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VIVIR ENTRE DIFUNTOS

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Julio Hernández es de las pocas personas que han convertido un cementerio en su segunda casa.

LUIS ALEJANDRO YERO MONTEAGUDO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

“Yo soy un hombre muy bruto. Mi vida no se la he contado a nadie, ni a mi madre, que en gloria esté”, dispara certero Julio Hernández a la primera de las interrogantes que pretendían escarbar en las interiori-dades de un hombre con 64 años de experiencia en el oficio de sepulturero.

“Hago mi trabajo y punto”, responde ríspido, mientras se acomoda a reposar el almuerzo en uno de los bancos de la Necrópolis de Colón, joya del patrimonio cultural y en la lista de los camposantos más fa-mosos del mundo.

Así de difícil presentó Julio sus credenciales. Durante dos semanas incumplió todas las citas acordadas. “Ahora mismo cogió botella en el carro fúnebre”, decían al preguntar por sus señas. Finalmente, al último encuentro, decidí ir una hora antes.

El largo de las uñas enseguida atrapan la atención. Quizás no le al-canza el tiempo para cortárselas o no tiene a nadie que se lo recuer-de. Sus manos grandes y ásperas aprietan bien fuerte al saludar. Es canoso y de piel negra. Una afección en la rodilla lo obliga a caminar arrastrando los pies. Anda pasito a pasito por los rincones del ce-menterio.

Grandes espejuelos lo confunden con esos abuelos que suelen con-tarles historias a los nietos. A veces deja inconclusa las frases al no encontrar las ideas precisas. Otras, las dice de sopetón, casi siempre cuando es una burla.

“De aquí hasta Lawton hay tremendo tramo. Mira, apúrate y deja de preguntar boberías“. “¡Vive tan lejos!”, comento sin responder al ata-que. “¿Y cómo llega hasta aquí?”. La mueca de su cara me anticipa una frase burlona. “¿Cómo va a ser? ¡A golpe de guagua!”, dice y mira de reojo lo que anoto en la agenda. De improviso, comienza a hilvanar algunos trazos dispersos de su larga historia.

“Siempre me ha gustado fumar tabacos. Ni me acuerdo cuándo fue la primera vez que tuve uno entre mis dedos. Nací en el Cerro, en 1931. De mi niñez recuerdo poco. A mi madre la perdí cuando no medía ni una cuarta. Ya cumplí 77 años y aquí estoy desde los 13.”

¡¿Tan niño?!, inquiero rápido para aprovechar su propio impulso.

¿Niño? En aquella época había que hacerse hombre rápido.

-¿Por qué a esa edad? ¿Era tan pobre?

Pobres somos todos. Yo quería ganarme mi dinero. Quise indepen-dizarme. Cuando aquello estaba como en cuarto o quinto grado. No recuerdo bien.

-¿Le viene por tradición familiar el oficio, o es usted el primero?

No, no, no. Mi abuelo, mi papá, todo el mundo. Desde 1870 y pico, mi abuelo era sepulturero en el Cementerio de Espada. Y así nacie-ron sus hijos, luego vinieron los “nueros” y a todo el que pudo, lo coló en el oficio. ¿No quieres estudiar? ¡Ah!, parado en una esquina no puedes vivir. Supuestamente, vine por una semana porque había de-jado la escuela, y aquí estoy todavía.

-Y entonces vino a trabajar al cementerio de Colón.

Sí. El Cementerio de Espada cerró en 1878, y desde entonces co-menzaron a traer los difuntos para acá. Con los muertos vino mi abuelo y aquí echó su vida y la de todos nosotros. Cuando eso yo no estaba ni por los riñones de mi padre.

-¿Recuerda su primer entierro?

¡Qué me voy a acordar!

-¿Y cuál le viene a la memoria?

¡Tantos entierros! Si yo hubiese sido una persona con madurez qui-zás lo recordaría, pero era un niño todavía.

-¿Se asustó la primera vez que vio un cadáver?

Na’. Yo no me impresiono con nada por primera vez. Uno se adapta, como en todas las cosas. Para mí, era meter un cajón en un hueco.  

