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¡LO QUE HACE UN PARTIDO DE PELOTA!

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CARLA GLORIA COLOMÉ SANTIAGO,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Gritos. Aplausos. Besos. –Papi, ¿ya ganaron?- Sííííííííííííí.

Entonces también comencé a gritar, a aplaudir y a repartir besos. No estaba ni en el Latino, ni en el Sandino. En el portal-estadio de la casa de mi tía, me encontraba sentada en los banquillos de los que de pelota, nada saben. En aquel portal-estadio había de todo: industrialistas, pinareños, santiagueros, santiagueros que por no irle a Industriales apostaban por Villa Clara, pinareños casados con villaclareñas, y yo. Yo era de las que entendía mejor las Matemáticas que a un árbitro. Entonces solo me quedaba una opción: si mi papá gritaba contento, ya sabía por dónde estaba el juego: los azules iban ganado.

En esos espacios del partido donde no sucede nada -al menos eso creo, porque la gente aprovechaba para ir al baño y tomar café- yo meditaba un poco, y no precisamente sobre lo que podía ser el “center fill”, el “fildeo” y esa cantidad de palabras que no entiendo. ¡Lo que hace un partido de pelota! Hacía tiempo mi familia no se reunía ni gritaba tanto. Mi tía permitió la bulla en casa a pesar de sus achaques. Yo nunca había visto a la vecina del frente besar al esposo. Ese día hubo café para varias rondas.

Y entre los empates y desempates, las alegrías y los disgustos, el café o la falta de silencio, seguía pensando: ¡Lo que hace un partido de pelota! A mi no me gusta el deporte y, sin embargo, la silla me ata. Mañana tengo que levantarme temprano y no logro pegar un ojo. Hasta este momento no me interesaba ir el Latino, pero aunque hoy termine el juego, por estos días quiero ir a ver la estatua de Armandito el tintorero.

Y fue en medio de mi pensar en el béisbol y en la mezcla quizás hechicera del bate y la pelota, en medio de los otra, dale, así, buena, cuando oigo a mi papá: ¡Ese de las gafitas es un loco! Y en medio de los gritos, los aplausos y los besos, me enteré de que Industriales era Campeón Nacional.

A aquella hora de la madrugada ya no podía pensar tanto. Es imposible meditar en medio de una conga que, además, tenía de todo: industrialistas de siempre, industrialistas desde hacía unos minutos, santiagueros, santiagueros que reconocían el esfuerzo de los naranja y el éxito de los azules, esposos pinareños, esposas villaclareñas y yo. Yo, que soy de los que de pelota, nada saben.



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