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Isla al Sur

Semblanzas-Trabajos docentes

PISANDO EL ACELERADOR A FONDO

PISANDO EL ACELERADOR A FONDO

Jorge Menéndez es un ejemplo de cómo la vida puede dar un giro de 180 grados. Sobreponerse a las dificultades ha sido su gran éxito.

Texto y foto:
JORGE LUIS COLL UNTORIA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Jorge Menéndez transmite carisma a pesar de su condición. Nada escapa de su mirada cuando recorre las calles del barrio. Se muestra bromista y logra sacarle una sonrisa hasta a los más serios. Al salir a la puerta de la casa suele recibir el cariño y afecto del vecindario.

“Soy un jodedor y creo que por eso le caigo bien a la gente”. Todos le conocen por el apodo de “El pollo”, y no pude evitar preguntarle el porqué del sobrenombre: “A partir de los siete años empezaron a llamarme así, por un juego en el que había que mencionar un animal y yo siempre decía el pollo, entonces un amigo de la cuadra me lo puso de nombrete”.

Tiene vastos conocimientos y no es universitario. Vive en un hogar sencillo, humilde, con la hija y un nieto. Le digo que tiene azuquita porque todo el mundo habla con él aunque sea cinco minutos. En ocasiones he presenciado charlas que dejarían al más culto boquiabierto, mas no me callo y le pregunto: ¿Pollo, cómo sabes todo eso? “Leo mucho sobre historia y veo bastantes documentales”, dice con desdén, restándole importancia al asunto.

Ama el deporte y lo que más le apasiona es el fútbol. En partidos importantes más de doce personas han presenciado el juego en su casa, incluso varios vecinos llaman a la vivienda “la peña de Jorge”. Por eso, cuando falta, no se torna extraño escuchar por ahí: “Esta cuadra no es la misma sin El pollo”, pero muchos desconocen la historia de este hombre que le dio la batalla al alcoholismo y dejó atrás una silla de ruedas.

Comenta que desde pequeño quería ser chofer, cuando montaba en las guaguas miraba al conductor y al llegar a su habitación cogía las chancletas como pedales y el destupidor de baño de palanca, así podía pasarse horas.

Se acomoda los espejuelos y arranca, como poniendo la primera velocidad, con la historia de su adolescencia. Cuenta que fue becado al campo y no era buen amigo de las Matemáticas. Entonces, dos vecinos interrumpen, uno para discutir de fútbol y el otro, curiosamente, para preguntarle sobre un libro de Padura, uno de sus autores favoritos.

Con tono melancólico recuerda que trabajó en la Empresa Eléctrica. “Me iba bien, hasta fui chofer”. Rememora que siempre estaba de cabaret en cabaret y tomaba todos los días hasta convertirse en alcohólico. Tuvo dos accidentes, e incluso fue a la cárcel.

Se acomoda una vez más los lentes y, como aplicando el freno de mano, hace una pequeña pausa para conversar de la parte más dolorosa de su vida. “El segundo accidente fue un desastre. Según los médicos, era para que me hubiera quedado en una silla de ruedas por siempre. Todo eso lo provocó el alcohol”. Vuelve a ajustar los espejuelos, parece no percibir este gesto, y cuando habla sobre el accidente gesticula muy fuerte, dibujando una escena cuya imagen no logra olvidar.

Con voz entrecortada reconoce que eso lo afectó muchísimo. “Estaba en muy mal estado, andaba sin zapatos, pasaba semanas sin bañarme, lo perdí todo y me dije que no podía seguir así. Fui a un hospital y estaba lleno de parásitos, claro, de tomar tanta gente de una misma botella”. Apoyado en el tratamiento y la ayuda de su familia, luchó contra esto y desde 2006 no ha probado una sola gota de alcohol.

De momento, un pequeño niño atraviesa la puerta como un bólido, a máxima velocidad, “es mi nieto Jorgito”, dice orgulloso. Afuera, dos jóvenes vienen a llamarlo. “Mala hora escogimos para la entrevista”, dijo. Y pisando el acelerador a fondo, entre gritos y bromas, armó una discusión sobre fútbol.