-¿Le teme a la muerte?

De esa nadie escapa. Aquí todos tienen reservado su pedazo de tie-rra.

-¿Y a los muertos?

Pago al difunto que mueva la tapa de concreto que le ponemos en-cima de su tumba.

-¿Quién le enseñó las mañas del oficio?

Mi padre. Yo siempre estaba a su lado. Es como todo, alguien tiene que irte diciendo: “así se hace”, “no lo hagas de esa forma”…

-¿Aprendió rápido?

Esto no lleva mucha ciencia. Abrir una tapa y meter un cajón.

-Entonces es un trabajo fácil.

No, no, tampoco así. Parece fácil, pero no lo es. La caja tiene que empatar bien con el tamaño de la tumba, debes tener mucho cuidado al bajarla, los cuerpos se exhuman cada cierto tiempo… Todo en la vida tiene su mecánica y enterrar un muerto también.

-¿Se ha casado?

¿Casado? Hasta ahora con mi bolsillo.

-¿No hubo mujeres en la vida de Julio?

Estuve con todas. Ninguna me pudo amarrar, pero no te metas en las cosas de mi casa.

-¿Tiene hijos?

Cinco.

-¿Alguno de ellos es sepulturero?

Uno nada más. Dejó los estudios y yo le dije: “Vamos para el cemen-terio”. Y aquí estamos juntos, porque vago no podía ser.

-¿Otro familiar suyo se dedica a este oficio?

Mi hermano Quilín. Murió ya. Ese era el único que ustedes los perio-distas podían coger para todo esto. A él le gustaban las entrevistas, tirarse foto. De estas tumbas viejas se sabía todos los cuentos. Él tenía mejor memoria. Mira, me está dando sueño, y si me duermo te dejo a media.

-¿Lo aburro?

No viejo, yo siempre cojo un diez después del almuerzo y cuando estoy dormido no respondo para nadie.

-Julio, ¿tiene trabajo todos los días?

¿Cuándo no hay trabajo? Todos los días se muere alguien.

-¿Y siempre está aquí?

De domingo a domingo.

-¿Tanto le gusta este lugar?

Mira, ni muerto podré salir de aquí. En mi casa me aburro y en la te-levisión hablan de lo mismo y lo mismo. Eso es para los muchachos que nacieron ahora.

-¿No es un poco triste vivir prácticamente entre difuntos?

Aquí están mis raíces. Mi abuelo, mi padre, mi hermano, mi hijo…Para mí eso no es triste.

-¿A qué hora se levanta?

No tengo hora, pero nunca he dormido la mañana. No me gusta hacerlo.

-¿Tampoco tiene hora para acostarse?

Yo soy un hombre libre y soberano. Lo mismo me acuesto a las dos de la madrugada que a las ocho de la noche. A veces me pongo a jugar dominó con la gente del barrio o me fumo un buen tabaco antes de acostarme.

-¿No tiene días libres?

Claro, hay veces que me tocan y otras, no.

-¿Y los días festivos?

¿Qué tú piensas, que la gente deja de morirse los fines de años, el 14 de febrero o el Día de las Madres? Para morirse solo hay que es-tar vivo.

-¿Ha enterrado algún personaje famoso?

¿Famosos?, para mí todos son muertos.

-Pero usted sepultó al hombre de la tumba parada.

¡Ah!, sí, Rodriguito. Él compró un terreno para hacer su tumba y la de la esposa. No sé cómo lo adquirió. La hizo para ser enterrado para-do. Se puso tan fatal que murió al terminar el arreglo de la capilla. Se la entregaron al mediodía y por la noche le dio un infarto. Tanto tra-queteo y, al final, ni pudo ver su tumba, ni terminó acompañado. A su mujer la sepultaron por casa del diablo. 

-¿Le costó trabajo ese entierro?

No mucho. Fue un poco más fácil, porque no había problemas con el balanceo de la caja. Solo la tuvimos que dejar caer poco a poco has-ta que llegó al fondo.

-¿Y a sus padres, quién los enterró?

A mi madre no sé, porque era niño cuando murió. Cuando mi padre, ya era hombre, pero en ese momento no me fijé en quien fuera ni dejara de ser el enterrador.

