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CAMPEÓN DEL PERIODISMO DEPORTIVO

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Tras cuatro años de retiro, Elio Menéndez García recuerda la época en que la palabra y la pluma iban de la mano. Mereció en el 2003 el Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida.

Texto y foto:
LORENA SÁNCHEZ GARCÍA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Tarde invernal. El Cerro, estrepitoso. Una sala pequeña con objetos de niños traviesos y paredes llenas de retratos familiares. El silencio se impone. De pronto, el teléfono rompe la armonía del ambiente. En apenas un instante sale Elio, con sus cabellos níveos y ojos minúsculos. Reconozco en él, al campeón de quien tengo referencias, todo un artífice en el periodismo deportivo. Sereno, se acomoda en la butaca que está a mi lado.

Comienza, lentamente, a relatar sus andanzas en el pueblito de Juanelo, lugar que lo vio corretear de niño. Como un gran conocedor del béisbol y el boxeo narra sus experiencias en este terreno. Habla de los tantos años como cronista deportivo en busca de una buena historia, esas que plasmadas en los recortes de papel, ponen el mundo a nuestros pies.

Pero  no siempre la vida de Elio Menéndez estuvo marcada por la pluma, antes tuvo que tropezar con disímiles obstáculos propios de la época prerrevolucionaria. Necesitó incursionar en forzosos trabajos para poder alimentar a su familia, los cuales le enseñaron a mantenerse firme y a perseverar.

-¿A qué se dedicaba antes

del triunfo revolucionario?

Tuve la necesidad de dejar la escuela en sexto grado. A partir de entonces, enfrenté la vida bajo las más diversas condiciones. A los 15 años inicié la actividad laboral en una panadería. Después, salí a la calle y me convertí en vendedor de dulces, galletas y hasta billetes de lotería.

Ya estaba casado y tenía una hija cuando en enero de 1958 me enrolé  en la dotación del vapor de pasajeros Florida, el cual cubría la ruta La Habana- Miami-Nassau. Este, a mediados de ese mismo año, dejó de venir a Cuba cuando se agudizó la lucha revolucionaria contra el tirano Batista. En el barco limpié los calderos, platos y la cubierta.

A mediados de 1959, me despidieron por alargar un permiso de visita a La Habana. Así marché indocumentado, primero, a New Jersey, y luego a Nueva York. De la ciudad de los rascacielos fui a Long Island donde trabajé en el club Malibú, bajo las más disímiles funciones, la principal de ellas cuidar de las casetas de los socios del club, garantizando su seguridad y limpieza. Poco tiempo después, agentes de la Inmigración norteamericana me devolvieron a La Habana. Era el 7 de diciembre de 1960 cuando regresé a Cuba.

-¿Cómo llega al periodismo?

Al tocar suelo patrio comencé en el sector de la construcción, hasta que un afortunado encuentro con el genial periodista y narrador deportivo Bobby  Salamanca, mi amigo de infancia y adolescencia, me propició entrar en el diario Noticias de Hoy. Al frente de su página deportiva estaba Daniel Reguera, quien me brindó todas las posibilidades de escribir.

En aquella época se fueron del país infinidad de periodistas y la prensa deportiva quedó virtualmente huérfana…era mi oportunidad. Recuerdo que la primera cobertura fue un juego de pelota entre Regla y la Administración Pública. La permanencia en Hoy por las noches, en fase de colaborador sin “paga”, la compartía con el trabajo diario en la construcción, hasta que ingresé en la plantilla del recién creado Instituto Nacional de Deporte y Recreación (INDER), en 1961, para lo cual sirvió de mucho el aprendizaje práctico adquirido en Hoy. No había perdido el tiempo. 

En esa institución deportiva  fui el secretario general  de la sección sindical y en una de las tres zafras del pueblo a las que asistí, tuve el enorme  privilegio de coincidir y departir, por mi condición de jefe de brigada, con el entonces Ministro de Industrias, Comandante Ernesto Che Guevara, quien probaba las primeras máquinas cortadoras de caña en la colonia Palizada, del central Ciro Redondo, en Morón.

-¡Y luego…!

En 1964, José Llanusa, director del INDER; me envió a El Mundo, cuya página deportiva estaba en crisis. Se fundó Granma con la fusión de los periódicos Revolución y Hoy y  pasé a trabajar allí. En el Órgano del Partido estuve hasta 1971, año en que me trasladé a Juventud Rebelde, donde permanecí hasta mi jubilación.

-Pero usted  no asistió

a ninguna Academia…

No, yo soy periodista a machetazos. Mi mayor ventaja radicaba en ser un gran lector de deportes. Si alguien me impulsó al periodismo fue Eladio Secades; él escribía en el Diario de la Marina, Bohemia y Alerta. Me encantaban sus crónicas, tanto, que muchos de sus párrafos aún los memorizo.