Pie de foto: Jorge se siente agradecido de tener una segunda oportunidad.

DEVORADOR DE HISTORIAS

DEVORADOR DE HISTORIAS

Néstor Rodríguez durante 70 años se ha dedicado a la recopilación de los hechos más relevantes ocurridos en Bacuranao.

Texto y fotos:
KARINA RODRÍGUEZ MARTÍNEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Al despertar cada mañana, Néstor Julio Rodríguez Ávila prepara el tradicional café cubano y dialoga acompañado de sus amigos, los locutores de radio, sin que ellos se percaten del gran interlocutor que acude todos los días a su encuentro.

Dos o tres cucharadas de azúcar complementan su taza de café. La liturgia comienza: ve pasar frente a su portal, la vida; poco a poco, van cargándose las baterías, la sustancia invade su cuerpo y entonces inicia el día.

Un original de Servando Cabrera Moreno, la pequeña Mona Lisa, un retrato de Rubén Martínez Villena, la vieja máquina de escribir, las Obras Completas de José Martí, Los miserables, innumerables tomos de poesía de los clásicos poetas latinoamericanos adornan su casa en Bacuranao, o mejor dicho, el museo que brinda abrigo a Néstor, como es conocido en este pequeño pueblo, perteneciente al municipio de Guanabacoa.

“Estudié Filosofía en la Universidad de La Habana hace muchos años, pero cada vez que estoy frente a la escalinata lloro, me mantienen atado muchos recuerdos a la Casa de Altos Estudios”.

“Al terminar mi carrera en 1940, comencé a recopilar la historia de Bacuranao. Los pequeños apuntes se convirtieron en cientos de páginas llenas de narraciones gloriosas, ocurridas en el poblado. La tarea iniciada sin pretensiones fue trasformada en una hermosa responsabilidad”, afirmó mientras su voz naufragaba en un mar de recuerdos.

“El trabajo no ha sido fácil”, rememora mientras cierra los ojos para que en su mente se dibujen las peripecias acaecidas durante el ejercicio de su labor: “Muchos me creían loco, porque pesaban que en el pueblo no había nada que contar. Estas circunstancias no me detuvieron, de haberlo hecho, fuera mi mayor arrepentimiento”.

La casa de Néstor es como una segunda escuela. Todos van allí para nutrirse con la historia y los interesantes relatos contados por el anfitrión. No hay tema que se escape de una reflexión, aunque sea pequeña, por parte de este lector insaciable, pues confiesa haber encontrado en la lectura su arma más poderosa.

“Todo lo que investigo se lo confío a mi eterna amante, la biblioteca local. Ella es sumamente exigente y, cada día, me pide más y mejor información. La satisfacción más grande que puedo experimentar, radica en ver cómo mi trabajo se ha convertido en un material útil”.

Los que han vivido más primaveras, al oír su nombre no piensan de la misma forma. Néstor para ellos aún sigue siendo aquel muchacho de gran corazón, vendedor de helados. Lo imaginan con su improvisado carrito, de un lado a otro, deseoso de obtener buenas ganancias, porque su objetivo era compartir el dinero entre los niños más necesitados, para que pudieran ir a la escuela.  

“Muchos todavía me agradecen cuando en 1961 realicé varias gestiones en el Instituto de Recursos Hidráulicos para lograr la construcción del acueducto de la localidad. -¡Ahora sí hay agua en el pueblo, ya podemos botar los cubos!, decían eufóricamente todos los vecinos”, evoca con una amplia sonrisa y el deleite por el deber cumplido.   

“De mi querido pueblo me gusta todo, sus antecedentes, el predominio de la honradez, la virtud, la hospitalidad con los visitantes, los grandes amigos, las charlas matutinas, los niños que corren a lo largo de las calles, el olor del rocío que cae frente a mi portal cada mañana y, por sobre todas las cosas, su historia. ¡Eso es mi Bacuranao!”.

