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¡COMPADRE, TÚ ERES MÁS ARTISTA QUE JARDINERO!

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Manuel Vega recuerda las palabras que le dijo un día el pintor del Rapto de las mulatas, Carlos Enríquez.

MIRTHA GUERRA MORÉ
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

A Manuel Vega Ferrer nadie lo conoce en el barrio de Párraga. Sin embargo, a Manolito, el jardinero, sí, al mismo tiempo que señalan su casa con la punta del dedo. Adentrado desde niño en el complicado oficio de la jardinería, conoce como la palma de su mano los secretos de la tierra y de las flores. A la hora del riego, sabe la medida exacta.

Hoy, anciano de 83 años, el no poder hablar, tras una operación de garganta, dificulta su contacto con los demás, pero rebasa los obstáculos con tan solo un pedazo de papel y un lápiz. Esas serán sus herramientas para contestar cada una de mis preguntas.

-¿Cuándo comenzó a trabajar como jardinero?

A los 13 años.

-¿Y sus estudios?

No había dinero. Mis padres eran asturianos pobres, lo poco que tenía era para asegurar el plato de comida. No podían darse el lujo de mandar a cinco muchachos juntos para la escuela.

-¿Cinco hijos?

Sí. Dos hembras y tres varones. De los machos, yo era el menor.

-¿Y quién les enseñó a leer y escribir?

Mi mamá, Carmen, antes de venir para acá, había ido a un colegio para señoritas en Asturias. Y todas las mañanas, después de fregar los cacharros del desayuno y dejar limpia la cocina, se sentaba con nosotros a enseñarnos una a una las letras. Luego, saltaba para los números. Hasta el día que nos quedamos sin techo.

-¿Y cómo resolvieron la casa si eran tan pobres?

El dueño de una de las fincas, aquí en Párraga, dejó que la familia construyera una casita de madera al fondo de sus tierras a cambio de que mi mamá y mis hermanas le cocinaran y lavaran la ropa. Yo, me ofrecí como jardinero.

-¿Quién era el propietario de la finca?

El pintor Carlos Enríquez.

-¿Era muy exigente con las tareas que debían hacer ustedes?

Era hombre justo. No tenía un centavo y siempre buscó la manera de pagar. Me daba las botellas vacías de la noche anterior para venderlas, al otro día, en la bodega. En su casa, casi todos los días, había fiestas.

-Durante la ausencia de Carlos Enríquez en uno de sus viajes a México, usted comienza a colocar, desde la entrada de la finca, botellas enterradas boca abajo. ¿Cómo se le ocurrió?

Él me dejó, antes de irse, dos sacos de botellas carmelitas para vender al bodeguero. Pasan los días y no le di nada al hombre. Hasta que las cogí para bordear las plantas de mar pacífico y los troncos de caoba que hacían de cerca.

-¿Cuál fue la reacción de Carlos al ver aquello en su jardín?

Me dijo: ¡Compadre, si tú eres más artista que jardinero! Ahora sí, te vas a fastidiar, Manolito, porque no doy ni una botellita más para vender.

-¿Entonces le gustó?

Y de qué manera.

-Después de recoger esos recipientes durante años. ¿Cuántos llegó a colocar?

(Deja el lápiz para hacer un gesto con las manos y la boca, trata de indicar la infinidad de las cifras). Miles.

-Manuel, ¿hay algo de cierto en el mito de que la mayoría de esas botellas fueron consumidas por Carlos?

Nunca lo vi tocar una cerveza en su vida. Su fuerte era el Matusalén. Todos los días desayunaba con una botella en la mesa. Fuera de ese ron, más nada.

En la actualidad, la Casa-Museo Hurón Azul, Monumento Nacional desde octubre del 2002, conserva todavía las primeras botellas puestas por Manolito, en el camino principal que conduce a la morada.

-De su trabajo en la década del 30 en este lugar, he oído elogiosos comentarios sobre el cayo de mariposas que sembró en las cercanías del jardín. ¿Mucho esfuerzo?

Cargar grandes cubos de agua. Las mariposas son flores que se dan bajo riego constante y sol fuerte. Un día sin agua y ya están muertas. Creo que eran casi una veintena.

-En 1947 abandona el Hurón Azul. ¿Por qué?

El cáncer en las cuerdas vocales ya había avanzado mucho. Según el médico, lo mío llevaba operación y debía separarme por un tiempo de la guataca y el chapeo.

