termina la tarde de domingo y con ella nuestra conversación, no sin antes suspirar profundo, cruzar los brazos y quedar pensativo: “Soy un hombre de televisión y siempre he tratado de llevar lo mejor de mí a los televidentes con un gran objetivo: instruirlos y entretenerlos”.

Pie de foto: Miguel Brito, destacado director de programas y telenovelas.

UNA VICTORIA DE LA ENSEÑANZA

UNA VICTORIA DE LA ENSEÑANZA

La profesora Victoria Ruiz Prades tiene 83 años de edad y más de cinco décadas de servicio en la educación, y aún le queda mucho por hacer en las aulas.

Texto y foto:
TU CU THI THANH,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Posiblemente Victoria sea la educadora más longeva de La Habana. Una vida octogenaria con más de 55 años dedicados al noble oficio de educar, casi el 70 por ciento de su tiempo entregado a niños de la primera enseñanza. Trabaja en la escuela primaria Quintín Banderas en la parte más antigua de la ciudad: “No me aburro en ningún momento. Amo mi vida profesional”.

La encontré un día lluvioso cuando impartía a sus alumnos lecciones de Matemática. Al principio la juzgué demasiado viejita con sus 83 años para ejercer la docencia. Es delgada, tiene la frente muy ancha y el pelo blanco en canas. Habla despacio, pero la salud se ve fuerte todavía y cada gesto al dar la clase es ágil. Cuando me vio, vaciló unos segundos, luego me abrazó y dijo: “Para nosotros, el pueblo vietnamita es el mejor amigo, el compañero de más confianza en el pasado, en el presente y también en el futuro”.

Cuando estuvo lista, no pude esconder mi curiosidad: -¿Siempre supo que sería maestra? Negó con la cabeza y me respondió: “Nunca pensé que iba a ser maestra porque mi juventud transcurrió en medio de tiempos muy difíciles, había pobreza, no contaba con los recursos necesarios. Quería estudiar Odontología, pero tuve que dejarlo porque mi familia no tenía dinero para eso”.

Después del triunfo revolucionario en 1959 pudo incorporarse al bachillerato. Estando allí se hizo el primer llamado a la Campaña de Alfabetización, considerada una de las tareas más importantes en ese momento.

El 15 de septiembre de 1960 comenzó a trabajar en el sector campesino en Minas de Frío, localidad montañosa de Granma donde constantemente llueve. “Me adapté bastante bien por ser de origen rural, venía del campo por lo que no le temía a las condiciones que enfrentaba. Considero que los mejores tiempos los pasé como estudiante y trabajadora en aquel lugar”, y empieza a reír levemente. 

Le pregunté qué significaron para ella las dificultades que enfrentó entonces y dijo nostálgica: “La Campaña de Alfabetización me aportó mucho, me relacioné con gente de diferentes provincias. Nos consideraban como personas muy importantes por el prestigio que adquirió la campaña. Maduré mucho en esa etapa”.

La Campaña terminó, Victoria se graduó y continuó trabajando como maestra popular en la escuela 30 de Noviembre. “A partir de ahí descubrí mi pasión por enseñar”, comenta complacida y percibo su afecto por los niños.

En 1973 se trasladó a La Habana, desde entonces trabaja en la escuela Quintín Banderas. Se jubiló en 1998 por cuestiones de enfermedad y se reincorporó al año siguiente. Se considera jubilada, pero no retirada. “Para mí, enseñar es una vocación”, precisó la educadora.

No quise agobiarla con más preguntas, pues casi de inmediato daría otra clase, y la interrogué por última vez: -¿Cuáles son las expectativas de Victoria? “Tener un aula de excelencia. Por los años que llevo aquí siempre me llegan estudiantes con dificultades para que yo los prepare mejor, pero considero que la educación puede mejorar en el futuro, nosotros trabajamos para eso. Ahí vamos y ahí seguimos”.

Pie de foto: Victoria Ruiz Prades, alfabetizadora voluntaria en la Campaña de 1961, concibe el magisterio como una vocación profunda.

VIAJE AL CONTINENTE DE LOS HIELOS ETERNOS

VIAJE AL CONTINENTE DE LOS HIELOS ETERNOS

El Doctor en Ciencias Geográficas Julio Pérez Pérez, pasó a la historia como uno de los primeros hombres de la zona del trópico que permaneció en el Polo Sur.