Pie de foto: Néstor Julio Rodríguez Ávila, hijo ilustre de Guanabacoa e historiador de la localidad de Bacuranao.

SEGUIR UN SUEÑO

SEGUIR UN SUEÑO

Tras cinco décadas como educadora, Julia Suárez Barreiros siente orgullo por dedicarse a la formación de futuros profesionales.
    
Texto y foto:
EDILMARYS AJETE NARANJO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de la Habana.

A sus 65 años de edad, Julia Suárez Barreiros recuerda cómo fueron sus años de maestra. Cuenta con emoción que esa era su pasión de niña y siempre enseñaba cuando jugaba a la escuelita con las pequeñas del barrio.

Su decisión y voluntad para hacer lo que se necesite la llevaron en 1963 a Minas de Frío, en la Sierra Maestra, donde inició estudios como parte de una convocatoria para formar maestros de primaria.  Allí estudiaban magisterio mientras ayudaban a los residentes del lugar.

Con un poco de melancolía recuerda las vivencias en las montañas de la Sierra, lo bien que pasaron aquella etapa, a pesar de estar lejos de casa, y algunas anécdotas interesantes sobre su estancia.

“Como estábamos tan alto, todos los días por la tarde las nubes se acercaban, pero había una que bajaba mucho. Le decían I-4 porque pasaba casi siempre a la misma hora como una guagua, y se metía dentro del campamento. En ese momento la niebla no nos dejaba ver qué había a nuestro lado y por los altavoces nos orientaban quedarnos en el lugar hasta que se despejara. Te podrás imaginar cuando te agarraba de improviso: ¡Vaya Dios a saber por dónde andabas!”

Una sonrisa da la idea de que en ese instante está en la máquina del tiempo de regreso al lomerío, y recordará cosas maravillosas vividas por esos días. Su brigada se llamaba Antón Makarenko y después estuvieron en Tope de Collantes y Tarará.

¿Por qué Makarenko? Se acomoda en su silla e inicia una larga explicación mientras limpia sus espejuelos: “Fue un pedagogo soviético que, al término de la Segunda Guerra Mundial, creó instituciones para formar a jóvenes y adolescentes que quedaron desamparados tras la catástrofe vivida en los países euroasiáticos. Anteriormente, con el triunfo revolucionario, se tomaron medidas como la Campaña de Alfabetización y surgieron las brigadas Manuel Ascunce, Conrado Benítez y Frank País. Las brigadas Makarenko eran la continuación del proceso alfabetizador”.

La generación de profesores “Makarenko” llevó a las aulas una enseñanza centrada principalmente en la formación profesional de sus estudiantes, pero también trató de ser el sostén afectivo de esos niños que tenían dificultades en el seno familiar.

“No éramos malos maestros, sólo un poco estrictos. Teníamos una sólida formación político-ideológica que transmitir a los estudiantes. Nos enseñaban valores éticos y patrióticos, e intentábamos hacer de nuestros alumnos ciudadanos íntegros que defendieran la Revolución. Logramos una estrecha relación maestro-alumno, pero le exigíamos disciplina, compromiso y responsabilidad ante los estudios.

Al graduarse los ubicaron en diferentes centros educacionales. A ella le tocó la escuela José Martí en la Habana Vieja. “Mi primera experiencia como maestra fue un sistema que había para niños con atraso escolar, no mental, niños repitentes en un aula quinto-sexto, que se llamaban así porque impartíamos simultáneamente materias de ambos cursos”.

Julita, como le dicen sus compañeros de trabajo, se desempeña ahora como gestora de atención a estudiantes universitarios en el Ministerio de Educación Superior. Siempre respetó su profesión porque amaba lo que hacía y sus estudiantes sacaban lo mejor de ella: “Nunca falté el respeto a ninguno de mis alumnos y me siento feliz de haber elegido esta profesión que ve su fruto en el desarrollo próspero de la sociedad”.

Pie de foto: Aunque ya no está en el aula, el arte de enseñar la acompaña a diario.