Por otra parte, estaba consciente de mi escaso nivel. Pero leer mucho te ofrece grandes posibilidades y opté por “beberme” a Onelio Jorge Cardoso y otros autores costumbristas, así como a los mejores redactores de las agencias cablegráficas cuyo contenido dejaba a un lado, sirviéndome de su forma o estilo para mejorar el mío. Solía utilizar el argot popular en mis crónicas, cuidándome siempre de no caer en el “chavacanismo”; para “adornar” mi trabajo fui enemigo de palabras que obligaran al lector a acudir al diccionario.

-¿Por qué la crónica?

Ese es el género periodístico de más agrado  para mí, tengo una cierta inclinación hacia ella. Una crónica se escribe con el alma. Para un cronista lo principal son los sentimientos, se debe escribir con emotividad y apasionadamente, estar enamorado de la vida, en fin, ser un gran romántico. Así soy yo. Elegí la crónica porque descubrí en el pueblo cubano una enorme sensibilidad. Con ella, por medio del corazón, toco las puertas del razonamiento y de la reflexión.

-¿Cuál ha sido la más importante

de sus crónicas?

Todas son importantes. Yo tuve la buena o mala  costumbre de leerme al día siguiente lo que escribía, por eso, las disfruté. Ellas son como los hijos, es muy difícil querer más a uno o a otros porque, en definitiva, son parte de ti. Son parte de tu trabajo, de tu esfuerzo, son tus creaciones. Aunque hay una  dedicada a mi padre, se titula Cuando veo a esos padres, la cual tiene un gran significado para mí.

Hubo otra que me motivó muchísimo, no por el valor de la misma, sino por la consecuencia del hecho. Ocurrió en New York, en 1978, cuando el tope bilateral de boxeo  Cuba–Estados Unidos, efectuado en un Madison Square Garden, caldeado por la asistencia de cientos de apátridas. Por otra parte, estuvieron presente los “cubanos de Fidel”, como se autollamaban, y miembros de la colonia latina neoyorquina. Momentos hubo en que se peleaba a la par en el ring y en el público.

En esos tiempos se utilizaban tres oficiales por combate y cuando el árbitro era uno de los nuestros, en el jurado habían dos norteamericanos y un cubano, o a la inversa. En caso  de una pelea reñida, el fallo favorecía al boxeador que tuviera a dos coterráneos como jueces. Esto sucedió al chocar Stevenson con Jimmy Clark, en el combate el norteamericano llevaba mínima ventaja, pero sabíamos que la decisión sería para el nuestro, dos de los tres jueces eran compatriotas, lo cual produciría un escándalo de marca mayor.

Pero Teófilo no dio lugar a discrepancias. A escasos segundos de sonar el último gong, puso fuera de combate a Clark con uno de sus derechazos.  Entonces el Garden se convirtió en un manicomio; quienes alentaron  al ídolo deportivo durante toda la velada querían llegar a los camerinos para saludarlo. Fue aquella una auténtica noche cubana en las entrañas de monstruo.

-¿Qué opina del periodismo

deportivo  actual?

La realidad periodística actual es totalmente diferente a la de los años 60 cuando yo me inicié. En aquel entonces, la prensa no tenía figuras de gran capacidad. El periodismo de hoy se encuentra en un punto excelente, cuenta con valores jóvenes a los que solo les falta experiencia; pero poseen las técnicas de la Universidad. Actualmente, tienen un reto bien difícil: se escribe para un público más culto.

-Durante su labor  periodística se

especializó en boxeo y pelota.

¿Cuál de los dos prefiere?

Prefiero la pelota, soy industrialista hasta la médula, antes no lo podía decir porque debía ser imparcial, pero ahora lo declaro. En un primer momento solo atendía el béisbol, llegué al boxeo por una cuestión coyuntural. Personalmente lo rechazo, sobre todo, al profesional, es un deporte tercermundista del cual se sirven managers y empresarios inescrupulosos para enriquecer su bolsillo. Por suerte, en Cuba esto no sucede, pues el estado protege lo mismo a los púgiles de gimnasios que a nuestros múltiples campeones olímpicos y mundiales.

-¿Por qué escribió el

libro El boxeo soy yo?

De niño iba a los encuentros de boxeo con mi padre, él era aficionado a ese deporte y, por consiguiente, de Kid Chocolate. En mi casa  hablaban mucho de ese gran pugilista y para mí significaba un enigma, todavía guardo recuerdos suyos. Él tenía mucha popularidad, fue para el boxeo lo mismo que Benny Moré para la música. Por todos esos argumentos me interesé en hacer un libro, pero me lo negaron dos veces. Entonces acudí a mi amigo Víctor Joaquín Ortega para que colaborase conmigo y juntos lo terminamos.

-Usted colaboró con el guión de la cinta

suiza Nocaut, inspirada en ese libro,

¿qué valoraciones tiene sobre la misma?

