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DE MARTÍ EN GUATEMALA Y MÁS ALLÁ

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RANDY SABORIT MORA*,
Corresponsal de Prensa Latina en Ciudad Guatemala.
Cortesía para Isla al Sur.

Cuando le he preguntado a estudiantes cubanos y extranjeros por el vínculo de José Martí con Guatemala todos aluden a la que “se murió de amor”. Sin embargo, la relación del poeta de actos con la tierra del quetzal fue mucho más allá del lazo que hubo entre ellos.

Son varios los espacios actuales en esta capital, testigos de la presencia de Martí aquí. Si la máquina del tiempo existiera, uno podría darse un salto hasta alguna de sus clases magistrales, impartidas en la Universidad de Guatemala, el Instituto Nacional de Señoritas o el Instituto Nacional de Varones.

Los discípulos de esa escuela le regalaron una leontina a quien confesó que en Guatemala se hizo maestro “que es hacerse creador”. Aquel plantel lo dirigió el patriota cubano José María Izaguirre y hoy es un centro de enseñanza media.

Admirado por la cultura de esta nación, tomó notas para su libro Guatemala, el poema Patria y Libertad y la proyectada Revista Guatemalteca, que aunque no se publicó, sí se han encontrado dos artículos y el programa editorial de la misma.

En esta urbe lo nombraron en julio de 1877 vicepresidente de la Sociedad Literaria El Porvenir, que realizaba veladas en el Teatro Colón, destruido tras el terremoto de 1917.

Actualmente, donde fuera erigido aquel centro cultural a semejanza de un templo griego, está un parque por el cual caminan a diario cientos de capitalinos, que tal vez ignoran lo mucho que hizo aquel periodista por este país.

Como “Doctor Torrente” lo calificaron guatemaltecos reaccionarios en sueltos que circularon, en noviembre de 1877, con la intención de burlarse de sus dotes oratorias.

Aquellos, de quienes ni se recuerda sus nombres, intentaron desprestigiar ante sus discípulos y simpatizantes a uno de los sobrevivientes del paso de Cronos, el implacable.

El paso de los años todavía no ha declarado el vencimiento de la lucidez de las ideas de aquel que supo convertir sus palabras en acciones. El desafío de los contemporáneos está en aplicar sus enseñanzas y no en citar frases de memoria de su obra.

Hay que leerlo mucho, y ejercitarlo más. Innumerables son los caminos que conducen a la savia del Maestro, pero lo más importante es la transformación que ocurra en uno tras devorar miles de sus cuartillas, incluidas sus epístolas, imprescindibles para entenderlo de carne y hueso.

Alguien me contó que en un taller martiano se leyó a los niños varios textos del escritor paradigmático, como el primero de sus Versos Sencillos: “yo soy un hombre sincero...”.

La testigo comentó que los pequeños aquel día confesaron a sus padres varias de sus mentiras piadosas. Los progenitores, asombrados, llamaron a la escuela para saber qué le habían dicho a sus hijos. Todos, al saber lo ocurrido, quedaron sorprendidos con el efecto mágico de Martí.

Si cambios como esos lo experimentaron “los que saben querer” y quienes son “la esperanza del mundo”, como definió el Maestro a los infantes, entonces todo su tiempo invertido en vivir y morir con luz en la frente habría tenido sentido.

¿Cuánto no tendríamos que aprender los mortales de él cuando se nos sube el ego a la cabeza? ¿Acaso olvidamos que aquel comunicador de altos quilates decidió echar su suerte con los pobres de la tierra? ¿Obviamos por instante a quien escuchó con humildad a los veteranos de la guerra de los Diez Años (1868-1878)? ¿O borramos de la memoria al que tomó nota en su Diario de Campaña sobre la sabiduría de los guajiros cubanos?

En sus tantos artículos memorables, esparcidos por periódicos decimonónicos, se revela un mismo propósito: contribuir a la redención personal de los humanos y al equilibrio de Nuestra América y el mundo.

Su prédica constante fue convocar a los seres a crecer hasta la estatura de los buenos como su Meñique de La Edad de Oro, revista siempre joven.

Él, perfecto enamorado de la vida, murió “de cara al sol”, como poetizó en sus Versos Sencillos y “en el campo de batalla”, según la profecía en su poema dramático Abdala, escrito poco antes de cumplir 16 años.
El mejor homenaje al Apóstol nuestro que está, es verificar si nuestros actos cotidianos son dignos de aquel hombre que vivió al servicio de los otros y supo crecer entre bajezas humanas.

*Máster en Ciencias de la Comunicación y profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.

 



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