OTRA MIRADA A AUGUSTO BLANCA

OTRA MIRADA A AUGUSTO BLANCA

El músico holguinero es uno de los referentes del género trovadoresco  en Cuba, al cual ha dedicado gran parte de su vida.

GABRIELA CARIDAD TAMARIT GUERRERO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Para quien no lo conoce, parece uno más; para el que admira su música, detenerlo en pleno viaje en la calle se vuelve imprescindible. No le molesta, es la muestra de agradecimiento que recibe del pueblo al que canta.

Augusto Blanca es un hombre libre, de alma y espíritu. Graduado de Artes Plásticas, escenógrafo, amante del teatro y la buena música, decidió adentrarse en el mundo trovadoresco con solo 17 años cuando vivía en Santiago de Cuba y fue en la Casa de la Trova donde descubrió qué era lo que verdaderamente le gustaba.

Conoció y aprendió de los grandes de la trova tradicional: el Trío Matamoros, Sindo Garay y El Cuarteto de Oriente; junto a ellos interpretaba sus composiciones ¨raritas¨, aunque se las atribuía a un loco de su pueblo por temor al rechazo. ¨Cuando escuché la cancionística de Silvio, sus relatos e historias, me vi reflejado en él¨.

El autor del álbum Regalos, confiesa que sus mayores inspiraciones para componer son su esposa, a quien dedicó esta ¨serie de regalos¨ y la propia vida. ¨Además de las experiencias personales, mis estrofas nacen de las vivencias de la gente; el objetivo de un trovador es hacer al público protagonista de tus historias¨.

Nunca quiso ser famoso, solo hacer canciones tal y como él las concebía; aunque en la adolescencia ya había ganado éxito con el Trío Nocturno, en Banes. Lograr el respeto y reconocimiento del pueblo es su mayor alegría profesionalmente; en el aspecto personal, encontrar el amor verdadero y tener la dicha de construir una excelente familia.

En sus ojos recae el recuerdo acumulado durante 70 años. ¨Vi morir a uno de mis hijos, el de 27 años. Fue un niño toda su vida debido a la discapacidad mental. Es una espina amarga con la que vivo. Mi espina dulce –sonríe-,  es la distancia que me separa del otro. Sé que escogió su camino, pero no por ello lo siento tan lejos¨.

Sin embargo, le consuela tener a los trovadores de su generación como hermanos. ¨Todos somos una familia, cada vez que parte alguien, como Santi Feliú, el dolor nos ahoga. Aunque ya nos vamos preparando para dejar el tren de la vida, aun así, siempre duele¨.

Siente orgullo de haber formado parte de esa concepción que dio una nueva esperanza a los amantes del género, pues, con solo 27 años, junto a Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y otros más, fundó el Movimiento de la Nueva Trova. Luego comenzó a trabajar con María Eugenia García y Adolfo Gutkin en el teatro, elenco donde surgió la Teatrova, fusión que hacía de la obra una canción muy larga con enlaces entre lo actuado y lo cantado.

Su casa, convertida en espacios de tertulia, acopla los acordes de la guitarra con las historias de sus canciones. Muchas fotos, discos en la pared, pinturas de su autoría y equipos de sonido adornan la guarida, espacio que incita a descubrir los secretos de una vida agitada.

Más allá de su labor artística, existe un Augusto carpintero que perfecciona estantes y un bailador que disfruta del ritmo acompasado; también vive un Augusto con confianza en las nuevas generaciones de trovadores. ¨Es ese género que nunca se olvida. Considero que ahora más que nunca hay efervescencia entre los jóvenes respecto a él¨.

Para quien ha logrado un lugar cimero en la música cubana, el tiempo representa una fuente inagotable de sorpresas. ¨Tengo muchas ambiciones todavía, siempre se me ocurre algo que hacer.  Hoy trabajo en varios planes, entre ellos, dos discos nuevos y uno se llamará Abrir el corazón de par en par. Seguiré componiendo para el teatro y fundamentalmente para los niños, que tanto lo necesitan¨.

