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BOGOTÁ MI UTOPÍA

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ANGIE VELANDIA,
estudiante de quinto semestre de Comunicación Social,
Universidad Cooperativa de Colombia, Sede Bogotá.

Al hablar de Bogotá como visitante radicada en tierra ajena, no puedo hacer más que dar una pequeña luz de lo que la rutina me permite observar. En breves y enredadas palabras explicar ese intangible que a mis ojos hace de Bogotá más allá de una ciudad, de un lugar determinado, de la capital del país: una ciudad rica en historias, en hibridación cultural, en sentido aunque pobre en identidad ciudadana.

Al recordar Bogotá, a mi mente no solo vienen imágenes del Bronx, la calle de los hijos olvidados del consumo, ni las imágenes producidas por agencias turísticas de los lugares históricos que bien pueden tener un valor significativo inmenso, pero no son para mí la caracterización de Bogotá. A mi mente vienen todas aquellas personas que habitan la ciudad y que aún enajenados y sin sentido de pertenencia alguna, forman parte de lo que es ella, crean su espacio sobre el espacio, le dan a Bogotá un aire de cajón de mesa de noche, en donde en medio del caos y el desorden, si se cuenta con el tiempo y la perspectiva adecuada se puede encontrar el cúmulo de diversidad, de cosas  pequeñas, pero que significan.

Esta ciudad agoniza culturalmente, es cierto. Es un tejido de varios conocimientos, costumbres, criterios, es el lugar de paso de sus habitantes y de visitantes, pero para un comunicador social, aunque errada es una utopía, es el lugar soñado, ¿Por qué? ¿Que sería de un médico si no tiene pacientes que atender? O ¿un zapatero sin zapatos que arreglar?, ¿un astrónomo sin estrellas que observar? En fin, me extendí.

Es la agrupación de ese intangible tan soñado para mí como comunicadora, ya que aquí en estas calles ahuecadas y no tan cuidadas de esta fría, distante y ruidosa ciudad,  encuentro que desde mi profesión tengo mucho que hacer, y en cada calle, cada esquina cada ocasión encuentro un sinnúmero de elementos que me sirven para mi formación.

Bogotá es una utopía en un universo paralelo, tal vez no posea unos códigos de comportamiento asertivos como se desea de las ciudades utópicas, pero más allá de la rutina, de los rostros desconfiados, de los pasos ligeros, el afán y la gastritis, hay un universo de significaciones  atravesando cada espacio de Bogotá, cada persona significa una historia que a la vez recopila más historias, que poseen experiencias positivas o negativas.

De cualquier forma enriquecen el conocimiento; es esa combinación de experiencias de culturas la que aporta el alma moribunda de la ciudad, tal vez todos lleguen aquí ya sea en busca a un sueño, a la fuerza, en busca de oportunidades, o porque no había donde más; tal vez tengan sueños diferentes, comprar un carro, casa, estudiar, ropa de marca, o simplemente sobrevivir y comer. De pronto, nadie sienta que posee algo en común con la ciudad que bien o mal le presta abrigo. Tal vez nadie sueñe con fortalecerla o crear unas normas de convivencia e integración que vayan más allá de mirar a otro lado.

Quizás pocos quieran la ciudad. Tal vez Bogotá se convirtió en la mujer vieja y fea que todos desprecian; pero al compartir un espacio y combinar una serie de experiencias de sueños y culturas, nos identificamos con el sueño capitalino, que cada quien lo lleva según su perspectiva y sus ideales.
En esa cansada y extenuante rutina, esa enajenación, en ese conjunto de mundos individuales en el que estamos constantemente sumergidos, creamos y fortalecemos el alma de Bogotá, así esta sea la niña malcriada y revoltosa que algún día tendremos que hacer madurar.

 



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