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DE LA ILÍADA DEL SIGLO XXI

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JUSTO PLANAS CABREJA,
estudiante de quinto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Para mí el héroe siempre fue Héctor, para qué decir otra cosa. Y ahora vienen a contarme la Ilíada de otra manera. ¿Y por qué tengo que prestarle atención?, dicen que porque ellos se han pasado la vida en una biblioteca y leen el griego antiguo a la perfección. Total, ¿Homero recitaba en ese griego antiguo? Si todavía se hacen coloquios y convenciones, que en buen cubano son tremendo chanchullo en plena panadería, para discutir si el tal Homero existió o no. Va y lo prueban por un milagro de esta vida; imaginemos que un arqueólogo se encuentra el cadáver de un viejo del siglo IX antes de nuestra era con un cartelito que explica en hexámetro dactílico, la métrica de la Ilíada, que este cadáver es el despojo de, oh, aquél que invocaba a la poderosa musa antes de comenzar a cantar. Todavía quedarían temas que discutir: ¿era ciego Homero?, ¿tenía voz de tenor, barítono o bajo?, ¿la imagen de Helena de Troya llegaba a su mente como Marilyn Monroe, como las madonnas florentinas o como la abuela de Caperucita?

En fin, hay que comer. Pero no les puedo permitir que me cuenten que el héroe de la Ilíada es Aquiles, no. Sí, sí, ya sé que era semidiós, era valiente en la batalla y podría darle clases de educación física a Sylvester Stallone; pero falta. A ver, ¿no fue él quien corrió a llorar a los brazos de mamá Tetis cuando Agamenón lo ofendió?, eso no lo haría ni Aliosha Karamazov si hubiera nacido en el siglo V antes de nuestra era, que parece que fueron los tiempos donde pudo desarrollarse la historia de Homero. Además, si ellos ponen en duda la existencia del ciego, yo tampoco me trago que el Pélida era valiente. Cualquiera que haya sido sumergido en la Éstige, que significa tener el cuerpo a prueba de flechas, y cuente con armas hechas por el propio Hefesto, sale al campo de batalla como si se fuera a comer el mundo. El pobre hombre, lo único que tenía que hacer era cuidarse el talón y mira, no pudo. Qué va, me vienen a dormir con el cuento de que Aquiles es el héroe. Eso pudo ser lo que pensó Homero, pero hoy, en pleno siglo XXI, quién le va hacer caso a lo que quiso un viejo, ciego, que ni siquiera puede demostrar su propia existencia.

Hoy en día tenemos semióticos que nos demuestran el papel tan importante que juega el lector en el proceso de interpretación de un libro. A quién le importan los subcódigos de Homero cuando a partir de su significante uno puede sacar sus propios subcódigos. Es más, a quién el importa la semiótica cuando los comunicólogos de la escuela de Birmingham explican cuán importante es la cultura en el proceso de decodificación. 

¿Qué lector del siglo XXI encontrará cualidades positivas en Aquiles (amén de los mercenarios)? Si hasta tenemos a un presidente norteamericano que antes de masacrar a los iraquíes, afganos, yugoslavos, vietnamitas… convence a su pueblo y al mundo de que lo hace por la "Liberté, Égalité, et Fraternité". Nosotros somos civilizados y cultos, necesitamos que se nos convenza de que es necesario dejar morir a los niños en África en nombre del utilitarismo, neoliberalismo y otros  ismos, para que apoyemos la causa. Cómo es que viene el Aquiles Pélida ese a pedirle a su propia madre que le pida a Zeus que le diga a Agamenón que le pida a los aqueos que comiencen la guerra contra los troyanos; para que el de los pies ligeros lograra vengarse del Átrida, rey de hombres.

Nosotros no podemos ver en él más que a un guerrero sanguinario que alcanzó con su muerte una muy cuestionable gloria. Claro que existen otras definiciones de héroe, que cuando se trata de un poema épico como es el caso, el héroe es el personaje principal, pero resulta que nosotros no sabemos nada de personajes principales. Hoy en día no son los aristócratas los que leen, sino todos, los alfabetizados del primer y del tercer mundo; además de que no creo que los aristócratas tengan tiempo para leer con tantas hipotecas y todo eso (la mayoría de los aristócratas viven de los préstamos). Y vivo convencido de que La Ilíada no fue hecha solo para que la apreciaran los críticos. Sería más aceptable que el héroe fuera Paris. Bueno, bueno, ya sé que a cualquier semiótico de esos que torcieron el camino de la semiótica, del estudio del proceso de interpretación (propiedad exclusiva del receptor) la interpretación de cualquier cosa, sí, sí, porque ahora hasta las piedras comunican; un semiótico de los últimos me daría una charla sobre el poco valor que se le da a los arqueros en la guerra de Troya, etcétera; que si Paris fue un cobarde porque no tuvo la valentía de enfrentar a minotáurico Menelao, etcétera; que puso en peligro a su pueblo con el rapto de Helena [que no fue tal rapto]; en fin, la lista se vuelve inmensa.

Pero para nosotros, los lectores del siglo XXI, cualquiera que cuente con belleza puede lograrlo todo, incluso ser héroe; y Paris, según las malas lenguas, contaba con esto y mucho más. Basta estar una hora frente a la televisión capitalista para creerlo: el perfume tal te hará conquistar el mundo y pondrá a tu disposición a todas las mujeres que desees; la camisa mascual logrará que consigas un trabajo con seguro médico y sueldo de millonario; y así. Ya no hace falta ser inteligente, ni buen hijo, ni patriota; corrijo, para ser inteligente, buen hijo, y patriota hay que estar a la moda, ah, y un buen rostro ayuda bastante. Sí, ahora el tema de rostro y sus apéndices naturales la crema, el maquillaje y la cuchilla del cirujano plástico; halan más.

Por eso, si La Ilíada se rescribiera en el siglo XXI, tendría a Paris por héroe; o mejor, sería fiel al anciano original, pero con algunos cambios: es mejor adaptar la historia al cine (el cine es más popular que la literatura y da más dinero); el actor que, por su belleza, interpretaría a Paris, es mejor que haga de Aquiles, para que el viejo Pélida continúe siendo el héroe, esto ayudaría a los guionistas y al director a sentir que hacen buen arte, no obstante agregar una que otra historia de amor y desamor, que haría revolcarse en su tumba al propio Homero, si es que existe; por no mencionar los desnudos ligeros del Aquiles, ah, y la elección de un reparto de bellas-figuras-populares-de-cerebro-pequeño; a ver, a ver, déjame pensar quién haría de Aquiles… está difícil la pregunta… cánta, oh, musa quién sería el elegido… voy a tomarme un vaso de agua y pensármelo… después de dos días de deliberaciones, encuestas y estadísticas he llegado a la conclusión de que el papel le viene a Brad Pitt como sandalia al talón.

Por supuesto, no hay que llenarle la cabeza de boronillas al espectador: es mejor crear un Paris afeminadito, como salido de una corte francesa del siglo XVI… me dice una muchacha que está leyendo el trabajo ahora mismo, que esa película existe y se llama Troy (Troya). Cualquier parecido con el original, como en las adaptaciones de Hollywood, es pura coincidencia. Ahora que hablo de Hollywood… tal vez Príamo podría ser otro candidato al héroe homérico del siglo XXI, lo tenía todo: buen padre (fue capaz de humillarse ante el de los pies ligeros por rescatar el cadáver de su hijo), buen esposo, buen rey; todo menos la edad. Los posmodernistas no creemos en la tercera edad, los compositores viejos no venden sus discos, ni llenan salas de concierto; los actores viejos no logran protagónicos ni firman autógrafos; los viejos quieren ser jóvenes, los jóvenes no quieren ser viejos.

Nuestras sociedades son prácticas, muy prácticas, como Andrómaca. Dicen que uno de los diálogos más tiernos de la Ilíada es el de despedida entre Andrómaca y Héctor. Nunca se aclara del todo si es el amor o el ver en peligro su seguridad la causa por la que sufre Andrómaca. Las decodificaciones aberrantes, como diría Humberto Eco; los malos entendidos, por redondear el término de alguna forma, estarían de fiesta en este diálogo. “ANDRÓMACA. ¡Desgraciado! Tu valor te perderá.  No te apiadas del tierno infante ni de mí, infortunada, que pronto seré tu viu¬da; pues los aqueos te acometerán todos a una y acabarán contigo. Preferible sería que, al perderte, la tierra me tragara, porque si mueres no habrá consuelo para mí, sino pesares, que ya no tengo padre ni venerable madre. [“¡Hay que ver qué mentalidad! -pensaría la señora que trabaja en el supermercado- cada día agradezco más vivir en mi época, donde podemos separarnos de nuestros padres siendo adolescentes y llamarlos solo por Año Nuevo”]