¿Cómo le gustaría que lo recordaran?: ¨Como un muchacho de mi pueblo que cantaba canciones con su guitarra¨. Entonces se palpa, con la mano derecha, sin darse cuenta, el lado del corazón, ¿acaso no puede un gesto decirlo todo?

Pie de foto: Augusto Blanca considera que el objetivo de un trovador es hacer al público protagonista de sus canciones.

LA ELEGANCIA EN EL RING

LA ELEGANCIA EN EL RING

Emilio Correa está catalogado como uno de los máximos exponentes de la escuela cubana de boxeo por la superioridad que exhibía en todas sus peleas sobre el rival.

ISRAEL LEIVA VILLEGAS,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Este hombre se autodefine como “un guajiro santiaguero que no lo tuvo fácil a la hora de iniciar la vida dedicada al deporte”. De entonces acá mucho ha llovido, pronto se convirtió en uno de los máximos exponentes de la disciplina de las doce cuerdas. Ahora, desde la jubilación, Emilio Correa evoca plácidamente su carrera deportiva.

“A mí me gustaba inicialmente la pelota, pero un día vi a Rolando Garbey boxear con tanta maestría, y dije que yo quería ser como él. Pero el  comienzo de mi carreara no fue jamón, imagínate, perdí las tres primeras peleas, e incluso llegué a pensar que aquello era solo un arrebato de muchacho, pero con la ayuda de excelentes entrenadores pude perfeccionar le técnica y ubicarme entre los mejores de Santiago de Cuba, junto con  Roberto Caminero “Chocolatico” Pérez, Enrique Regüeiferos y  Félix Betancourt”.

El olor a café inunda de momento el lugar y ante el ofrecimiento acepto apenado una taza de manos del propio campeón, corroborando mis referencias de que la sencillez y humildad hacen de él un excelente anfitrión y vecino del barrio.

Indago sobre sus impresiones acerca del Primer Campeonato Mundial de Boxeo Amateur celebrado en La Habana, en el año 1973, donde se alzó con la victoria de manera categórica, sin amilanarse ante rivales de mayor trayectoria.

“Ese es el torneo que mejores recuerdos me trae, en mi división, los welter, había mucha calidad en el plantel cubano y para participar tuve que discutir el cupo con mi ídolo, Rolando Garbey, en un combate cerrado. Lo pude vencer, pero el mayor triunfo fue recibir su felicitación”.

Toma al café con gusto y satisfacción, entonces, aprovecho este momento de deleite y pregunto a quemarropa por qué, después de convertirse en campeón olímpico, derrotando incluso al vigente monarca, Manfred Wolke, en la Olimpiada de Múnich, su rendimiento descendió de manera vertiginosa.

“El problema fue que, increíblemente, las lesiones empezaron a golpearme de manera repetida, producto de esto la velocidad no era la misma de antes, con gran pesar preferí dejar lo que más amaba, el boxeo, para dedicarle tiempo a mi familia y a mi hijo, que también se iniciaba como boxeador”.

Luego de su retiro, participó como colaborador en Bolivia y la lleva a superar los resultados tradicionales del país en materia boxística, conduciendo  a sus pupilos a obtener medallas de diferentes colores en eventos Panamericanos y Centroamericanos: “Quise llevar la gracia del boxeo cubano a otra cultura del boxeo diferente a la nuestra y estoy satisfecho con el nivel que alcanzaron mis alumnos, incluso, recibí felicitaciones del presidente Evo Morales y una oportunidad de ampliar mi contrato, pero estar separado de mi isla querida era un sentimiento que no podía sostener más tiempo”.

Me despide con un apretón de manos y una palmada en la espalda, cuando sin previo aviso llega su esposa Ana, lo besa en la mejilla y ante la pregunta sobre qué opinión le merece su esposo, responde con la sonrisa en los labios. “Emilio Correa es mucho Emilio Correa”.

Pie de foto: La mirada de un campeón.

