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TIEMPO PARA UN “TE QUIERO”

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MARTHA ISABEL ANDRÉS ROMÁN,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

No sé de dónde sacan la firmeza, ni de dónde les llega la fuerza que cada mañana los hace enfrentar la vida sin temores, con la complicidad íntima de quien conoce todos sus secretos. Pero día tras día los veo saludar al mundo con una sonrisa, mientras dejan en el camino un trozo de amor.

Detrás de la nívea cabellera está la sabiduría insustituible de la experiencia; detrás de los ojos limpios, la profundidad de quien ha visto mucho; detrás de las palabras pausadas y susurrantes, el consejo preciso; detrás de los pensamientos distantes, un alma henchida recuerdos.  

Los jóvenes deberíamos mirar a los ancianos, más que con respeto, con homenaje y consagración.  Ellos merecen nuestra entrega, no por los cuidados que necesitan, sino por todo lo que tienen para brindar.

Generalmente asociamos a la juventud con el arrojo y la decisión, con la rebeldía y el coraje de la edad. Pero muchas veces olvidamos que ellos, desde su humilde rutina, pueden dar tantas muestras de bravura como los más lozanos rostros.

Lo que ellos hacen sí se llama valentía, se llama levantarse con el sol, preparar el desayuno de hijos y nietos que atraviesan el amanecer con la locura de la puntualidad, y ordenar todo el reguero de la casa después de que pasa ese vendaval matutino.

Eso sí se llama energía: recordar la costura del botón del uniforme, realizar magia en la cocina para “crear” un plato nuevo, hacer largas colas en espera del último producto llegado a la bodega, perdonar un error sin soltar una reprimenda o pedir una excusa.

Los que gozamos el frescor de los primeros años deberíamos mirar más a menudo el rostro de nuestros abuelos, e intentar descubrir, tras la accidentada geografía de sus facciones, una luz intensa que el tiempo nunca apaga.

Deberíamos sentarnos a su lado más a menudo, regalarles un abrazo, colocarles un sonoro beso en la mejilla y reírnos con un gusto tremendo a su lado.

A fin de cuentas, ¿quiénes, si no ellos, son los reyes magos constates de nuestros caprichos, los que malcrían sin importar las consecuencias, los que hacen sacrificios incalculables por librarnos de toda carga, los que, cual hadas madrinas de cuentos infantiles, transforman nuestros problemas en soluciones, nuestros pesares en alegrías?

No es casualidad que de niños nos imagináramos esas hadas como viejecitas sensibles, ni que todos los reyes buenos de las historias tuvieran barba blanca y perfil bondadoso. Es que para expresar la suavidad y el sacrificio, para poner un nombre a la ternura y un rostro a la sencillez, solo hay una palabra precisa: abuelo.

A veces el ajetreo nos absorbe, y el automatismo diario nos obliga a pasar días, semanas y hasta meses, sin que de nuestros labios salga una palabra cariñosa. Pero ellos no se ofenden, nos miran con comprensión, y nos brindan mil te quieros por cada uno que nosotros nos callamos.

Por eso paremos el tiempo, olvidémonos de calendarios y de horas. Pospongamos cada tarea, por importante que parezca, y concertemos una larga cita con ellos. Acariciemos una a una sus canas, hagámosles una deliciosa comida y arreglemos esa pieza de ropa elegante que hace mucho no se ponen por falta de tiempo para repararla.

Mañana…quizás mañana, cuando ya no estén aquí, un vacío incontrolable nos estremezca sin piedad. Entonces no podremos evitar, cada vez que entremos en la cocina, sentir un dulce sabor a arroz con leche, y todavía escucharemos el sonido de las hojas del periódico al ritmo del balanceo de un sillón que tarde a tarde les sirve de nave a épocas pasadas.

Mañana… quizás mañana seamos nosotros los de los pasos lentos y manos temblorosas, los de miradas perdidas en el tiempo, los de sabios consejos para brindar. Quizás mañana seamos nosotros los que nos entreguemos sin condición, los que, desde nuestra ternura y nuestro silencio, también anhelemos un “te quiero”. 



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