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JORGE IBARRA: LA VIDA ENTERA EN UNA TAZA DE CAFÉ

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MARIANELA GONZÁLEZ,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
 
Cuando Jorge Ibarra les brinde café, piénsenlo dos veces. “¡Ya vas a ver qué bueno me queda…!” Y tenía razón. Luego, taza en mano, el entrevistado, apacible, lanza la contraofensiva: “A ver, ¿y tú qué piensas de nuestra Cuba actual?” No es difícil responderle, pero cuando tienes veintipocos años, compartir tus mozos conocimientos de historia y hasta de economía con un sabio de 78 no es coser y cantar. La suerte, creo, son aquellos sillones maravillosos que se mecen como cunas, tan suavemente que cualquier agitación se calma y las frases parecen nanas. El historiador te escucha como quien va a una clase: “Los jóvenes…, hay que escuchar a los jóvenes”. ¡¿Y te da las gracias?!

Nacido en Santiago de Cuba, en 1931, Jorge Ibarra militó desde joven en organizaciones revolucionarias estudiantiles y, una vez graduado, en el núcleo santiaguero del Movimiento 26 de Julio. Al triunfo de la Revolución, inició su carrera como historiador con publicaciones de ese corte en varias revistas del país, a los que siguieron importantes textos como Latifundismo y especulación. Notas para la historia agraria de Isla de Pinos (1900-1958); Ideología mambisa; Patria, Etnia y Nación; Cuba: 1898-1921; Partidos políticos y clases sociales;  Cuba: 1898-1958: estructuras y procesos sociales; y Máximo Gómez frente al imperio, 1898-1905, entre otros textos destinados a la enseñanza. Cuenta, junto a muchos otros reconocimientos, con los Premios Nacionales de Historia y Ciencias Sociales.

Este año, se le dedica la XVIII edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana, junto a Fina García Marruz y Casa de las Américas. Pretexto para escucharlo como al abuelo que cuenta historias antes de dormir, hipnotizados con el humo que serpentea desde la taza de café.

-Su infancia transcurrió en los años 30, momentos de extrema convulsión política y social en Cuba. ¿Cómo recuerda aquellos años, a su familia,  a la forma en que se vivía en el Santiago de la época?

El Santiago de la época era parecido al de ahora, con las lomas de sube y baja. Recuerdo que siempre me hablaban de un terremoto que hubo, cuando yo tenía un año. La pared de la casa cayó sobre la cuna donde estaba y lo que me salvó fue el mosquitero. 


Recuerdo poco de la situación política y social de la década del 30. Pero voy a hacerte la historia desde mí, desde mi familia. Yo era asmático… es una enfermedad que ahora tiene 76 años. ¡Casi es más vieja que yo! Pero ha sido bastante benigna, ya tengo 78. De mi infancia lo que más recuerdo es a mi padre cargándome para llevarme al médico y poniéndome analgésicos en el pecho, que eran como ungüentos que mantenían el calor en el pecho. Mi infancia transcurrió así, con esa sensación de ahogo.

Te cuento lo del asma no solo porque es algo que he cargado perennemente, sino porque condicionó tal vez para siempre la forma en que he vivido, desde mi adolescencia y mi juventud. El asma me salvó de la escuela. Yo no podía ir, y entonces tenía un maestro privado que me daba clases en la casa. Mi madre también ayudaba, siempre estaba leyéndome libros, desde muy pequeño. Cuando empecé a hacer una vida al aire libre fue cuando mis padres decidieron mudarse conmigo a la playa. Ahí viví cinco años, y fue donde entré en contacto con la naturaleza: aprendí a vivir, a respirar.

-A los 15 años ya casi había erradicado el problema, pero aún seguían las crisis. Es por aquellos años cuando se traslada a los EE.UU.

Sí, por aquella época yo había ingresado en el bachillerato, en el colegio Lasalle. Tenía malas relaciones con los curas, era travieso y, además, como nunca antes había tenido la experiencia de la escuela, era muy rebelde. Me llevaba mal con ellos, repudié todo lo que me enseñaron… las prédicas religiosas, y todo eso. Desde temprano dejé de creer en Dios. Empecé a llevar una vida desordenada: tomaba ron, iba a clubes, evadía las clases… Entonces mi padre decidió enviarme a EE.UU.

