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DOMINGO EN UNA HABANA INQUIETA

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ANIA TERRERO TRINQUETE,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Para saber de La Habana, más allá del centro histórico y el concurrido Vedado, hay que recorrer ciertas calles de barrio un domingo en la mañana. A mí las caminatas semanales hacia los repasos de Matemática me enseñaron, como mínimo, una ciudad diferente llena de insólitos contrastes.

En un garaje hay una iglesia desmontable. Y digo desmontable porque solo es iglesia los domingos a la hora de la liturgia. Allí comparten vecinos que creen en Dios y en la Biblia y si pasas cerca de las diez, los sorprenderás recitando un salmo introductorio. Curiosamente, justo al frente, en el portal de una casa ensaya con una persistencia admirable un grupo de ópera. Los caminantes que como yo atraviesan la calle a esa hora quedan atrapados entre dos fuegos donde el canto de una soprano experta se mezcla con el tono apagado de las plegarias.

Más adelante me topo con un mercado agropecuario en plena actividad. Al fin y al cabo es domingo y las mujeres que trabajan toda la semana aprovechan para reabastecer los vianderos, sobre todo si corren los primeros días del mes, en los últimos el salario escasea. Estoy pensando que si una feminista más extrema que yo lee la oración anterior, quizás termine insultada: ¿qué es eso de que las mujeres salen a comprar? Pero señores, por mucho que nos duela, Cuba arrastra rasgos machistas todavía bien arraigados… Pero eso merece otra crónica.

En la cuadra siguiente unos niños montan chivichana (tengo que preguntarle a mi mamá si las chivichanas se inventaron en el período especial o existían desde antes). Rápidamente me identifico con la única niña que se divierte con las carriolas de madera, a lo mejor ya la consideran la “marimacho” del barrio. Mi hermana y yo éramos así. Jugábamos igual con una muñeca que con un trompo y no nos arrepentimos: tuvimos tremenda infancia.

De pronto: “…vendo perchero, jarro de aluminio, palitos de tendera, escoba, haragán, recogedor, toallitas pa’ secarse el sudor, cloro, desincrustante, cazuelas, sartén, flores plásticas, agua bendita, aromatizante…”  ¡De verdad que en esta Habana se vende de todo! Pero, ¿cómo pueden hablar tanto sin detenerse a respirar?

Y es que si de pregones se trata, nuestro país tiene tremenda historia. Y cómo nos gusta musicalizarlos: desde el clásico Manicero, de Rita Montaner, hasta el reguetonizado ¡…se compra cualquier pedacito de oro!

Continúo el recorrido y veo un par de latones de basura llenos, rebosantes. ¿Será que los domingos Comunales no trabaja? La dueña de la casa de la esquina protesta más que yo. Le dice a su vecina que siempre es lo mismo: la peste inunda la sala. “Así no hay quien viva, mijita”, es uno de sus reclamos subidos de tono.

Entonces, ¿alguien duda que La Habana esconda sorpresas? Para conocerla a profundidad hay que buscar más allá de la imagen turística, detenerse en los detalles más insignificantes. Solo así se puede descubrir uno de sus tantos secretos: gentes de todas partes que se entremezclan y conviven, ajiaco de Fernando Ortiz por medio, en una ciudad tan inquieta que no duerme los domingos.



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