Facebook Twitter Google +1     Admin

ENTRE MIGAS Y PENAS

20140830144819-nava.jpg

JORGE YACER NAVA QUINTERO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Peregrina con pies descalzos y usurera de la vida, la pobreza, sin más abolengo que la pena multiplicada en migas de pan y el llanto pretendido vino sobre el páramo de la mesa, recorre el hogar de 164 millones de latinoamericanos, según informa el Panorama Social de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) correspondiente al año 2013. Se trata, pues, de una estadística que, aunque menor con respecto a los 225 millones registrados en 2002, continúa siendo desoladora.

En países como México, de acuerdo con el citado documento, la recuperación ha resultado lenta y poco perceptible para 11 millones de pobres extremos, e incluso el presidente Enrique Peña Nieto señaló, al anunciar la política de “Cruzada Nacional contra el hambre”, que uno de cada cuatro mexicanos enfrenta algún grado de carencia alimentaria.

Ante esa situación, CEPAL indica que la región es un abismo de desigualdades, donde las mejoras relativas podrían estancarse si no se sustentan en un nuevo orden económico. El coeficiente Gini, medida estándar para la desigualdad en el ingreso que oscila entre cero y uno, permaneció en 0,52 durante 2011 y 2012.

Todavía la miseria, del río Bravo a La Patagonia, constituye el capital de los que no tienen nada, patrimonio invaluable de los desposeídos y testaferro de multitudes innombrables. Urge entender su esencia y las raíces con que se nutre para extirparlas de nuestra tierra.

Disección necesaria

Sociólogos y economistas definen como pobre, en términos generales, al individuo que no puede satisfacer las necesidades básicas para tener una vida digna, porque sus ingresos no le permiten acceder a los niveles mínimos de atención médica, alimento, vivienda y educación. Es el rol históricamente atribuido a personas mayores, madres solteras, niños, discapacitados, y miembros de algunas minorías sociales.

Pero no siempre resulta unívoca la medición de pobreza. Así, el método de las necesidades básicas insatisfechas, está basado en una concepción de la pobreza como necesidad. En él no importa si los individuos poseen el ingreso para satisfacer sus necesidades básicas, sino que estas hayan sido cubiertas.

A su vez, el método de líneas de pobreza a partir del costo de las necesidades básicas se relaciona con la definición de estándar de vida. Al determinar el nivel de ingreso mínimo per cápita que una familia necesita para adquirir la canasta alimentaria básica y una total que incluye otras necesidades, si las posibilidades adquisitivas, no alcanzan para ello el hogar se encuentra por debajo de la línea de la pobreza.

Por debajo de esa línea imaginaria que transversaliza la realidad, permanecen 68 millones de latinoamericanos y alrededor de 82 millones solo disponen de 2.50 dólares como ganancia diaria, aseguró la CEPAL.

La pobreza puede considerarse absoluta o relativa. La primera supone la imposibilidad de cubrir las urgencias materiales básicas. La segunda es experimentada por aquellas personas cuya capacidad adquisitiva se encuentra por debajo del promedio de una sociedad determinada. Ambas se complementan y reflejan la cosmovisión social de la humanidad, en la cual la pobreza es un estigma de la cruz, sin la fe como garantía suficiente para la resurrección de la esperanza.

“Dada la natural dificultad de medir algunos elementos constituyentes de la calidad de vida, el estudio de la pobreza se ha restringido a los aspectos cuantificables -y generalmente materiales- de la misma”, declararon los matemáticos chilenos Juan Carlos Feres y Xavier Mancero en su estudio “Enfoques para la medición de la pobreza”, publicado por Naciones Unidas.

Variadas son las maneras de medir o cuantificar la miseria, pues el fenómeno no se produce de la misma manera en dos regiones por la diversidad de elementos objetivos y subjetivos que componen cada contexto. No obstante, el nivel y la calidad de vida dependen de factores esenciales e invariables como la alimentación, la vivienda, la educación y la asistencia sanitaria, que se consideran indicadores universales de pobreza, en los cuales influyen el desempleo, los bajos ingresos o la falta de estos, la segregación, la exclusión social y la marginación.

Esos son los elementos que, después de diseccionado el cuerpo de la pobreza, nos permiten entender las herramientas teóricas para juzgarla y aceptar su perentoria capacidad de resucitar, esa que deja su epitafio sin principio ni término.

Donde habita el olvido

Devastadoras e inreferenciables, las estadísticas sobre el tema podían emborronar centenares de cuartillas o invadir el aire con un rezo de números fríos que nunca tendrán rostro, pero en resumen basta decir que la pobreza es la mayor y menos perseguida asesina en serie de toda la historia anterior o posterior a nuestra era. Ha cometido homicidio con ensañamiento y alevosía una y otra vez, porque los sueños de un futuro mejor sobreviven con estoicismo cada embate, mientras los ricos y poderosos asumen la miseria de miles de millones de personas como un acto de selección natural.

Los pobladores de este continente como muchos del mundo, padecen la pobreza material que abarca la ausencia de bienes y servicios básicos; intelectual, aquella que condiciona el desarrollo cultural, ideológico, de pensamiento y político de las personas; y social, que afecta la integración a la sociedad. Además, ella suele instituirse socialmente, generando una “cultura de la pobreza” que, al ser asimilada, se vuelve una herencia generacional.

De las penas que padece la humanidad, probablemente sea la más enraizada y matriarcal, como matriz de necesidades económicas, sociales, físicas y psicológicas. Ciudadana del mundo, habla todas las leguas; tiene la piel negra, blanca, amarilla y mestiza; une las fronteras y el mundo es su patria sin necesidad de documentos migratorios: tiene el derecho universal que le confiere el nacer en todas partes.

No basta, para disminuir la pobreza, el crecimiento económico que ha experimentado Latinoamérica en el pasado lustro. La reducción se produjo esencialmente en algunas naciones como consecuencia del aumento coyuntural del precio de las materias primas. Si no se apoyan reformas sociales a profundidad, favoreciendo a los más vulnerables, creando nuevos empleos, aumentando el salario mínimo y extendiendo las jubilaciones y planes de protección, el progreso no habrá sido más que un espejismo.

La Declaración de Santa Cruz, aprobada por las 119 delegaciones asistentes a la Cumbre del G-77+China en junio de 2014, estableció la erradicación de la pobreza para 2030 como el objetivo central y conductor de la agenda de desarrollo post 2015, con 242 puntos dedicados al establecimiento de un nuevo orden mundial para vivir bien. Tales empeños han de concretarse en realidades y regionalmente debemos ser actores conscientes.

Alicia Bárcena, secretaria de la CEPAL, al presentar el informe, expresó que la única pobreza aceptable es cero. Hay que calzarle los pies a la pobreza; pagarle las deudas de vida; dejarle comulgar el pan y el vino con el sudor de su frente; y exigir y fomentar cambios en la estructura económica regional y mundial, para que su grito vaya, como canta Joaquín Sabina, allá… “donde habita el olvido”.



Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris