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EL HOMBRE DE LOS MURCIÉLAGOS

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Octogenario, pero con el espíritu siempre dispuesto para comenzar, Gilberto Silva Taboada, con sencillez y orgullo por su tierra natal, engrandece una obra que lo inmortaliza en el directorio de los afamados naturalistas de Cuba y del mundo.  

VIVIAN SÁNCHEZ,
Periodista de Radio Habana Cuba,
Cortesía para Isla al Sur.

“La vida vale por el uso que de ella hacemos, por las obras que realizamos. No ha vivido más el que cuenta más años, si no el que ha sentido mejor un ideal”, así lo afirmó el intelectual argentino José Ingenieros. Sin embargo, si esa obra es real y vasta y el ideal se siente a plenitud durante más de ocho décadas, entonces la vida es una realización digna de admirar y contar.

Compartir solo unas horas junto a Gilberto Silva Taboada, a quien alguien llamó un día “El hombre de los murciélagos”, implica asistir a un relato repleto de experiencias, aunque extraordinarias, muy reales, que hace que el tiempo corra sin apenas sentirlo.

Naturalista cubano, Curador Emérito del Museo Nacional de Historia Natural, tiene una larga historia dedicada a la complicidad con la madre natura y sus secretos. Hombre reflexivo, con un caudal inagotable de anécdotas, hace que un encuentro con él sea como un canto a la vida y un eterno contacto con su más alta motivación: el estudio de la fauna cubana.

Con la modestia de los grandes, Silva nos ofrece acercarnos al mundo de los murciélagos, uno de los grupos de mamíferos a los que ha dedicado años de su productiva vida, y con el cual comenzó su historia como estudioso de la naturaleza.

Ante la pregunta de ¿por qué los murciélagos?, Silva se levanta, enciende su tabaco, escudriña en sus recuerdos y dice con decisión: “Desde que entré por primera vez en una cueva me impactó ver a los murciélagos. Fue mi primer contacto en vivo con ellos y su hábitat enigmático, en lo oscuro… Verlos tendidos desde el techo de las cavernas me impresionó.

“Tengo que reconocer, sin embargo, que ya me habían conquistado años atrás desde las páginas de Un naturalista en Cuba, texto que decidió mi futuro. Ese libro y en particular su capítulo titulado Bat (Murciélagos en inglés) me tumbaron del caballo. Estaría en esos místicos mamíferos mi motivación más tenaz en los años posteriores a aquellos primeros encuentros”.

-Los murciélagos han sido seres vivos expuestos a un sinnúmero de mitos y leyendas. Su nombre en danés significa “ratón que vuela”, en portugués y español, “ratón ciego”. Estas dos traducciones describen dos de sus particularidades, ser el único mamífero volador y su capacidad para orientarse con el ultrasonido. Desde el punto de vista evolutivo, ¿cómo él pudo desarrollar estas dos habilidades?

Los fósiles más antiguos encontrados ya aparecen como murciélagos (Orden Chiroptera). Ellos no son como las aves, en las que se ha podido estudiar su proceso de transición. En el árbol de la evolución, los quirópteros se encuentran muy relacionados desde el punto de vista taxonómico con el orden insectívora. De hecho se plantea que algunas especies de insectívoros vivían en árboles, y para ellos era muy peligroso bajar a tierra porque se exponían a ser devorados por los depredadores.

Al saltar del follaje de un árbol a otro en busca de sus alimentos en el transcurso de millones de años, desarrollaron por selección natural las estructuras que hoy le permiten el vuelo. Así se cree que iniciaron la propulsión, porque no disponen de cámaras de aire en sus huesos que le permitan la flotabilidad, como es el caso de las aves. Ellos planean, si dejan de mover las alas caen al suelo. Sí, son muy guapos los murciélagos, vuelan para defenderse o en busca de alimentos.

En relación con la emisión de ultrasonido no he visto ninguna hipótesis definitiva sobre cómo evolucionó esta característica. Hay muy pocas aves, como el guácharo en Venezuela, que lo hacen, y se han reportado algunos mamíferos marinos que pueden emitir ultrasonido. En cambio, todos los murciélagos poseen esa capacidad. Y los que se alimentan de insectos, por ejemplo, tienen que atrapar a la presa en el aire; es decir, que la onda sonora tiene que viajar y rebotar, a una frecuencia de más de 60 mil ciclos por segundo.

Al indagar con Silva sobre datos de la literatura en los que se afirma que los murciélagos son capaces de devorar más de 600 mosquitos en solo una hora y 12 mil en un mes, afirmó: “De las 26 especies de murciélagos de Cuba, 22 son insectívoras. La mayoría de las especies de insectos que afectan a la agricultura y a la salud del hombre son nocturnas. Y el murciélago es justo el guardián que las pone a raya a esas horas. A pesar de eso existen mosquitos, es cierto, pero se debe al equilibrio que tiene que mantenerse entre el depredador y la presa. Si el depredador extingue la presa, se extingue él, y figúrate el desastre que se provocaría en el mundo.