-¿Le ha dado sepultura a algún amigo?

¡Ay!, niño, yo he enterrado a todo el mundo, a amigos y enemigos.

-¿Qué ha sentido?

Yo siento lo mío, lo ajeno no. Cada uno carga con su jolongo. No puedo llevar el sentimiento de este, de aquel o del otro. Los mismos que van al entierro, después van para su casa, se toman cuatro co-ñac y se olvidan del difunto. ¿Cómo voy a llevar esa vida martiriza-da? Nada vale en cuestión de muertos.

-¿Es cierto que ya está jubilado oficialmente?

Hace quince años.

-¿Por qué sigue aquí?

Creo que todavía puedo dar una mano. Además, la chequera no al-canza para vivir. Todo vale más caro de lo que uno gana. Sobrevivo con los trabajitos que todavía puedo hacer.

-¿Cree en alguna religión?

En todas. No soy fanático, pero creo en Dios y en Yemayá. Lo mismo rezo un Padre Nuestro, que le pongo una vela a Changó. 

-¿Si no hubiese sido sepulturero?

Menos vago en una esquina, algo iba a ser en esta vida. Sería alba-ñil o rompepiedra. 

-¿Por qué no le gusta que lo fotografíen?

¡Ay!, mijo, porque no soy modelo, ni historiador, ni estoy para catálo-go de revista.

FICHA TÉCNICA:

Objetivo central: Mostrar la laboriosidad de un hombre mediante su psicología y vida, dedicada por entero al oficio de sepulturero.

Objetivos colaterales: Enseñar las aristas poco conocidas del oficio. Conocer anécdotas curiosas relacionadas con su trabajo y el cemen-terio. Dignificar una labor tan sencilla y hasta vista despectivamente. Exponer otro punto de vista menos triste de la muerte a partir de un hombre que diariamente se relaciona con ella. Revelar la vida poco común de Julio Hernández.

Tipo de entrevista:

Por los participantes: Individual.
Por su forma: Clásica
Por su contenido: De personalidad.
Por el canal que se obtuvo: Directa.

Tipo de título: Llamativo.
Tipo de entrada: De retrato (la que prevalece, puesto que los demás tipos están subordinados a la intención de retratar al entrevistado). 
Tipo de cuerpo: De preguntas y respuestas.
Tipo de preguntas:

1) Cerrada; 2) Cerrada; 3) Cerrada; 4) Directa; 5) Inducida; 6) Ce-rrada; 7) Directa; 8) Cerrada; 9) Cerrada; 10) Cerrada; 11) Ce-rrada; 12) Cerrada; 13) Inducida; 14) Cerrada; 15) Cerrada; 16) Cerrada; 17) Cerrada; 18) Cerrada; 19) Cerrada; 20) Cerrada; 21) Cerrada; 22) Cerrada; 23) Cerrada; 24) Directa; 25) Cerra-da; 26) Cerrada; 27) Cerrada; 28) Cerrada; 29) Inducida ; 30) Cerrada; 31) Directa; 32) Cerrada; 33) Directa; 34) Cerrada; 35) Directa; 36) Cerrada; 37) Directa; 38) Directa

Tipo de conclusión: Frase de impacto que evidencia el final.

Fuentes consultadas:

Documentales:
Ortiga, Josefina:”La ciudad de los muertos”. En: www.lajiribilla.co.cu/2006/n287_11/memoria.html. Consultado: 29/11/08

Risquet, Jesús : ”La Necrópolis Cristóbal Colón”. En: http://edicionesanteriores.trabajadores.cu/proposiciones/cuba%20por%dentro/jrb-cementerio.htm. COnsultado: Ídem

Godoy Tápanes, Idania: “Mi profesión es una de las más humanas”. En:http://www.radio26.co.cu/noticias/rostros/index-02-09-2008-es.htm. Consultado: Ídem

Directas:

Teresita Aloy, historiadora del cementerio de Colón.
Damián Jiménez, sepulturero del cementerio de Colón.    
Julia Barroso, secretaria del cementerio de Colón.

 



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