Ese filme comenzó por la vida de Chocolate y después pasó al boxeo actual. Duró una hora y cinco minutos, ya era un largometraje. A mí me corresponde del guión solo las escenas donde interviene Chocolate, a partir de ahí yo solo les serví de guía. La idea fue muy buena, en un principio, aunque entiendo que no se logró el objetivo. Los suizos pretendían valerse de los triunfos del boxeo cubano para demostrar cómo un país donde existían tantas dificultades podía salir adelante.

-¿Desearía publicar alguna obra inédita?

Tengo otro libro, Swines a la nostalgia, una compilación de muchas de mis crónicas publicadas en la sección Tiempo, del diario Juventud Rebelde, entre los años 2003 y 2005. Yo nunca he tenido suerte con las editoriales, pero quisiera publicar otras cositas, como la crónica del secuestro de Fangio, un corredor de automóviles, cinco veces campeón mundial, quien en 1958 fue  retenido por un audaz comando del Movimiento 26 de Julio con el propósito de dar a conocer al mundo la autenticidad de la Revolución, pues Batista proclamaba que en Cuba todo se encontraba en calma.

-¿Qué significó para Elio Menéndez recibir

el Premio Nacional de Periodismo

José Martí por la obra de la

vida en el año 2003?

No solo significó una gran satisfacción, también una enorme responsabilidad porque cuando te dan un galardón de esa magnitud, debes seguir escribiendo, eso lo exige el premio y el lector. Por desgracia, yo no podía compensar al pueblo con más crónicas, pues me llegó en el momento en que estaba a punto de jubilarme por mi quebrantada salud.

Considero que se recompensó no tanto la calidad profesional como el esfuerzo, tenacidad, los deseos de superación. Yo no hago alarde del premio, no gusto de las exhibiciones. Existen otras cosas que gratifican grandemente, como cuando se acerca cualquier persona por la calle que reconoce y elogia mi trabajo, pues para ese pueblo yo escribo. Es la familia el mayor regalo. Le doy las gracias a todos los que confiaron en mí, en especial, a Pepe Alejandro Rodríguez, por su insistencia en proponerme.

-Algún consejo para la nueva

generación de periodistas.

A mí, cuando en cueros comencé en esta profesión, me dieron dos consejos muy válidos. El maestro José González Barros, cuyo nombre lleva un concurso anual de periodismo deportivo auspiciado por la Unión de Periodistas de Cuba, me dijo: “En muchas ocasiones, nosotros los periodistas no podemos decir toda la verdad. Existen verdades que debemos callar, pero nunca digas una mentira porque pierdes credibilidad”.
También, Ricardo Agacino, un viejo zorro de estos avatares, me comentó un día: “Nunca le pidas nada a ningún atleta ni funcionario del gobierno, porque contraes con él una deuda de reciprocidad.” Esos son los consejos que yo, como veterano, les doy a ustedes los jóvenes.

-Y ahora, ¿a qué se dedica?

Lejos de las redacciones, comparto la vida y quehaceres del hogar junto con mi esposa. Dedico más tiempo a ver la televisión, a la lectura y a mis nietos. Pero a cada ratito me doy una escapada por los periódicos. En ocasiones, colaboro con Prensa Latina y todas las semanas publico en Cubahora. Aunque resulte extraño, voy conformándome poco a poco.

Esta entrevista forma parte del libro en preparación sobre los Premios Nacionales de Periodismo José Martí, escrito como examen final del género por alumnos de Periodismo de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.

FICHA TÉCNICA:

Objetivo central: Demostrar cómo una persona con esfuerzo y tenacidad pudo obtener, en el año 2003, el Premio Nacional de Periodismo José Martí.

Objetivos colaterales: Indagar sobre su vida laboral antes de dedicarse al periodismo. Saber cómo llegó a ser periodista y cómo aprendió todas sus técnicas. Dar a conocer su opinión sobre el periodismo deportivo actual. Conocer su obra literaria, sus publicaciones.

Tipo de entrevista:
Por los participantes: Individual.
Por su forma: Clásica.
Por su contenido: De retrato o personalidad.
Por el canal que se obtuvo: Directa.
Tipo de título: De referencia al tema o al entrevistado.

Tipo de entrada: Descriptiva.
Tipo de cuerpo: Clásico (de preguntas y respuestas).
Tipo de preguntas: 1-Informativa; 2-Informativa; 3-Directa; 4-Directa; 5-De exploración; 6-Directa; 7-Directa; 8-Alternativa; 9-Directa; 10-De opinión; 11-Directa; 12-Directa; 13-Abierta; 14-Abierta.
Tipo de conclusiones: De comentario del entrevistado.

Fuentes consultadas: Elio Menéndez García, entrevistado; Michael Contreras y Víctor Joaquín Ortega, colegas y amigos del entrevistado.


 



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