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SI DE INVENTARIOS, ESQUIRLAS Y FABULACIONES SE TRATA

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YENYS LAURA PRIETO VELAZCO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Los recuerdos, retazos de un ayer individual y colectivo, constituyen la savia fundamental para un joven escritor que encuentra una suerte de patria en la memoria. Amhel Echeverría Peré, ganador del concurso David en el año 2004 con el libro Inventario, y del Pinos Nuevos con su obra Esquirlas, en el 2005, se erige como uno de los más jóvenes defensores de  la literatura cubana actual. Él es uno de los egresados del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, el cual se ha trocado en su sitio de trabajo. Allí me recibe desenfadado y sincero, asumiendo el ejercicio literario como una labor sumamente  seria.

-¿Cuándo ocurre la metamorfosis

a través de la cual se  transforma

de ingeniero mecánico en escritor?

Mi descubrimiento como escritor puedo situarlo en la etapa del servicio social, cuando un amigo me pidió que hiciera el guión para unos dibujos. Esto comprendía el diseño de varios personajes  a partir de una versión libre de la fábula de Esopo, “La zorra y el cuervo”.

A él le gustó el trabajo que realicé y finalmente me sugirió que hiciera otros diseños, pero ahora con textos míos. A mí siempre me gustó leer y escribir, mas nunca pensé devenir escritor. Le presenté otro texto y también le interesó, de esa forma empecé a dedicar mi tiempo libre a la escritura.

Casualmente, donde  yo estaba haciendo el servicio social, que era una unidad militar, me presentaron a un muchacho escritor, Michel Encinosa. Él me sugirió vincularme a un taller literario en Centro Habana, y así lo hice.

Por esa época faltaba una semana para que comenzara el taller Salvador Redonet, lugar donde pude conocer a Jorge Alberto Aguiar, un excelente narrador que fungía como coordinador del mismo. Continué vinculado a los talleres y paso a paso fui venciendo los bloques de conferencias sobre las técnicas narrativas.

Entonces me convencí de que me interesaba escribir con toda la seriedad posible, y cuando digo seriedad no implico solemnidad. Al hablar de seriedad hago referencia a la dedicación con la que se debe asumir un proyecto; eso involucra cultura., dejar de estar con los amigos o con la novia, comprometerte con ese texto que estás escribiendo desde el punto de vista ético, moral, económico… Podemos ubicar la metamorfosis en ese período.

-¿Cómo se vincula al Centro

de Formación Literaria

Onelio Jorge Cardoso?

Mientras formaba parte del taller que coordinaba Jorge Alberto Aguiar, me enteré de que existía un centro que tenía como propósito organizar ciclos sobre técnicas narrativas. En aquel momento no era un taller de formación literaria  porque no tenía un espacio físico propio para compartir las charlas. Por ese entonces se desarrollaban en la UNEAC.

En buena medida, las conferencias que recibí en el Salvador Redonet estaban muy cercanas a las que se impartían aquí ya que su coordinador era a la vez alumno de ese taller.

Allí conocí a muchos escritores jóvenes, lo cual fue muy importante. Pude enterarme de lo que se estaba haciendo en el ámbito literario, los diferentes modos de concebir la literatura, conocer sobre libros que iban a circular. Decidí apostar por el ingreso al centro. Todos sabemos que el requisito básico para entrar es enviar tres cuentos o el fragmento de una novela. En el segundo intento fue cuando logré matricular. Fue todo un año de conferencias fructíferas y de reencuentro con otros escritores.

-¿Cuándo y dónde se

gestó el primer libro?

Mi primer libro, Inventario, surgió mientras formaba parte del taller Salvador Redonet. Allí el coordinador propuso trabajar durante todo un año para conformar un manuscrito y luego enviarlo a concurso. Le entregué una serie de cuentos y resulté elegido para trabajar en el proyecto de un libro. Al concluir esa etapa de trabajo el libro no estaba listo todavía, pero continué en la faena.