Allí estudié el bachillerato, cerca de Boston. Luego, ingresé en la Universidad de Pennsylvania para estudiar Economía; pero solo hice un año. Después regresé a Cuba y matriculé en la Universidad de Oriente.

-Derecho…

Sí, Derecho.

-El joven Jorge Ibarra parecía tener disímiles inquietudes: un año de Economía en la Universidad de Pennsylvania, en 1950; alumno de la Escuela de Derecho de la Universidad de Oriente, en 1952. ¿Por qué tanta diversidad de vocaciones?

Parece ser que al principio no las tenía muy claras. Al final descubrí que la Economía no me gustó… ¡para nada! Yo tenía inclinaciones literarias, me gustaban los estudios de ese tipo…lamento incluso el no haber estudiado Letras, en vez de Economía o Derecho. Pero mi familia lo decidió así. Esa era la forma en que funcionaba antes.

-Finalmente, ¿cómo llega la Historia a ocupar el primer puesto?

Bueno, la Historia llega al primer lugar de mis vocaciones con el triunfo de la Revolución. Yo sentía la necesidad de escribir artículos de corte histórico en las publicaciones periódicas. Estaban concebidos para defender la Revolución, para dar una imagen de lo que había sido el pasado en Cuba y la necesidad de que hubiera cambios. Ya tenía una concepción marxista de la sociedad y la historia, y con ella me decidía a hacer periodismo.

Empecé a colaborar en Surco, una revista de Santiago de Cuba. Tenía una columna que se llamaba El amigo del pueblo, nombre que se le daba a Marat, un revolucionario muy radical de la Revolución Francesa, quien fue asesinado por una noble mientras se bañaba. Asumí ese nombre y casi todos los artículos tenían un contenido histórico. Trataba de explicarme y explicarles a los lectores los fenómenos, las diferencias con el pasado, lo que habían significado las luchas en la formación de la conciencia nacional y cosas similares, que me parecían tan necesarias para comprender mejor lo que estábamos viviendo. La gente necesitaba eso. También yo.

-¿Qué solía leer en la juventud?

Yo leía mucho la prensa periódica. Era un seguidor de los artículos de Segundo Ceballos, de Pino Santos y Cepero Bonilla, que eran muy críticos de la política del momento y tenían una vocación democrática, radical. Esos artículos se publicaban en Bohemia: denuncias de la vida del campo y de la miseria espantosa que había en ellos. Nadie en La Habana se la podía imaginar… te golpeaba en los ojos. La Habana tenía una realidad diferente al resto del país y nuestra generación tomó conciencia de ello muy temprano. Decíamos que había que hacer una revolución para derrocar el régimen del 10 de marzo, pero no para volver al 9 de marzo, que era el democrático-burgués, el de los corrompidos. Ese era uno de los problemas que nos planteábamos y la lectura de la prensa contribuyó mucho a ello.

-Cuando ingresa en la Universidad de Oriente milita en diversas organizaciones estudiantiles y participa en las actividades clandestinas que ellas organizaban. ¿Cómo recuerda la vida universitaria de los años 50, a cientos de kilómetros del Alma Mater?

Mira, en Oriente la Universidad era muy pequeña, sumaba si acaso cinco o seis años de abierta cuando yo matriculé. Tenía una escuela de Pedagogía muy buena, algunas de Ingeniería, una de Ciencias Comerciales y una de Derecho. En realidad, allí no había la agitación y la efervescencia que había en La Habana, con sus protestas y manifestaciones estudiantiles de gran envergadura. Por eso, un pequeño grupo tuvo que luchar mucho para hacer sus actividades de protesta, que desarrollábamos sobre todo en centros de segunda enseñanza. En este sentido, como tú ves, la Universidad de Oriente estaba un poco retrasada en relación con la de La Habana; pero luego, muchos de aquellos compañeros fueron ocupando puestos importantes en el movimiento nacional contra el régimen. Ahí estaban Frank País, Melba Hernández, Pepito Tey y otros menos conocidos, pero que lucharon en las mismas condiciones.


-¿Usted pertenecía también a ese pequeño grupo?

Sí, yo fui presidente de la FEU y así coordiné la vinculación del movimiento estudiantil con el resto del movimiento revolucionario. Un poco después, ya fuera de la Universidad, nos vinculamos al movimiento de García Barcia, en que estaban Faustino Pérez y Armando Hart. Ellos habían intentado tomar Columbia, tratando de darle un contragolpe a Batista.