 

EL MAGO DE LA RECEPTORÍA

EL MAGO DE LA RECEPTORÍA

A los 61 años de vida, el multicampeón pinareño Juan Castro cuenta sus peripecias en el mundo de las bolas y los strikes. Rodolfo García, comentarista deportivo, lo definió como “Peloterazo”.

EDUARDO ANTONIO GRENIER RODRÍGUEZ,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana

El más elegante de los receptores cubanos recogía con destreza veloces piconazos lanzados por los mejores pitchers de Cuba. Con él todos en su equipo se sentían cómodos, sabían que no debía haber error. Cuando esa enorme figura, inmensa como un abrazo, se agachaba detrás del home play, su compañero del montículo trabajaba con soltura. La confianza era casi absoluta. “El mago”, como le llamaban, era un verdadero artista de la defensa.

Toco suavemente la puerta, aún con el temor del  joven reportero que se enfrenta a su primera entrevista. Parecería que en aquella casona de estilo colonial, situada en pleno corazón de la capital pinareña, no vivía alguien modesto, bonachón, vecino como cualquier otro. La imagen seria, pausada, estricta, me hizo pensar que sería difícil establecer un diálogo con él. Sin embargo, fuera del terreno de juego, Juan Castro García se caracteriza como un hombre sencillo. Me invitó a pasar cortésmente.

La seriedad es un rasgo que la afición le atribuye con frecuencia. Se lo hago saber. Irónicamente, sonríe: “Es cierto, soy serio, pero eso no me impide relacionarme con todo el mundo. Interactúo con cada seguidor que pasa por ahí”, dice mientras señala con el índice la acera contigua al portal.

Le pregunto por la niñez, y un cambio en su rostro ofrece al instante más detalles que la respuesta misma: “Mi infancia fue durísima. Perdí a mi papá a los tres años, me quedé solo con mi madre y dos hermanos, que tenían ocho y once años, respectivamente. Pasamos mucho trabajo para lograr sostenernos”.

Juanito, como todos lo conocen, vivió dos épocas diametralmente opuestas del béisbol pinareño. Al principio era de los peores equipos, al punto de que le decían La Cenicienta, igual que a la provincia. Pero al cabo de dos años llegaron grandes estrellas, formando un conjunto casi imbatible: “Inventaron mil fórmulas para vencernos, pero qué va, no pudieron”.

Volviendo los ojos hacia un punto en la nada, tal vez adentrándose de lleno en sus recuerdos, comenta su predilección por jugar play off. Asegura con visible nostalgia que para todo pelotero la postemporada es el momento más añorado, pues el que siente el béisbol de verdad disfruta más jugando con el graderío abarrotado.

Luego de su prematuro retiro, “el pianista”, como también lo calificaban por sus efectivos abanicazos– término beisbolero que popularizó el célebre narrador deportivo Bobby Salamanca– comenzó una exitosa carrera como director y formador de atletas en Italia.

En Cuba, comandó a los Gallos espirituanos durante dos años consecutivos con excelentes resultados, y más tarde tomó las riendas de sus Vegueros pinareños. Pero aclara que no le resultaba cómodo el rol de manager. Meciendo más fuerte el sillón, reconoce que a veces se iba del partido, creía por momentos que era un jugador más.

Le inquiero sobre qué característica, en su opinión, no debe faltarle a un hombre. Se toma unos segundos para pensar: “La honestidad. Para todo en la vida hay que ser honesto, integral”. A decir de personas allegadas, este guajiro vueltabajero que mezcla en su fisionomía rasgos serenos con otros un poco más intranquilos, cuenta con estas cualidades.

Caballero de pies a cabeza, peloterazo– como diría quizás el comentarista deportivo Rodolfo García– de la gorra a los spikes, rechazó en plena madurez deportiva y antes en los albores de su juventud, una oferta para jugar en Estados Unidos de nada menos que de 16 millones de dólares, ofrecida por los Tigres de Detroit.

Entra Barbarita, su esposa hace más de cuarenta años, y a modo de conclusión, me invitan al pasillo, donde reposan en paredes contrarias los  mayores tesoros de Juanito: decenas de medallas y galardones junto a las fotografías de sus hijos. Sin embargo, destaca los recuerdos de familia como su más valiosa fortuna.

