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LA VIDA EN NUEVE ENTRADAS

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CARLOS MANUEL ÁLVAREZ RODRÍGUEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuando el próximo 8 de marzo el día rompa con un posible sol de umbral de primavera, la Isla comenzará a tomar un matiz diferente. Todos, desde los niños hasta los ancianos, sentirán en sus vidas, de una manera u otra, las influencias de la actuación cubana en el Clásico Mundial de Béisbol.

Y aunque puede intuirse, esta afirmación se basa en la tozudez de la experiencia. Hace apenas tres años, vivimos en esta tierra días innombrables con la primera versión del torneo que ahora se avecina.

Calles completamente desiertas y hogares repletos; ese era el paisaje habitual de las ciudades en cada ocasión que los antillanos saltaron a la grama. Los cuerpos de guardia, de hospitales y policlínicos, mostraron una audiencia inusual. Exabruptos emocionales que obligan a abandonar la silla de espectador en momentos sublimes, enviaron a más de un abuelo a chequearse la presión, y hubo quien no presenció el final, pero… por otras causas. Hasta las mujeres cedieron sus novelas, colando café en el intermedio de las entradas para contrarrestar la andanada de preguntas desesperantes que hacían en cada juego.

Por mi parte, el clásico lo viví, íntegramente, en las aulas viejas de un preuniversitario. Jamás he oído un contraste tan grande entre el silencio y la bulla como sucedió en aquella escuela, cuando Odelín sacó el último out ante Puerto Rico. Todo estaba permitido: profesores y alumnos acordaron plácidamente suspender las clases coincidentes con los partidos. Siempre me quedó la duda de si nuestros maestros temían una rebelión estudiantil.

Lo cierto es que nadie escapó al embrujo de aquellos deleites. El único idioma, durante los 17 días del evento, fue el de los jonrones y los ponches, y nada indica que las cosas cambien para este año.

La ansiedad invade la espera de un suceso que, desde ya, fomenta las discusiones interminables en cualquier esquina. Algunos gritarán hasta el límite los triunfos de Cuba, a otros les dará lo mismo y habrá quien vea estúpida tanta pasión. El evento tendrá sus detractores y sus defensores a ultranza, pero nadie escapará a la aureola que genera, porque si la vida no es un juego de pelota, de seguro que se le parece.

4 de marzo de 2009.

 



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