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LISTA DE ESPERA

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CARLOS ARMANDO CABRERA GUTIÉRREZ,
estudiante de primer año de Comunicación Social,
Facultad de Comunicación de la
Universidad de La Habana.

346, 347, 348,

Las piernas me dolían y… 349, 350 seguía aquella señora con los gritos que aturdían mis oídos. Yo: impaciente.

351, 352, 353

Los niños gritaban con euforia; los ancianos, con tristeza en su mirada y las madres enloquecidas tenían la esperanza de montar al ómnibus.

354, 355; se acercaba mi número en la lista de espera. Me llega – pensé-, y de pronto la señora de la voz prepotente cortó mis esperanzas, anunciando que la lista de espera para Sancti Spíritus quedaba en el 356. Eran las 4:00 p.m., y el próximo ómnibus saldría justo doce horas después. Resignado con la larga espera, busqué algún sitio para descansar. No había un solo asiento en la vasta sala. Algunos ocupados por paquetes, y otros, por personas. A cada minuto la desesperación aumentaba, el calor se hacía insoportable, el desagradable olor de los servicios sanitarios se filtraba por aquellos ladrillos descoloridos.

Pregones sostenidos merodeaban por doquier: el constante grito de ¡granizado frío!, jugaba con la atmósfera que me sofocaba cada vez más.

Entradas y salidas de ómnibus llenos y vacíos aumentaban la desesperación de todos. Por instante pasaba a ser parte de aquellos que estaban a punto de colapsar por la agonía de la espera, pero las necesidades biológicas reclamaban mi atención a tal punto que me llevaron inconscientemente a la cafetería, perdón, al mejor sitio de todo el lugar: El Rumbo. Todavía sin creerlo por mi escasez monetaria y lo elevado de los precios en moneda libremente convertible (CUC) para un estudiante universitario, me atreví a hacer un bosquejo breve, pero convincente, de los precios, que me obligaron a buscar otro lugar asequible  -lo que no significaba pordiosero-  y  además, que exaltara la identidad de nuestra valiosa moneda (MN).

Cerca de mí encontré la cafetería El Viajero, donde comí una pizza napolitana, nada parecida a las que suelo comer en Cinecittá. Tomé un poco de agua fría; por fin, divisé un asiento y logré alcanzarlo. Me senté, una vez más miré mi ticket: 360…

10:00 p.m., escuché decir al señor del tabaco encendido que se sentó a mi lado. Con la esperanza de poder  llegar a casa, estar con mis padres y disfrutar de las sorpresas que esperaban mi presencia, decidí dormir en la Terminal. Observaba la televisión y dos horas después puse la cabeza encima de la mochila, mis ojos se cerraron, inseguro y desconfiado batallé con el sueño que se volvía el mayor enemigo. Ruidos insoportables se expandían a mi alrededor, pero no fueron obstáculos suficientes para que el sueño provocado por las disímiles tareas de toda la semana en la Universidad me venciera.

Sobresaltado con la algarabía y el ruido de las personas, me desperté. Sentía un dolor inmenso en mi columna vertebral debido a la posición adoptada en el asiento.

4.30 a.m. marcaban las manecillas del reloj y esta vez una voz diferente decía: Pasajeros con destino a Sancti Spíritus, nuevamente se llamará la lista de espera, y esta vez el ómnibus ofrece cuatro capacidades: 356, 357,358 y 359.

Desconsolado, obstinado, cansado y triste por la frustración, decidí caminar hasta la parada de la guagua, no exactamente una Yutong, sino una 298 que me dejaría cerca de mi lugar de residencia en la beca capitalina, no sin antes haber escuchado las propuestas de taxis particulares que ofrecían un viaje confortable hasta la puerta de mi casa o  la  opción de un pasaje a sobreprecio. Pero esta vez la suerte estaba echada; esa no era mi solución.

 

 



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