Pie de foto: Juan Castro fue receptor titular del equipo Cuba ganador de varios campeonatos mundiales, panamericanos y centroamericanos. Más tarde se desempeñó como director, siempre con el número 13.

CONOCIENDO A UN CLANDESTINO

CONOCIENDO A UN CLANDESTINO

Reconocido internacionalmente por su notable desempeño actoral, Luis Alberto García, es una destacada figura en las artes escénicas cubanas.

ROCÍO ISELL FERIA GINARTE,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

“Bienvenido a la República Independiente de mi casa”, expone un letrero rojo en la entrada. Toco a la puerta y es él quien abre. Descalzo, sereno, esbelto y con una enorme sonrisa responde a mi petición: “¿Una entrevista? Sí, sí, pasa”.

Amante de la buena literatura y la pintura, melómano empedernido y fanático desde la infancia al arte de la actuación. Este hombre, Luis Alberto García Novoa, ha dedicado las tres últimas décadas de su vida a llenar nuestras pantallas de talento.

Nació en La Habana el 10 de noviembre de 1961. La madre costurera y el padre actor, a quien acompañaba emocionado a cada una de las puestas y rodajes, el principal artífice de su inspiración e inclinación por el oficio. “Quise ser actor desde muy pequeño, entre los 8 y 10 años. Me atraía el mundo del teatro cuando mi papá me llevaba a los ensayos. Fue como descubrir los trucos de muchos magos y magas. Lo mismo sucedía cuando me llevaba a pasear a los sets de la televisión y el cine. A los niños les encanta descubrir que los grandes también juegan”, dice.

Egresa en 1984 de la Universidad de las Artes. “Critiqué mi escuela a todo motor para terminar reverenciándola en cuanto pude compararla con otras. Las escuelas de arte que tenemos en Cuba compensan la pobreza de medios con una opulencia de talentos puestos al servicio de entregar herramientas de primer mundo a los estudiantes”, comenta con cierta nostalgia en los ojos verdes, profundos y cautivadores.

Muestra su versatilidad y dotes histriónicas en cada una de las escenas que representa, porque disfruta tanto de los personajes protagónicos como de los antagónicos: “Villanos llenos de virtudes y héroes con muchos defectos. Seres humanos”.

Siente devoción hacia el trabajo, vive para actuar y  lo agradece: “Yo me considero un hombre afortunado porque hago lo que quiero. No hay muchas personas en el mundo que puedan estar toda una vida viviendo de lo que les gusta, y a mí lo que me gusta es actuar”, asevera mientras suspira satisfecho y se recuesta en el pecho a Vida, la más pequeña de sus tres hijas, que no deja de abrazarlo.

“De qué te vale tener 200 películas, si de esas solo se pueden salvar dos”, dice y ya sobrepasa esta cifra al contar las telenovelas, series, cortos y largometrajes en los que ha trabajado: Algo más que soñar, Un bolero para Eduardo, Clandestinos, Adorables Mentiras, Guantanamera, El año que viene, todos premiados en la nominación a la mejor actuación masculina en varios festivales y concursos cinematográficos celebrados en Cuba y el extranjero.

Los impactantes roles que ha protagonizado hacen de Luis Alberto uno de los artistas más admirados en nuestro país y fuera de este. Las representaciones en el cine cubano y el español le otorgaron la posibilidad de asistir a disímiles eventos culturales, realizados en naciones como Estados Unidos, Canadá, México, Panamá, Perú, Argentina, Brasil, Alemania, India y Angola.

Varios críticos, periodistas, escritores, músicos, directores de cine y otros, lo llaman “amigo” y le otorgan merecidos galardones: Rufo Caballero, Ramón Fernández-Larrea, Leonardo Padura y Joaquín Sabina son algunos de los célebres que han dedicado varias líneas a “el Luiso”, como lo llamara entre sus camaradas el cantautor Carlos Varela.