“Hay, además, cuatro especies de murciélagos que son estrictamente polinívoras y existen más de 100 especies forestales de Cuba cuya fecundación se ve favorecida por los murciélagos. Esas plantas quiropterófilas tienen que exhibir dos particularidades: la flor debe ser maloliente y debe aparecer expuesta en la periferia para que el murciélago tenga acceso sin penetrar en el follaje.

“Miles de especies botánicas de nuestro país se sirven de los murciélagos para reproducirse, un fenómeno de coevolución entre plantas y animales. Incluso, las especies frugívoras, aunque pueden ocasionar daños a la economía, tienen el importante papel de dispersar semillas. Estos son los tres papeles ecológicos fundamentales de los murciélagos, relacionados, además, con la agricultura, y la salud pública. Es por eso que son de extraordinaria utilidad para el hombre”.

La madre natura lo conquistó desde edades tempranas. Ella ha sido su gran vocación. Sus estudios en la Escuela de Ciencias Naturales de la Universidad de La Habana no concluyeron. Corría 1953. Los sicarios del dictador Fulgencio Batista allanaron el centro de altos estudios.

Al llamarlo autodidacta, Gilberto duda… y afirma no estar muy convencido, pues tuvo la oportunidad de recopilar conocimientos básicos con naturalistas de la talla de Carlos Guillermo Aguayo y otras personalidades de la época que develaban sus persistentes inquietudes y encaminaron sus pasos en la adolescencia.

Cuenta Gilberto que llegaba a sus casas a cualquier hora del día o la noche para aprender y discutir. Ellos le respondían con seriedad y respeto, a pesar de su corta edad. Sus cimientos fraguaron con esas personalidades, poseedoras también de una amplia cultura. Tal apoyo le dio alas a su incipiente sueño. Así llegó una maravillosa ocasión: su primera expedición malacológica, con solo 22 años.

“En esos tiempos eran muchos los aficionados a las actividades naturalistas: personas con recursos económicos que se recreaban conformando colecciones personales. Era el caso de Nicolás Domínguez, a quien conocí por ser el padre de uno de mis compañeros de andanzas juveniles.

“Nicolás poseía una fabulosa colección de moluscos e insectos. Con él me enrolé en 1949 en mi primera expedición malacológica a Baracoa, una oportunidad para nunca olvidar por tratarse de una zona virgen. En ese tiempo la flora y la fauna de aquel lugar se encontraban intactas. Anduvimos durante cuatro meses recorriendo la zona y utilizamos avión, barco y hasta arrias de mulos. El paisaje, su exuberancia y esa maravillosa experiencia marcaron mi vida y afianzaron mucho más mis deseos de dedicar todos los esfuerzos al estudio de la naturaleza”.

Gilberto recuerda que en esa expedición visitó la Cueva de los Bichos de la Patana, muy famosa por la diversidad de su fauna, particularidad que no se conserva en la actualidad.

“El sitio constituye una verdadera leyenda. Es una cueva caliente; comienzas a penetrar y sientes un calor angustioso, la temperatura puede llegar a 40 grados. Su nombre se debe a que el suelo se encontraba cubierto con una tupida alfombra compuesta por millones de insectos, cucarachas, arácnidos de todo tipo y ciempiés que alcanzaban las 12 pulgadas de longitud.

“Además, el techo se encontraba tapizado de murciélagos. Fue explorada por primera vez en 1915 por el arqueólogo norteamericano Marck Raymond Harrington. Su panorama era realmente terrorífico, por la humedad, el calor y por un sonido peculiar que se debe a la diversidad de toda esa fauna viviente. No olvidaré jamás el día que la visité por primera vez. Casualmente era mi cumpleaños y además tenía fiebre. Yo era joven e inexperto y entré con un jamo porque dentro de mis objetivos estaba colectar murciélagos.

“Cuando intenté atraparlos muchos iniciaron el volar y hasta se pegaban a mi ropa. Era impresionante. Comencé a saltar y caí al suelo inconsciente, afortunadamente por pocos minutos. Hoy sé que esos movimientos bruscos nunca deben hacerse en un ambiente con un tenor de humedad casi en los límites de saturación; lo recomendable es caminar despacio, hablar bajo y no hacer ruidos.

Esa inolvidable visita en el umbral de su formación puso en manos del aspirante a científico un nuevo récord para Cuba, pues al salir de la caverna encontró un ave zancuda atrapada en la resina de un árbol, que logró desprender con mucho cuidado y resultó ser una especie no reportada.

