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LOS ÚLTIMOS SON LOS PRIMEROS

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DAVID GALLO SÁNCHEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La especie humana como raza superior a cualquier otra por poseer la extraordinaria capacidad de pensar, durante millones de años de evolución ha transformado aspectos en su vida, casi siempre con el objetivo de mejorarla. Dicha capacidad la ha conducido a crear una civilización en la que viven personas civilizadas, con amplias posibilidades de ser considerablemente organizados.

En nuestro país, el ideal de organización tiene forma física, por increíble que parezca. Pero creo desde hace un tiempo que al nacer no le detectaron una serie de problemas médicos, por lo que ahora presenta desfiguraciones en todo su cuerpo. Las tan recurrentes colas, esas que donde sea asoman su cabeza y sin saber cómo, comienzan a mutar alargando su cuerpo hasta cien veces el tamaño inicial y haciendo su fin invisible ante el ojo humano.

En más de una ocasión hemos dicho: “Vivimos en el país de las colas”. Para buscar el pan, comprar papas en el agro, entrar al cine y disfrutar de una película con los amigos. Para cobrar el esperado salario del mes, comer en un restaurante, tomar un refresco en una cafetería, consultar con el médico de la familia, entrar a un centro recreativo, adquirir un medicamento en la farmacia, para lo que sea, hacemos colas. 

En la capital existe una muy particular y posiblemente sea la más popular de todas, en la cual nos aventuramos a rotar, con sofocante lentitud, solo porque el resultado es tentador y refrescante: la del Coppelia. ¡Que levante la mano quien no haya pasado por ella!

Y qué podría decir de las más comunes y diarias, ganadoras del “colasnómetro” del año, las de la guagua, o su fantasma. Digo fantasma porque parece que hemos experimentado un retroceso histórico y terrenal, donde haciéndonos pasar por Espartaco y sus hombres, solo logran montar en los ómnibus los más feroces y fuertes.

Por desgracia, el turno para los organizados queda al final de la batalla, pero, peor es que la amabilidad, la caballerosidad y el respeto, ya no montan de primero, y si se ponen impertinentes, los dejan fuera.

Las llamamos colas, pero podrían ser filas, hileras o líneas, el nombre resulta lo de menos. Lo molesto y doloroso es permanecer durante agotadores minutos y hasta horas en ellas, casi siempre de pie y bajo el sol, pretendiendo comportarnos organizadamente para que el turno de cada quien llegue cuando corresponda.

La indignación cobra su mayor nivel cuando nos percatamos de esos indolentes recién llegados, que pisotean las acciones de los demás “colándose” con una tranquilidad asombrosa, a la cara de todos, en la primera grieta que aparezca.

Al ritmo que vamos, se hará costumbre pisotearnos por entrar primeros a donde sea, como seres incivilizados. Si ocurriese eso, sería una derrota para quienes creen en el orden y el bien llevar, por lo que se hace necesario enfrentar los males que impiden la organización en las colas y cuestionarnos aquello de que todo es un problema de apreciación, pues entonces sería cierto aquello de que los últimos son los primeros.



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