Más de un talento se esconde ante toda la modestia del actor: excelente chef de cocina, jugador de dominó, profesor, coleccionista de música, escritor. Además, dice realizar otra obra artística: “Convertir en buenas, decentes y sensibles personas a mis hijitas. Arte entre las artes”, comenta plácidamente y ríe gustoso.

Pie de foto: Luis Alberto García tiene una de las carreras artísticas más exitosas de todos los tiempos en el cine y teatro de Cuba.

CITA CON EL MAR

CITA CON EL MAR

Gerardo Sarmiento García, El Guajiro, no renuncia a la pesca nocturna en el malecón habanero, aún después de un reciente trasplante de riñón.

Texto y foto:
SEALYS GARDÓN PANTOJA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cae el sol sobre el malecón habanero. Una vez más, El Guajiro regresa a la cita con el mar. Voy a su encuentro, a lanzarle un anzuelo, a ver si pica. Gerardo Sarmiento García vive en el Vedado. Es un holguinero que desde los años 80 se entiende con los peces. “Una vez que coges el primero, el que se engancha es uno. Siento orgullo, aunque, para otros, sea algo insignificante”, dice. Albañil del hospital Hermanos Amejeiras, enfermero, artesano en los años críticos de los 90, pescador siempre.

“Me gusta pescar con el carrete para sentir la pita, el movimiento de lo que atrapo. Con la vara no es igual, pierde encanto”. Los ojos verdes apuntan al horizonte que no termina y percibo las arrugas de un rostro de 55 años. Entonces, cuenta que se jubiló en 2011 por una insuficiencia renal crónica. Requirió un trasplante de riñón y entró al salón en dos ocasiones hace solo cuatro meses. Eso provocó el récord de 90 días sin ir al muro, pero ahora, “mírame aquí”.

La mayor pasión de este hombre es la costa norte capitalina. “Aquí cogí un serrucho de 33 libras y una cubera de 25”, me cuenta con una sonrisa en el rostro que delata su placer. Caminamos unos metros. Él no deja de atender la carnada y le da vueltas al carrete una y otra vez.

“En los últimos veinte días me he llevado un gallego y como nueve parguetes, esta es su temporada”. Asegura que nunca pierde tiempo. Algunas noches se va con las manos vacías, pero el alma limpia de inquietudes. Sin embargo, otras tantas vuelve al hogar con un buen número de ejemplares. “Aunque sean dos chicharros, y comemos los cuatro de la familia”. Cuando salía del trabajo venía un rato y regresaba a la casa entre la una y las dos de la madrugada. Le gusta la noche porque es tranquila y “hace un fresquito tremendo”.

Advierte que el secreto del mar es estudiarlo. Para él, “es tan importante como la tierra o el aire que respiramos. No lo debemos maltratar porque nos da gustos. Hay que respetarlo”.

Como lo hiciera mi abuelo, me recomienda mantenerme a salvo si un día me atrevo a usar una pita: “Lo más importante es que protejas tu vida”. También se lo dice a su hija más pequeña y a su yerno. Ellos pescan juntos y él les da algunas clases, “solo de vez en vez porque ustedes los jóvenes son muy tercos y no quieren escuchar”.

Parece que algo pica. Empieza a traer la carnada a la orilla. Falsa alarma, son solo los globos que parecen haberse enredado. Cuando los implementos están en tierra firme, ayudo y los sostengo; mientras, él resuelve cuestiones técnicas  y se dispone a continuar plática y pesca.

“A mí me gusta cualquier pescado y como sea: frito, en salsa, asado, entero, en ruedas… Como si me das la cabeza pa’ hacer un sopón, buenísimo pa’ la gastritis”.

Nos detenemos, nunca de espaldas a las olas, una suerte de veneno sin antídoto para Gerardo. Entonces, “lanzo” una última pregunta:

-¿Qué representa el mar para usted?

Felicidad. Para mí el mar es felicidad.

Pie de foto: En el malecón de la capital cubana, Gerardo pescó un serrucho de 33 libras.