Un naturalista marinero en 1950…

Conversar con “El hombre de los murciélagos” es encontrarse a cada instante con una nueva sorpresa entre sus testimonios.

En 1950 Silva fue invitado por el profesor universitario Luis Howell Rivero para formar parte del personal técnico de la Oficina Hidrográfica de la Marina de Guerra, institución que dirigía.

“Esa propuesta coincidió con la organización de un viaje de estudio de la corriente del Golfo a través de toda su extensión, promovido por la Marina de Guerra de Cuba y el Centro de Oceanología de la Universidad de Miami, lo que me permitió acumular valiosos conocimientos de la fauna marina. Tuve entonces otra extraordinaria experiencia para mi incipiente formación: participar con el Crucero Cuba en una expedición arqueológica conjunta entre la Marina y el Grupo Arqueológico Guamá por las Antillas Mayores. Sus resultados me permitieron conformar mi primera publicación científica en una revista internacional, con investigaciones a partir de especies de murciélagos colectadas en Jamaica y Haití”.

En 1979 vería la luz el primer libro del investigador: “Los murciélagos de Cuba”. Casi tres décadas después, en el año 2007 la Asociación Americana de Investigación y Conservación de los Murciélagos, le otorgó a Silva el premio internacional Lázaro Spallanzani, entregado por primera vez a la obra de la vida. 

A casi tres décadas de la publicación de aquella obra, el comité científico encargado de otorgar la distinción sentenció: “El libro de Gilberto Silva Taboada es el estudio más integral de la fauna de murciélagos realizado en un país hasta la fecha”, lo que demuestra la vigencia y repercusión actual de la obra.

“La decisión de escribir un texto de murciélagos tiene dos momentos,  uno simbólico y otro real. El primero tiene una estrecha relación con mi primera y gran escuela en el tema de los murciélagos, el especialista  norteamericano, Karl F. Koopman, taxónomo número uno del mundo de los quirópteros.

“Con él anduve por toda Cuba, y participé en la introducción en nuestro país de las mallas japonesas para colectar murciélagos. En nuestra primera incursión con este método en el Pan de Guajaibón encontramos una nueva especie para Cuba. A Koopman le debo todo lo que he hecho en murciélagos. Además, me conectó con el resto de la comunidad científica internacional.

“Antes de partir de Cuba por última vez me alertó y me dijo que yo tenía la gran responsabilidad de dar a conocer al mundo científico todos mis hallazgos, y ese es el primer momento en que pasa por mi cabeza escribir un libro”.

En la diminuta y cálida sala de su casa, Gilberto se levanta, toma un sorbito de café y vuelve a encender otro de sus fragmentos de tabaco para continuar escudriñando en su memoria.

“El segundo momento, el real, es cuando decido comenzarlo. En Cuba nadie se había ocupado de los murciélagos. Mis trabajos partían de cero, sólo existía una veintena de páginas dedicadas a estos curiosos animalitos en el libro “La Mamalogía cubana”, texto publicado por Juan C. Gundlach, en 1877.

“Tengo que reconocer que esa tarea en solitario me otorgó una tamaña responsabilidad. Comencé a organizar toda la información recopilada y a buscar los ejemplares que me faltaban para emprender el proyecto. Eso sucedió en 1969, ubicado en el Jardín Botánico Soledad, en Cienfuegos, donde permanecí hasta 1974. Y en soledad también escribí el libro. En ese tiempo realicé otras expediciones por todo el país y enriquecí mi colección.

“Para el libro realicé un total de 45 mil mediciones, tuve que analizar el ciclo de vida de cada especie, su taxonomía, entre otros muchos aspectos relacionados con este grupo de mamíferos, un trabajo que asumí solo.”

En ese instante de la charla, el semblante de Silva muestra la satisfacción que se puede tener por el fruto de un trabajo serio y profundo. El reconocido tratado científico de murciélagos, con toda su información, sus imágenes y sus reconocidos testimonios de valor recorrió el mundo y facilitó la formación de varias generaciones de jóvenes.

En las entrañas de Cuba

Su afición por la espeleología comenzó sin estar vinculado a ninguna organización. Exploró cuevas por toda la Isla con el objetivo de conformar sus colecciones de vertebrados y fauna en general. La primera fue la Cueva de Cotilla, en el municipio de San José de las Lajas, en la provincia La Habana.

“El 15 de enero de 1940 se fundó la Sociedad Espeleológica de Cuba. Yo me incorporé en 1945, en el contexto de una Feria del Libro realizada en el Parque Central, momento en el que me puse en contacto con ella, y comencé mis actividades como miembro activo, condición que mantengo en la actualidad”. 

