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PADRES POR ACCIDENTE

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DAVID GALLO SÁNCHEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Comenzó como cualquier otro Día de los Padres, pero ciertamente, no lo fue. En la mañana, lo tradicional: él despertó a papá con un gran beso que llevaba tiempo guardando para que no se le pareciera a ningún otro; junto con su regalito, claro.

Unas horas después apareció su novia en la escena, pues desde el comienzo de su unión cada uno sumó a su lista, otro padre a quien felicitar y hacerle la visita el tercer domingo de junio.

Para cumplir tal cometido partieron hacia casa de ella. Entre la agitación del ómnibus, ayudaron a una abuela que iba con su nieta, brindándole un asiento. Luego lo recuperaron,  pero, tras aparecer otra madre con su hija se desprenden nuevamente de él, sin ningún remordimiento y doblemente sonrojados por los agradecimientos y las bendiciones.

Al fin llegan a la casa, donde nada pudo haber sido mejor. Los esperaban con grandísima alegría y con una comida a punto de estar lista y a la altura de la ocasión.

La familia reunida, diversos y agradables temas de conversación para amenizar la tarde y luego de terminada, la esperada cena, a la cual sería imposible atribuirle comparación.

Estaba a punto de anochecer y tuvieron que retornar hacia sus casas, donde ambos tenían planeado finalizar el día en la más perfecta unión.

Pero dicen que los planes dan planazos. A pocos segundos de espera se hacía visible el transporte de regreso y fue entonces cuando el autobús se detuvo e hizo su entrada en el día Marlon, un total desconocido, gritando a más no poder.

Estaba muy adolorido, pues al abrirse ferozmente la puerta, su piececito de doce años quedó atrapado  y  por el impacto perdió la uña del segundo dedo, resultando lastimados otros dos. Repentinamente y sin alertas previas se reflejaron en sus ojos y frente a todos: miedo, dolor, nerviosismo y vergüenza.

Pero las malas noticias nunca vienen solas. Cuando la pareja reaccionó ante el sufrimiento del niño y le preguntó por sus padres, este respondió que andaba solo. Aceptando sin avisos los roles de padres en aquella historia, partieron en la propia guagua para el Hospital Militar Doctor Carlos J. Finlay, por suerte, cercano al lugar de los hechos.

Allí, confundidos por el momento y la dimensión del lugar, lograron encontrar a los doctores, que para siempre serán los héroes del pequeño, quienes urgentemente dejaron lo que hacían y se empeñaron en sanar las heridas. En medio de la confusión se logró avisar a la madre de Marlon, quien aparecía angustiadísima, con parte de la familia. Por fortuna todo resultó bien y el niño recuperó su sonrisa. La pareja no encontró palabras para expresar su agradecimiento.

Es más, yo no encuentro palabras para describir el agradecimiento. Simplemente fuimos padres por accidente.



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