Aunque fracasaron, lo importante era su propuesta: la nueva generación era quien debía hacer la revolución, sin vincularse a ningún partido político. Esta revolución debía estar basada en el principio de justicia social, libertad y antiimperialismo. Todo eso me hizo tomar conciencia temprana de lo que estábamos haciendo y de lo que queríamos. Para hacer la revolución había que hacerlo con nuevos hombres, no con los hombres del pasado. Había que empezar poco a poco, creando grupos de acción, con la gente más radical…y eso hicimos.

-Por esas acciones, en el año 1956 tiene que volver a Estados Unidos, esta vez como exiliado político, y solo regresa a Cuba tras el triunfo de enero de 1959. ¿Lamenta el Jorge Ibarra revolucionario e historiador el hecho de no haber sido testigo del 1ro. de enero de 1959?

¡Imagínate! Es quizá uno de los momentos más duros que he vivido. Un momento de gran alegría, pero de mayor tristeza. Había caído la dictadura, algo por lo que tanto habíamos luchado, y yo no estaba ahí para verlo. Como historiador, hubiera querido presenciar el discurso de Fidel donde decía que esta vez no nos pasaría como a Calixto García, que esta vez sí llegarían al final. Sabía que era un momento decisivo en la historia, y como apasionado de la Historia lo hubiera dado todo por presenciarlo.

-¿Cuánto ha aportado a su obra como historiador el hecho de haber vivido los años más intensos de la República y conocer a figuras que para muchos hoy solo son referentes lejanos? 

En primer lugar, conocerlos, conocer a la juventud que hizo revolución, conocer sus motivaciones, lo que realmente los llevó a la lucha y a sacrificarse por la realización de un ideal. Eso me permitió luego romper los esquemas clasistas que había en la época y con aquello de que los elementos pequeño-burgueses eran elementos timoratos, que se vendían con facilidad al poder. Me permitió comprender los procesos en toda su dimensión y estudiarlos con conocimiento de causa, con protagonistas humanizados, creíbles, cercanos.

-Mucha de su obra se vierte sobre el propósito de indagar en temas como la ideología, la identidad, el propio concepto de nación y serios estudios sobre el proceso de formación de la nacionalidad cubana. ¿Por qué han sido tan importantes para usted estas cuestiones?

He estudiado las revoluciones en el contexto de la formación de la conciencia nacional: la revolución del 68, la del 95, la de 1930 y la de los años 50. Cuatro revoluciones con carácter anticolonial, en momentos en que hemos estado bajo dominio de potencias. Pocos países en el mundo tienen una historia de luchas tan intensa y tan amplia como Cuba, y eso ha sido posible gracias a la conciencia histórica, que nos permitió luchar contra el ejército de ocupación más grande de la historia de América, en una expansión territorial mínima. Es algo que merece la pena estudiar y difundir, para que esa conciencia histórica siga en pie.

-Sin embargo, son pocos los estudios que ha dedicado a temas de la Historia de Cuba a partir de 1959, hecho además reconocido como uno de los mayores vacíos con que cuenta la historiografía cubana del siglo XX. ¿A qué se debe esto?

El problema es que del 59 para acá era la Historia que se estaba construyendo, en presente. La Historia hay que hacerla desde el pasado: lo demás es política, y eso nunca me atrajo.

-¿Qué es la Historia para Jorge Ibarra?

Es el devenir de la sociedad humana en el transcurso del tiempo. El más grande patrimonio de los pueblos, en cualquiera de las latitudes.

-¿Por eso es que ha alertado tanto sobre la importancia de su enseñanza?

La conciencia histórica es fundamental para la formación cultural, ética, para forjarse una visión del mundo. Uno tiene que saber que los sentimientos nacionales y patrióticos son los que te dan la formación y constituyen móviles importantes. En todo el mundo, el sentimiento de Patria y de Nación es un llamamiento.

Los sentimientos que vinculan al hombre a la comunidad donde vive son fundamentales, y eso se preserva a través de la enseñanza de la Historia. De la correcta enseñanza de la Historia.

-Este año se le dedica la XVIII Feria Internacional del Libro, junto a Fina García Marruz y a la Casa de las Américas. ¿Qué significa para usted?

Para mí es un honor que no esperaba: estar junto a Fina, una de las voces más importantes de la sensibilidad cubana; junto a Casa, que ha representado para todos los cubanos el vínculo con la América… Me quedo sin palabras, no encuentro las correctas para decir más.



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