Texto y foto:
SHEILA NODA ALONSO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
Foto: Cortesía del entrevistado.

El color blanco en el horizonte y el cielo nublado sobre la espesa capa de hielo, ventiscas frecuentes que no permiten ver más allá de unos pocos centímetros, temperaturas inferiores a los 40 grados bajo cero, las más bajas del planeta, y vientos con rachas huracanadas, hacen de la Antártida el continente más inhóspito e inaccesible para el hombre.

Resulta inimaginable para un cubano soportar condiciones extremas y difíciles, aunque fue un sueño hecho realidad para el Doctor en Ciencias Geográficas, meteorólogo y especialista en radiolocalización del Instituto de Meteorología, Julio Pérez Pérez.

Era el Jefe de la Delegación Cubana e integrante de la expedición soviética número 28 a la Antártida. Él, junto al Máster en Ciencias y experto en contaminación ambiental, Valentín Fernández Martínez, pasarían a la historia como los primeros hombres de la zona del trópico  que permanecieron en ese continente, durante nueve meses y un día, sólo antecedida la proeza por la estancia de una semana del Doctor Antonio Núñez Jiménez, en noviembre de 1982.

La expedición pretendía crear las bases para el futuro establecimiento de una estación cubana con fines científicos, propuesta que no llegó a materializarse debido a la caída del campo socialista y a los gastos millonarios que implicaba.
Al cabo de 32 años de su viaje, Pérez Pérez lo recuerda como si regresara nuevamente a los fríos hielos, no desperdicia la oportunidad de hurgar entre las fotos y relatar las historias de su heroica hazaña, historias que tantas veces ha contado, pero que aún son capaces de emocionarlo como la primera vez.

“Desde que leí El País de las Sombras Largas, de niño, me interesé por las regiones polares, pero no fue hasta el 14 de febrero de 1983 cuando empecé la invernada en el polo sur hasta el 27 de noviembre de ese mismo año, en la estación meteorológica rusa Maladiozhanaya, Juventud, en español”.

“En principio lo vi como una aventura. Siempre tuve interés por comprender cómo influye el intercambio de calor con los polos, que constituye una de las principales tareas de la meteorología y el ser pronosticador me estimuló a participar en la expedición.”

Al llegar a la Antártida y aún en el avión, el paisaje lo estremeció.Nada de lo que había visto se parecía. “Otro planeta estaba ante mis ojos”. Cuenta que miró a su compañero y le adivinó la pregunta: “¿Resistiremos estas condiciones?”

Pero no era momento de inseguridades. “A la hora de bajar de la nave, Valentín y yo sin previo acuerdo, dijimos: Patria o Muerte. ¡Venceremos! Unimos los brazos y al unísono pusimos los pies en la cubierta helada. Sin duda, éramos los primeros”. Describe ese momento sin vanagloriarse de su suerte porque, para él, simplemente cumplía su deber.

La separación de los seres queridos, la esposa e hijos pequeños fue lo más difícil de soportar. Aún respira profundamente cuando lo evoca. Entonces, para tomar fuerzas, apoya la espalda a la silla de madera del comedor de su apartamento en Alamar, mira a su compañera de siempre y con solo un gesto intercambian la incertidumbre de aquella espera.

Tras el regreso, retornó al Instituto de Meteorología hasta el 2007, cuando se jubila y luego de un tiempo, en el 2012, comienza a impartir clases de Geografía a los estudiantes alamareños de secundaria y preuniversitario. A partir de ese momento pasa a ser el “Profe Julio”, y ahí queda en cada joven sus anécdotas y el sueño de que, “quizás con la firma de nuevos convenios entre Cuba y Rusia, el proyecto se retome y las futuras generaciones puedan ser partícipes de esas experiencias”.

Pie de fotos: 1-De izquierda a derecha, el meteorólogo y especialista en radiolocalización, Julio Pérez, y su colega y amigo, experto en contaminación ambiental, Valentín Fernández; 2-El Doctor en Ciencias Geográficas, Julio Pérez, rememora sus experiencias acerca de la expedición a la Antártida.