A mi padre ma¬tólo el divino Aquiles cuando tomó la populosa ciudad de los cilicios, Teba, la de altas puertas: dio muerte a Eetión, y sin despojarlo, por el religioso temor que le entró en el ánimo, quemó el cadáver con las labradas armas y le erigió un tú¬mulo, a cuyo alrededor plantaron álamos las ninfas monte¬ses, hijas de Zeus, que lleva la égida. Mis siete hermanos, que habitaban en el palacio, descendieron al Hades el mismo día; pues a todos los mató el divino Aquiles, el de los pies lige¬ros, entre los flexípedes bueyes y las cándidas ovejas. A mi madre, que reinaba al pie del selvoso Placo, trájola aquél con otras riquezas y la puso en libertad por un inmenso rescate; pero Ártemis, que se complace en tirar flechas, hirióla en el palacio de mi padre. [“¡Dios mío! -pensaría un abogado graduado de Harvard- si hubiera puesto un seguro social a cada uno, ahora sería millonaria… Pero, por supuesto, en aquel entonces no eran tan civilizados.] Héctor, tú eres ahora mi padre, mi ve¬nerable madre y mi hermano; tú, mi floreciente esposo. Pues, ea, sé compasivo, quédate aquí en la torre -¡no hagas a un niño huérfano y a una mujer viuda!- y pon el ejército junto al cabrahígo, que por allí la ciudad es accesible y el muro más fácil de escalar. [“¡Qué tonto es si no la escucha! -piensa Tony Blair]” Parece que Adrómaca emula lo suficiente como para ser la heroína de esta epopeya, pero es mujer. Y si J. K. Rowling tuvo que usar siglas para esconder su condición de mujer y lograr vender más ejemplares de su libro Harry Potter; cómo una pobre Andrómaca de la polvorosa Ilíada -recordemos que para nuestra civilización el pasado es un pequeño resbalón que debemos olvidar- aspira a convertirse en la heroína.

Héctor, en cambio, cuenta con más puntos a su favor. No solo por ser hombre. Basta un argumento para demostrar cuánto ha calado en la humanidad este personaje: pocos nombres de la cultura greco-latina se mantienen en uso, la mayoría son de origen bíblico. Son más frecuentes los del Nuevo Testamento: Juan, María, Pedro, José… a los del Antiguo: Moisés, David, Jacobo, Elías… La Iglesia Católica siempre rechazó la cultura pagana. ¿Qué nombres ligados a La Ilíada han llegado a nuestros tiempos contra toda red y toda telaraña? No fue el de Aquiles, ni el del propio Homero; fueron los del volátil, ambicioso y por ambicioso, sensato Agamenón (casi en desuso); de la bella y codiciada Helena (aunque su uso también puede deberse al nombre de la civilización, como es el caso de Patricia); el de Néstor, sabio y respetado; y el de Héctor, “domador de caballos”, como concluye Homero su Ilíada” El lector no puede evitar amarlo. ¿Qué importa que no haya sido práctico, incluso que no haya vencido a Aquiles? Después de todo, los seres humanos sienten igual, no importa la época. ¿Quién no ha huido al encontrar el rostro de sus temores, como Héctor al ver a Aquiles? Quien lo haya hecho, sabe cuánto vale sobreponerse a su propia condición de humano y enfrentar, en este caso, una muerte segura. La gente no admira lo que es, sino lo que quiere ser y Héctor cuenta con la sabiduría de Néstor, la sensatez de Agamenón y el corazón de Príamo.

¿Por qué si Homero comienza contando la cólera de Aquiles concluye su libro con los funerales de Héctor? Nunca nos dice en qué terminó la guerra entre troyanos y aqueos, ni si por fin Aquiles muere después de alcanzada su gloria {siempre me ha parecido irónico que el nombre de Aquiles generalmente sea mencionado por la gente junto a la palabra talón}. La Ilíada concluye sin más con el entierro de Héctor… Ay, Homero, algunos personajes comienzan a tocar nuestro corazón, y uno se empeña en mantener el rumbo, y trata de no apasionarse, pero el arte es una trampa, al final terminaste enamorándote de Héctor. Un existencialista de nuestro siglo, si la industria cultural deja aún hacer existencialismo, también se hubiera enamorado. Después de todo, hoy en día cuando queremos validar alguna idea, lo mejor es buscar en la cultura de la antigua griega un elemento que la verifique; ¿será esa la única utilidad que se encuentra a lo pasado?

El Mito de Sísifo de Albert Camus se quedaría pequeño ante tan inmenso ejemplo. El Héctor que lucha por culpa de su hermano, que defiende a una esposa que no lo comprende, que de pronto tiene los sentimientos equivocados en el mundo equivocado. Héctor no ha sido enseñado a luchar contra la inercia {sería interesante comprobar cuánto de tragedia tiene esta epopeya}, la inercia en este caso es la impuesta por el absurdo. Estos guerreros no saben valorar lo que en realidad importa. El error tendría que costarle a Aquiles la pérdida de Patroclo. (Y a Odiseo, siglos fuera de Ítaca, pero esta es otra historia.) Los personajes toman vida propia, desandan universos, épocas. Pero toman vida propia los que vida merecen. Y Héctor muere para vivir eternamente, como ironía sangrienta contra el triunfo de Aquiles en aquella batalla. Héctor, solo Héctor tiene la suficiente fuerza para detener la mente de su propio creador, para detener la guerra de los troyanos contra los aqueos tan solo por unos días, y apagar los versos de La Ilíada por una eternidad. Solo por Héctor, Homero sería capaz de decir: “Así hicieron las honras de Héctor, domador de caba¬llos.”, y detener toda palabra. ¿Era Héctor domador de caballos? Nunca lo sabríamos sin esta oración. Así Homero hace las honras de Héctor, contando lo que pudo ser si no lo hubiera dicho demasiado tarde.



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