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VIAJE AL CORAZÓN DE VEGAS ROBAINA

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Tras la marca de un habano con cinco vitolas, está la tradición de una familia pinareña que se sintetiza en el viejo Alejandro. Felicidades hoy en su 90 cumpleaños.

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Al viejo hay que oírle hablar porque con tanta fama y éxito en los últimos años, no ha perdido su inmensa sabiduría guajira y aunque respeta las normas del protocolo en las entrevistas, sigue añorando volver una y otra vez a la tierra, vestir la camisa azul de caqui y el sombrero de guano a las cuatro de la madrugada, para echarse a sus vegas de Cuchillas de Barbacoa, en las espléndidas tierras del macizo de San Luis, en Vueltabajo.

Así es Alejandro Robaina, 90 años en este 20 de marzo, el mejor productor de capas de tabaco de Cuba, miembro de una familia que desde 1845, cinco generaciones han cultivado la tierra para hacerle nacer la preciada hoja del habano, esfuerzo y dedicación que le valió la alegría cuando, en junio de 1997, se presentó al mercado internacional la marca Vegas Robaina con cinco vitolas, en merecido homenaje a él y sus antepasados y, también, a los casi 40 mil productores privados, cosecheros, que hay en la mayor de las Antillas.

España fue el primer destino y, de inicio, se vendieron más de medio millón de unidades de tabaco, elaborados a mano en la fábrica habanera H. Upmann, una de las más antiguas y prestigiosas del país. Dicen que Robaina, en ese año de comienzos, de vez en vez dejaba a medio centenar de hombres encargados de mimar el crecimiento de la hoja para capa, y venía a la capital con manojos, a comprobar él mismo la calidad del nuevo habano.

Ahora, Vegas Robaina se pasea por México, Canadá, Francia, Líbano, Egipto, los Emiratos Árabes y por un grupo importante de Casas del Habano en el resto del mundo, como tabaco de excelencia que evoca en el fumador buenas tierras, permanente cuidado y celo en el cultivo.

Es un habano que ha ganado la adultez en breve tiempo y ante una competencia interna de 34 marcas y cerca de 700 vitolas diferentes. Un fumador decía que es un tabaco a respetar por la calidad de su capa, la cual le otorga envidiables combustión y aroma, y el deleite de admirar el anillo de la ceniza, redondo y granulado.

Alejandro Robaina sigue al pie de sus cultivos, con breves intervalos que imponen su presencia en inauguraciones y actos oficiales. Cuando anda en esos trajines, la cabeza se le harta de preocupaciones por los verdes campos que dejó atrás y, al retornar, siempre dice la misma frase: “¡Llegué, al fin!”. Entonces, la esposa guarda la guayabera fina para una nueva ocasión, y el hombre se marcha a las vegas con su nieto y tres de sus hijos, pues los otros dos se dedicaron a la metalurgia y a la prensa.

En el macizo pinareño de San Luis se siente en lo verdaderamente suyo y es donde con más placer degusta un tabaco, un trago de café y un poquito de ron, tres de sus preferencias en este 2009 que le acerca inexorablemente a la centuria.

Campesino, veguero, hombre de trabajo por sobre todas las cosas, no puede desprenderse de sus apegos por la tierra porque: “Ella es lo más grande, la vida, mi más valioso tesoro. Eso hay que sentirlo muy de corazón para ser un buen agricultor. Amarla, cuidarla mucho, porque de la tierra es el fruto que uno va a recoger”.

 

20/03/2009 15:20 islalsur #. Gentes


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