En aquel momento su título era Cataplasma y se fusionaba con el fragmento de texto de un autor que me interesa mucho, Juan Rulfo. También opté por una de las cinco becas de creación que se les ofrecen a los egresados del curso y logré obtener una de ellas. Continué trabajando en ese primer libro teniendo en cuenta las sugerencias de varios amigos escritores. Luego envié el libro a concurso y pude ganar el premio David en el año 2004. Digamos que esa fue su primera trayectoria.

-¿Hasta qué punto los

personajes son reales?

Hay que partir de la base de que soy un individuo que forma parte de una sociedad. Comparto espacios de vida, miedos, esperanzas. A mi alrededor están en interacción diferentes entornos caracterizados por la pluralidad de criterios, filosofías y maneras de entender la realidad. Esos individuos  que te rodean llegan a ser amigos tuyos, conocidos…, ese material tanto humano como físico va  a ser la materia prima para los libros que escribo.

Lo más importante es que una vez tomados los personajes del entorno, logren tener un espíritu propio; intensidades que estén latiendo dentro de ellos para que, en la medida de lo posible, los lectores que interactúan con el libro, más que ver una combinación de sus realidades, entren en un universo y puedan tocar con sus manos esos seres que estoy construyendo.

Los personajes pueden y no pueden ser personas que conozco, son y no son individuos que he visto en la calle o en la  televisión. Hay espacios que no podemos alejar de la literatura y, te repito, que en buena medida los personajes de mis libros pueden o no ser de carne y huesos. Todo depende de la manera en que el lector interactúa con la obra.

-¿En qué medida le

interesaría que lo fueran?

Los libros que he escrito, la gente los puede leer como libros autobiográficos que aprovechan la ficción, pero no lo son. Aunque el narrador-personaje se llama Amhel, yo no soy el personaje. No son lo mismo el hombre que escribe, el hombre que vive y el personaje. Sí me interesaba que se formara esa confusión porque hay una gran tendencia en algunos lectores de leer de forma realista todo texto que le llega. 

Lee de igual forma un manual de cocina, una novela histórica o un libro de ficción. Eso produce lecturas erróneas que a la vez son paranoicas y muy ricas, de un lector que está interactuando constantemente con la obra. No son libros autobiográficos y, a la vez, lo son en la medida en que el lector crea que ese Amhel soy yo.

-¿Por qué surge este

Inventario de memorias?

Durante los años 90 sufrí una gran pérdida, al igual que muchos de mi generación y de otras. La mayoría de mis amigos se fueron, y  en estampida. Eso para mí significó encontrarme en un espacio donde habían muchas personas cercanas y otras que aunque no eran entrañables, habían desaparecido; esas que en cierta medida conformaban los fragmentos de mi archivo personal. Este libro me sirvió para exorcizar todo eso. Yo no podía llegar a mi barrio y dirigir la mirada hacia los lugares donde había compartido con esos amigos. Creo que así le pasó a mucha gente. La única  manera posible de arrancarme eso era relatar, narrar y rehabitar ese espacio.

-¿Cuál es su personaje más querido?

Tú pensarás que es el personaje de Amhel, pero es todo lo contrario. Es el personaje de Yani, porque en su esencia se van a resumir una serie de características fundamentales. Está presente en ella la mesura, la paz y al mismo tiempo el arrojo, la necesidad de transgredir barreras, de proponer. Ella es capaz de atreverse al desafío de sus circunstancias.

-¿Y al que más ha  temido…?

En realidad he temido a todos y no digo esto para evadir la respuesta. Desde el punto de vista de la construcción de cada uno de ellos hay un yo psicológico que constituye un gran reto. Debían ser en mayor o  menor medida personas de carne y hueso, incluso para mí, y al mismo tiempo tener una característica que los hiciera particulares por sus intereses y todo lo que se va engranando dentro de ellos.

-¿Qué le interesa que

descubra el lector en su obra?