EL CABALLERO DE PARÍS ANDA

EL CABALLERO DE PARÍS ANDA

Andrés Enrique Pérez Vilahu, primera estatua viviente de la capital, recuerda con su trabajo a uno de los hijos ilustres de la ciudad: José María López Lledín.

Texto y foto:
ELIZABETH K. CARVAJAL SUÁREZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El escultor saca todo lo superfluo
y reduce el material a la forma que existe
dentro de la mente del artista…
Giorgio Vasari

Cuando el creador se convierte en arte, el alma de las estatuas se activa al sonido de las monedas. La Habana, la vieja Habana, dedica a sus visitantes una visión mágica, la del Caballero de París, quien no quiso andar más entre los muertos y regresó a la vida para latir desde la calma.

Andrés Enrique Pérez Vilahu apenas se acerca a la imagen de José María López Lledín: el primero, con pelo negro y nariz ancha, dista de los largos cabellos plateados y nariz aguileña que caracterizó al más famoso de los vagabundos capitalinos. Pero algo en salvación los aproxima, la poesía,  de ella dice: “Es la manera de explicarme y explicar esta versión de lo real que todos consensuamos para poder convivir”.

Actor, zanquero,  “músico, poeta y loco”, Andrés Enrique, sin previa formación artística, descubre el Movimiento de Artistas Aficionados. Sus ansias de reinventarse lo llevan a trabajar durante tres años con uno de los grandes maestros del teatro en Cuba, Vicente Revuelta.

“Luego de terminarse el proyecto con Vicente quedé flotando sin hacer nada, junto con otros actores. En ese momento existían alrededor de tres programas de gigantería. Participé con ellos en el festival Somos la tierra. Después, comienzan a salir por la Habana Vieja con los zancos y me llaman”.

“Empezamos a recaudar dinero y a tener problemas con la policía. Hasta que uno de nosotros se acercó a Eusebio Leal y recibimos un permiso de la Oficina del Historiador, para llevar a la calle el performance”.

Un grupo colombiano que experimentaba con barro le adentra en una nueva posibilidad de explorar el arte de la inmovilidad y se convierte en la primera estatua viviente de la capital.

Ante la pregunta, ¿por qué escoges representar, dentro de las leyendas urbanas, la figura del Caballero de París?, contesta: “Siempre me pareció un gran hombre. Sabía que los habaneros, los cubanos todos, estarían identificados con su figura. Además, siento gran apego por esos locos afables que siempre te enseñan que hay otra alternativa”.

Seguidamente, alza con seguridad su mano derecha y continua: “El loco es el aviso y el temor del cuerdo. El loco, más allá de todo, le dice al cuerdo: ¡Mira, hay otra manera! ¡Yo estoy aquí, existo, pero de una forma que no puedes creer posible!”

De lo material, respondió a través del Caballero a un transeúnte que le reclamaba sobre el dinero: “La poesía es mejor que el dinero porque la poesía no te abandona nunca y el dinero tienes que salirlo a buscar”; sin embargo, tras decirlo por segunda vez, una persona añadió: “Sí, pero sin dinero no puedes comer”.

Reconocida su momentánea derrota, continuó: “La poesía te alimenta y el dinero no te puede alimentar, el dinero no sirve para comer, para comer sirven los dientes, por eso el que no tiene dientes come mal al igual que el que no tiene dinero”.

La meditación irisa cada uno de sus movimientos. Las ideas se disponen a veces ordenadas, en ocasiones un tanto anárquicas porque el absurdo también ha encontrado cabida en él, gracias a esa palabra surge un bello axioma de sus labios.

“El absurdo te da una posibilidad de escape ante el escenario cotidiano de la vida. Hizo falta la física cuántica porque la de Newton ya no explicaba cabalmente la realidad, porque ella es mucho más de lo que creíamos que era y más de lo que podemos imaginar que es”.

Así descubrí a Andrés Pérez, ese cartero de los espíritus de mármol y bronce, quien trae un mensaje de vida más fuerte que el epitafio de José M. López Lledín: ”El Caballero de París no yace, anda”.

Pie de foto: El performance se adueña de la céntrica esquina habanera de Obispo y Mercaderes donde Andrés Enrique Pérez Vilahu representa al Caballero de París.

