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PERIODISTA CUBANO NACIDO EN BUENOS AIRES

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Justo ayer leí las 75 páginas del cuarto tomo, serie Grandes periodistas, que publicó la Editorial Pablo de la Torriente. No levanté un instante los ojos del papel. Eran trabajos de Jorge Timossi.

JUSTO PLANAS,
Periodista del semanario Trabajadores.
Cortesía para Isla al Sur.

Primero, no una de sus crónicas. Al principio, “Jorge habla de un tal Timossi” en un conversatorio que ofreció hace dos años en el Instituto Internacional de Periodismo. Entonces, recorremos 70 años de su vida, desde que observaba los barcos allá en su Argentina natal hasta que Prensa Latina lo envició con el periodismo.

No mira hacia atrás con melancolía. Solo algunos años de su juventud cargan con ese sabor a invierno, a mate con acento en la última sílaba, que llevan los platenses en la palabra. Luego se hace cubano. Cuenta sus aventuras por Brasil, por Francia, Asia… con nuestra vocación de conjurar grandes proezas como si fueran pasitos de bebé. Agobiado, como estuvo muchas veces por salvar la vida, hizo agujeros al tiempo y a la suerte para visitar los templos de Sri Lanka, los museos de Ámsterdam y la ciudad de Praga. Y en los agujeros se quedó para siempre, despertando el pasado, su amistad con Allende, tantos, tantos recuerdos… despertándolos con voz de joven, con ánimo de pocos años y sintaxis de pibe.

Luego de probada su estirpe de buen periodista, aparecen sus crónicas (algunas sin duda reportajes). Le ha arrancado a la experiencia palabras que cazan con precisión las imágenes en su cabeza.

“El circo más pobre del mundo” es una catedral de vidrio. Cada sílaba cohabita con la otra con violencia de astros. Y todas giran sobre una emoción rasposa, reconcentrada con fragilidad casi milagrosa. Tersa el estilo con manos hábiles y cuando el equilibrio está a punto de estallar en mil gotas de sangre, una coma separa el último complemento verbal, el último símil suspira pasmoso.

Una catedral que juega con el aire, sí. Los comienzos soplan con calma el barquito de papel, el relato. Y una tormenta cruda va creciendo. Parece que a su paso derramará la catedral de vidrio. Pero se cuela por sus poros en un rintintín que huele a llantos. La sacude. Casi la somete. Y luego se va como el aire, que es invisible a los ojos, pero presente.

Timossi aspira por las comas, expira por los puntos. A uno se le olvida como a él, las funciones vegetativas. Olvidamos el aire, los pulmones, nada existe cuando llega el clímax, la cima más alta de la montaña rusa, y todo consiste en precipitarseeeeeeeeeeee: “El niño apareció de pronto en el aire”, iluminado por los focos, criatura imantada por una extraña fuerza superior, dio una vuelta vertiginosa sobre sí mismo y luego otra, lenta, alada, como si el vacío fuera su medio natural, un giro interminable, que lo alejaba para siempre de la tierra, para después ir pasándose, poco a poco, rompiendo todas los pactos con la gravedad, como un ángel que se distancia dignamente de la muerte y decide reposar en una nube demasiado inesperada para ese cielo, en la silla desvencijada y zozobrante”.

Otras “crónicas” son ajustes de cuenta consigo mismo. Un periodista que tiene su profesión por piel, “como un vicio insuperable”, no puede evitar la angustia de leer trabajos pasados. El estilo, el hecho impreciso, todo duele. También enorgullecen aquellas piecesitas que no envejecen con los años, como una entrevista que le hizo a Gabriel García Márquez a propósito de su premio Nobel de Literatura. A veces consiste en un enfoque diferente, un dato nimio, una palabra incluso. Los lectores comunes las pasan por alto. Pero el periodista no. Sabe que muchas veces hay que recorre galaxias completas para que luego suene a que la idea estaba frente a la puerta.

Casi se disculpa por aquella “crónica” que apareció en la primera plana de unos cincuenta periódicos del mundo. Su versión sobre el golpe de estado a Salvador Allende, su amigo. Estuvo allí el martes 11 de septiembre de 1973. Tenía miedo, tenía la muerte escrita por toda la piel y no olvidó el rol que le exigía aquella situación. Investigó más allá de lo prudente y trajo la noticia a Cuba, lo más fiel que se podía. Algunas verdades de su trabajo se convirtieron en preguntas, algunas preguntas encontraron respuesta. Pero la hazaña continúa indeleble.

Cuando un hombre paga tan alto precio por una carrera que le pertenece por derecho natural, cuando se tienen las manos hechas para escribir alas, y el coraje para tocar nubes, entonces es más que un buen hombre, es un hombre de todos los tiempos. Cuba ha ganado a Timossi, y el Periodismo, un cubano.



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