Es una respuesta complicada porque el lector en la medida en que penetra en la obra se va apropiando de ella. He conversado con lectores que me han revelado zonas de lectura en las que no había pensado. Lo que me propongo es construir un universo en el que todo esté engranado y sea una historia diferente a lo que ya se ha escrito.

-¿Cuál es el mayor reto

que enfrenta como escritor?

Mi mayor reto es no repetirme porque creo que no tiene sentido estar toda la vida escribiendo un mismo libro. En el caso de mis dos primeras obras, la diferencia entre ellas es que Inventario fue el punto de partida de un ciclo que yo me he atrevido a llamar Ciclo de la Memoria; lo que me interesaba era encontrar respuestas para una serie de interrogantes sobre el espacio que he vivido.

-¿Qué propondrá al lector en

la tercera obra de este ciclo?

Boomerang es el tercer estadio del Ciclo de la Memoria. Es una novela más ambiciosa que intenta apropiarse de lo que es una zona de las artes plásticas, de la obra de Wilfredo Lam, Kasimir Malévich… Hay una suerte de banda sonora, que atraviesa la novela de principio a fin, marcada por diferentes géneros. Está presente el jazz, el blue, y un espacio que me interesa mucho por lo que representa como fenómeno generacional y acto creativo: la música del grupo Habana Abierta.

Esa es una parte de la novela. La otra es lo que sucede a nivel de personajes. Quien cuenta la historia es el narrador-personaje Amhel que va a intentar llevar al lienzo algunas de esas zonas de lo que ha vivido, a conocer personas comunes y entes que pertenecen al absurdo. Uno de ellos es el kodama, personaje japonés que representa el espíritu del bosque, tiene un agudo sentido del humor, una capacidad enorme de análisis, pero que al mismo tiempo domina la jerga y es muy erótico.

Se refleja un entorno marcado, al igual que en las otras obras, por cierta rispidez y vaciamientos en un territorio muy estriado a nivel económico, político y social. Cada una de estas historias va estar relacionada con la vida o la muerte como elementos que contraponen lo bello y lo terrible. Toda una gama de situaciones obligarán al personaje a repensar Cuba y el día después.

-¿Cuáles son los escritores

que le han nutrido?

Hay una serie de escritores que me han ofrecido esas savias fundamentales tanto en el nivel humano como en el profesional. Con ellos converso sobre literatura y temas de toda índole. Me han permitido apropiar nuevos protocolos de lectura, ver conexiones diferentes. En este grupo podría mencionar a Orlando Luis Pardo, Jorge Enrique Lage, Michel Encinosa…

Mis maestros son todos esos libros que me han marcado como las cinceladas que van formando una escultura. De Saramago me interesan diferentes zonas, al igual  que  de Rulfo, Vargas Llosa, Henry Miller.

-Precisamente en Esquirlas

aparece Henry Miller como una

suerte de personaje fetiche…

Mientras escribía Esquirlas, un amigo me envió el libro Trópico de Cáncer. Hay fragmentos de ese autor porque me interesaba la carga de energía que Henry Miller me ofrecía como personaje, que fuera y no fuera leído como el verdadero Henry Miller.

-¿A la hora de acercarse a una

obra literaria, se asume como lector

común, ingeniero mecánico o escritor?

En la medida en que voy leyendo un libro lo hago como un  lector común, como un ingeniero mecánico y un escritor. Son tres entidades que están leyendo el libro de manera paranoica.

Mi parte de ingeniero mecánico va desmembrando la obra por piezas,  tratando de conocer todos los misterios que se articularon para producir ese objeto. Como lector común, creo que la literatura de ficción debe partir primero desde el placer y comenzar luego el viaje hacia los territorios que se proponga. Hay veces en que uno de los tres marcha en ventaja. El balance siempre es positivo.

El escritor conoce algunas herramientas, pequeños vicios; por lo cual voy recordando y trato de apropiar eso que convierte al libro en una obra excepcional. Creo que el escritor opera desde el encantamiento, desde la pasión.



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