“EMPUÑARÍA LAS ARMAS CON LA MISMA FUERZA”

“EMPUÑARÍA LAS ARMAS CON LA MISMA FUERZA”

A 57 años de su participación en las acciones revolucionarias de Güines y Melena del Sur, la combatiente del Movimiento 26 de Julio, Pilar Felipe López, rememora momentos decisivos de la gesta de liberación nacional en la provincia Mayabeque.

DARIAN BÁRCENA DÍAZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Pilar Felipe López empuña las armas de la ternura y los recuerdos para combatir el paso inevitable del tiempo, ese asesino de momentos y experiencias únicas que desea mantener vivos en su interior.

Ya rebasa las ocho décadas de existencia, pero conserva frescas en la memoria las acciones clandestinas de los municipios de Güines y Melena del Sur durante la etapa 1956-1958, en las cuales muchas veces arriesgó la vida para cumplir  misiones encomendadas por el Movimiento Revolucionario 26 de Julio, al que pertenecía.

Sin embargo, a Pilar la asalta la tristeza, pues considera que sus compañeros de sacrificio no son lo suficientemente recordados por quienes deberían hacerlo desde la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, en la provincia de Mayabeque.

Dice que su primera acción consistió en repartir propagandas, las distribuía desde la Escuela Normal para Maestros en Güines, donde cursó estudios y se graduó; además, escuchaba en su casa la emisora Radio Rebelde para informarse sobre la situación real de la guerrilla y luego comentar los detalles con sus camaradas en las reuniones.

Detiene la conversación por un  momento y enfoca la mirada hacia un punto, luego a otro, parece situar las cosas en su lugar: fechas, personajes, historias; todo tal como sucedió. A partir de ese momento, ofrece sus evocaciones con una elocuencia pasmosa.

Se remonta a otro hecho significativo, ocurrido cuando la muerte del luchador melenero Rogelio Perea Suárez (Rogito): “Su cadáver fue trasladado al pueblo y los esbirros intentaron apoderarse de él, pero yo y otras muchachas comenzamos a arrojarle piedras y a gritar malas palabras y consignas antibatistianas; por esa razón nos ficharon como colaboradoras”, afirma con énfasis mientras se dibuja en su rostro una expresión repleta de desprecio.

Hace una pausa y coloca sus manos en el rostro, como si le resultara difícil recordar aquellos instantes. Le pregunto si necesita un tiempo para prepararse mejor,  pero me responde de manera tajante: “Si los soldados no me hicieron vacilar, ¿tú crees que lo voy a hacer frente a una entrevista?”

Es muy amplia la lista de méritos de esta revolucionaria, pero ella afirma que no busca ningún título de heroína. “Si hice todo lo que pude fue para que Cuba se librara del oprobio en el que los presidentes de antes de 1959 la sumieron, para hacer realidad los sueños del Apóstol de una república ‘con todos y para el bien de todos’ y en la que la ley principal fuera ‘el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre’”.

Ahora, con la emoción a flor de piel, brinda sus consideraciones acerca del triunfo revolucionario: “Era el amanecer que necesitaba Cuba y marcó el fin de una de las épocas más amargas de nuestra historia. Fidel es el hombre más grande del mundo y me contagió con esa pasión revolucionaria que vivirá eternamente aunque se apague mi vida”, afirma.

“Fui maestra de primaria, y siempre intenté combinar las clases con anécdotas e inculcar en mis alumnos el amor a la Patria. Nunca lo hice por vanidad, sino para que realmente se comprendiera el esfuerzo requerido para lograr la victoria y la necesidad de conservar esta conquista, además de prepararlos para la cotidianidad”, agrega Pilar, quien ya no imparte Matemáticas ni Lengua Española, sino lecciones de vida.

-El restablecimiento de relaciones diplomáticas con EE.UU., puede significar nuevas amenazas, ¿Qué actitud asumiría usted?

“Por supuesto que volvería a empuñar las armas con la misma fuerza y derramaría hasta la última gota de sangre en la lucha. Ese es el motivo de mi existencia: el combate diario de mis recuerdos contra el olvido y por mantener esta Revolución que tanta sangre ha costado”. 