La adoquinada calle Obispo es testigo de su ágil andar y su paso seguro. Lo ha contemplado en su cotidiano ir y venir en torno a un recinto que forma parte indisoluble de su vida y sus obras, el hoy Museo Nacional de Historia Natural.

“Me considero un hombre de museos, mi realización es ser curador”, así lo subraya Silva con orgullo, quien incluye dentro de su larga y provechosa obra ser fundador de esa institución. “Mi formación también estuvo vinculada con varios museos de los Estados Unidos, y en todo ese trayecto siempre advertí la necesidad de que en mi país hubiera un Museo de Historia Natural. Por eso dediqué mis modestos esfuerzos a crearlo en Cuba, y luego a mantenerlo durante todos estos años”.

Con su sabio juicio apunta: “Los Museos de Historia Natural tienen la responsabilidad de custodiar el patrimonio cultural resultante de colecciones naturales propias de un país, esa extraordinaria e inagotable fuente, que debe no solo mantenerse, sino crecer cada día. Es responsabilidad de estos centros promover la cultura de la naturaleza. Son los museos los depositarios más apropiados para la formación de colecciones de historia natural; el espacio más adecuado y el ambiente idóneo para la conservación de su patrimonio”.
 
Los primeros 80

Hace solo unos meses los mamíferos de Cuba estuvieron de fiesta. Iban y venían por los pasillos de una edificación que estaba celebrando un acontecimiento en el que ellos eran los protagonistas. Gilberto Silva Taboada presentaba su segunda obra, y ellos no querían estar ausentes. Lo observaban subir y bajar desde la alta terraza frente al malecón habanero, pendiente de cada detalle y se unían a él en silencio, como cómplices de una ardua tarea que había vencido duras etapas y largas jornadas.

Había llegado su día. Desde el corazón del Centro Histórico de la Habana Vieja, en el Museo Nacional de Historia Natural se mostraba a la comunidad científica mundial el “Compendio de los Mamíferos terrestres autóctonos de Cuba, vivientes y extinguidos”, resultado de, en esta ocasión, la investigación compartida con los jóvenes William Suárez y Stephen Díaz.

En esa oportunidad la dirección del Museo expresó: “Silva, con su sabiduría y experiencia, regala una segunda obra que los naturalistas tendrán que consultar para siempre. Es un libro de Historia Natural que contiene la historia de lo vivo y lo fósil, una obra insuperable que quedará para siempre”.

Sobre la trascendencia del nuevo libro y su posible recepción por la comunidad científica, Silva declara que “el texto es un compendio de 465 páginas, concebido a partir de toda la información recopilada sobre los mamíferos cubanos durante muchos años. El libro constituye un salto, un nuevo concepto sobre la composición taxonómica en Cuba. Se revisaron los cuatro órdenes de mamíferos terrestres cubanos, lo que implicó un trabajo de mayor diversidad que en el caso del texto de los murciélagos.

“Es el resultado de años de colecta, de sólidos trabajos de campo y luego de laboratorio. Incluso mucha información tuvo que obtenerse de colecciones personales y estatales de Cuba y de museos de los Estados Unidos. Mi mayor aspiración es que el material resulte provechoso para todos los interesados en el estudio de la naturaleza, fundamentalmente para los colectivos más jóvenes motivados con los mamíferos”.

Próximo a los 81 años, Gilberto Silva acaba de recibir el reconocimiento de Investigador de Mérito del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de Cuba. En su currículo cuenta que es, además, fundador de la Academia de Ciencias y del Instituto de Zoología. Fue durante muchos años Editor Principal de la Editorial Academia, miembro activo de organizaciones científicas del país y del exterior, autor de publicaciones en títulos de impacto en el mundo y un incansable –y celoso- defensor de la naturaleza.  

-Si conversara con jóvenes que desearan dedicarse al estudio de la naturaleza, ¿qué les recomendaría? ¿Qué atributos no deben faltar en un investigador de las ciencias naturales?

En ambos casos lo primero es ser excelentes seres humanos y darle un sentido a la vida, con principios, una sólida ideología y sentido de la justicia social. Después, el nivel de entrega pone todo lo demás. Ese es mi mensaje para las generaciones más jóvenes. En mi vida siempre mantuve dos direcciones paralelas, trabajar en contra del imperialismo y a favor de la conservación de la naturaleza.

Hombre de carne y hueso, con virtudes y defectos, con etapas alejadas de su objetivo, como vendedor ambulante y también como bongosero, pero sin claudicar jamás. Amante de la lectura y del buen son cubano, muy propenso a las golosinas, callado cuando no son necesarias las palabras, aunque no es difícil encontrarlo rodeado de personas a las que mantiene cautivadas con una nueva anécdota o algún chiste criollo más o menos picante. Cubano de pura cepa, con ideales bien sembrados, así es “El hombre de los murciélagos”.

 



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