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YO TENGO DOS

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JAVIER DIEZ MINIET,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Nunca creí que padre es cualquiera y madre una sola. Pues, claro, qué voy a creer si yo tengo dos, una en “la tierra caliente” y otra en “la tierra mojada por el mar”, la biológica y la física, la doctora y la asistente de limpieza, la joven y la vieja, la mejor… y la mejor.

Quien esté leyendo este trabajo se preguntará, ¿en cuál se formó el feto? La ciencia ha comprobado la posibilidad de gemelos con padres diferentes, pero no de un niño con dos madres, eso, hasta que un hombre se embarace, después de haber tenido relaciones con dos mujeres en menos de 48 horas.

No, ese no es el caso, aunque ya sea posible encontrar ejemplos de hombres embarazados, según páginas digitales en Internet.

La historia es distinta y de hace 20 años, en un  lugar que llaman Oriente.

Ella estaba embarazada en su sexto año de la carrera de Medicina. Tenía dos opciones: graduarse o graduarse, y no es que yo haya sido un obstáculo para que lograra sus sueños -al menos es lo que me ha contado- simplemente fue una “situación” sin planificarse.

La decisión fue tomada, no es un fantasma quien escribe estas líneas. Sucedió que a mi mamá le apareció un ángel llamado mi “otra mamá”, Neli, un ser adorable que accedió a cuidarme por 100 pesos al mes, 100 pesos que dejaron de pagarse luego de tres meses de estancia en la casita pasando el puente.

Vaya, no es que yo sea lo más tierno y “apapachable” del mundo, simplemente en ese hogar no había carritos, ni pistolas de madera rodando por debajo del sofá, sino una caja llena de muñecas, de cuatro hembras; sí, les faltaba el varoncito.

Una situación que aún no termino de descubrir, hizo que me mudara a más de 1 000 kilómetros de distancia de la tierra que me vio nacer. Fui a parar a Isla de la Juventud.

Crecí lejos de mi progenitora, sin embargo, allí estuvo ella, Heli, para darme parte del tamaño que tengo, pues no lo hizo sola. Luego, para Santiago de nuevo, después para la Isla, después para Santiago, hasta que vine a La Habana para comenzar mis estudios universitarios.

Ahora estoy a 21 pisos sobre el nivel del mar, mirando al sur y al este y no precisamente para ver la salida del Sol o los turistas en la piscina del hotel Presidente, sino para pensar en cuán afortunado soy, pues tengo dos madres.

No obstante, también  pienso lo infortunado, pues no tengo a ninguna cerca: 16 horas en ómnibus me separan de una y tres horas en barco de otra.

Tengo dos madres: Vivi, la que me exigió 100 cuando mi promedio era de 99,91 puntos; Neli, la que me dejó una marca en la pierna con un gajo de guayaba, y por mi bien, cuando a las ocho de la noche aún desandaba por la calle.

Padre no es cualquiera, el mío ni siquiera lo conozco. Madre no es una sola: yo tengo dos.



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