-Diez años después de su partida, muere Carlos Enríquez. ¿Qué sintió al saber esa noticia?

Me dio mucha tristeza. Carlos solo tenía 56 años, era todavía un hombre joven.

-¿En esta etapa es cuando realiza sus reproducciones sobre los cuadros De Vigo a la Coruña y La Lola en el pueblo?

Sí. Vi mucho tiempo pintar a Carlos en su estudio. De lo poco que aprendía mirando, hacía mis dibujos a escondidas. Nunca tuve el valor de mostrárselos.

-¿Por qué?

Por vergüenza.

-¿Y esas casitas Hurón Azul de papel maché que hace?

Las hice de todos los tamaños, chiquitas, medianas y grandes. Cogí un lugarcito en el concurso Combate, que se celebra todos los 3 de Agosto, en memoria de Carlos.

-¿Por qué vuelve a trabajar en el Hurón Azul en 1980?

En ese tiempo, el marabú estaba muy crecido en la finca y la maleza cubría la zona del antiguo jardín. También por esa época se comenzó a preparar la casa como museo. Entonces, Raquel Valdés, la primera directora del Hurón Azul, por medio de los vecinos, llegó a mi casa para pedirme ayuda. Ella quería regresar aquel lugar a lo que había sido antes. Todos creían a sus espaldas que estaba chiflada.

-Pero, ¿usted aceptó?

Sí. También tenía mi poquito de esperanza.

Al final, Manolito logró, después de siete años de trabajo, regresar el jardín de Carlos Enríquez. Desde las seis en punto de la mañana se le veía marchar, guataca al hombro, para el mismo lugar: “Debía adelantarme al sol”.

Lamentablemente, ya no contamos con su presencia física, pues falleció el pasado 13 de julio. Pero basta una visita a aquel jardín, donde hoy descansan sus cenizas, para apreciar la obra que nos dejó.

Ficha técnica:

Objetivo Central: Dar a conocer la entrega de Manuel Vega al Hurón Azul, su estrecha relación con este lugar como jardinero de Carlos Enríquez.

Objetivos colaterales: Tratar de acercar al lector a la faceta artística de Manuel, al mismo tiempo que se abordan pinceladas de su vida personal.

Tipo de entrevista:

Por los participantes: Individual.
Por su forma: Mixta.
Por su contenido: De personalidad.
Por el canal que se obtuvo: Directa.

Tipo de título: De cita textual.
Tipo de entrada: De presentación.
Tipo de cuerpo: Mixto.
Tipo de cierre: De información

Por el tipo de pregunta:

-¿Cuándo comenzó a trabajar como jardinero? Cerrada.

-¿Y sus estudios? Abierta.

-¿Cinco hijos? Cerrada.

-¿Y quién les enseñó a leer y escribir? Cerrada.

-¿Y cómo resolvieron la casa si eran tan pobres? Abierta.

-¿Quién era el propietario de la finca? Cerrada.

-¿Era muy exigente con las tareas que debían hacer ustedes? Cerrada.

-Durante la ausencia de Carlos Enríquez en uno de sus viajes a México, usted comienza a colocar, desde la entrada de la finca, botellas enterradas boca abajo. ¿Cómo se le ocurrió? Abierta.

-¿Cuál fue la reacción de Carlos al ver aquello en su jardín? Abierta.

-¿Entonces le gustó? Cerrada.

-Después de recoger esos recipientes durante años. ¿Cuántos llegó a colocar? Cerrada.

-Manuel, ¿hay algo de cierto en el mito de que la mayoría de esas botellas fueron consumidas por Carlos? Explorativa, abierta.

-De su trabajo en la década del 30 en este lugar, he oído elogiosos comentarios sobre el cayo de mariposas que sembró en las cercanías del jardín. ¿Mucho esfuerzo? Cerrada.

-En 1947 abandona el Hurón Azul. ¿Por qué? Abierta.

-Diez años después de su partida, muere Carlos Enríquez. ¿Qué sintió al saber esa noticia? Abierta.

-¿En esta etapa es cuando realiza sus reproducciones sobre los cuadros De Vigo a la Coruña y La Lola en el pueblo? Cerrada.

-¿Por qué? Abierta.

-¿Y esas casitas Hurón Azul de papel maché que hace? Abierta-Explorativa.

-¿Por qué vuelve a trabajar en el Hurón Azul en 1980? Abierta.

-Pero, ¿usted aceptó? Cerrada.

 

 



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