Pie de foto: Pilar Felipe López, mayabequense destacada en las filas del Movimiento 26 de Julio.

EL COLOR DEL ÁMBAR

EL COLOR DEL ÁMBAR

El autismo es un trastorno neurológico que afecta las capacidades de comunicación y socialización de quienes lo poseen, pero si desde la infancia recibe el tratamiento y la atención adecuada, no impide la adaptación e inserción de las personas a la sociedad.

Texto y foto:
AYMELIS ALFARO CAMACHO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuando entré a la Escuela Especial Dora Alonso lo vi, sentado en la recepción, sumergido en sus pensamientos. Michel Docampo Garracedo es un autista de 39 años, de los cuales ha dedicado cinco al trabajo en este centro. Allí contesta las llamadas telefónicas, levanta actas de reuniones, teclea informes, toca el timbre para señalar el horario docente y, junto a la directora de la institución, realiza el recorrido cuando hay visitantes.

Al verme, rompió el silencio. Le gusta saludar a todos: los que entran, los que salen, los nuevos y los que ya conoce. Me preguntó: “¿Cómo te llamas?”. Respondí: “Aymelis”. “Dame un beso”, volvió a decir. “¿Tú sabes de qué color es el ámbar?”, cuestionó. Quedé sin respuesta. Parecía él un periodista y yo la entrevistada. Sentía que el supuesto muro del autismo se derrumbaba.

Después de este inicio, pregunté si sabía algo de química, pues mencionó el ámbar, a lo que respondió moviendo su dedo índice en el aire como si estuviera contando todos los elementos de la tabla periódica: “Sí, los metales, leo mucho en la Wikipedia sobre ellos y sus colores. El ámbar es un mineral de color carmelita rojizo”.

Estuvo unos minutos hablando muy rápido de cromo, azufre, cobalto…, yo no comprendía mucho. Sus palabras viajaban a miles de kilómetros por segundo, parecía que se había olvidado de mí y se insertara nuevamente en su propio planeta, hasta que miró su reloj y se levantó un momento para tocar el timbre del recreo.

El autismo de Michel fue detectado cuando tenía cinco años, luego estuvo inscrito en la Escuela Especial Guillermo Granados Lara, de Santiago de Cuba, donde cursó sus primeros grados. Después lo trasladaron para la escuela Rodolfo Medero, en La Habana, hasta que concluyó los estudios y se incorporó a trabajar en la Dora Alonso.

Le gusta mucho la comida, en especial los postres con leche, o al menos eso entendí cuando conversaba con él, porque a cada rato me preguntaba cuántos tipos de dulces y sabores de helado existían. Dice que conoce muy bien cómo prepararlos, pero no tiene siempre todos los ingredientes que la receta incluye.

Michel vive con sus padres. Teme que algún día mueran y él se quede solo, pero dice que no piensa en eso porque es malo, ya habrá tiempo para meditarlo, por ahora disfruta de su compañía en el apartamento donde viven en el Vedado.

Al preguntarle a Mercedes, su madre, qué ha aprendido de su hijo, respondió: “Que la impaciencia no existe, nos la inventamos los adultos cuando queremos sacar nuestra rabia y necesitamos una excusa. Ellos se esfuerzan más que nadie por agradar. Tenemos que respetar y fomentar sus ideas”.

Para Laude Cruz Camejo, directora de la escuela, Michel es ejemplo de cómo las personas con autismo pueden adaptarse, solo hay que ayudarlos, darles una oportunidad. Expresó: “Él, otros niños autistas y sus familias me han enseñado a ser persistente, a enfrentar los obstáculos de la vida, hay que luchar por nuestros sueños. Todo, aunque no lo parezca, es posible”.

Conocer a Michel fue una experiencia impactante, pues me demostró que el autismo no es ni un límite, ni un defecto, ni un retraso. Puede que sea un poco complicado trabajar o convivir con alguna persona autista, pero ellas también son parte de nuestra sociedad, solo tenemos que aprender a darles su lugar y a brindarles todo el amor y el apoyo necesarios. Quizás ese sea el color del ámbar.

Pie de foto: Michel Docampo es un autista insertado en la sociedad gracias a una estimulación y tratamiento tempranos.