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UN SON PARA LAS MARÍAS

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ADRIANA BEATRIZ ROSA-PERALTA,
estudiante de primer año de Periodismo.
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

En una ocasión, un profesor que tuve en el pre comentó que él recordaba siempre de sus alumnos a los muy buenos y a los muy malos. Algo similar me ocurrió con Al compás del son (2005) y Santa María del Porvenir (2011), entregas televisivas que ocuparon el habitual espacio de la telenovela en las noches de los cubanos.

Estas no solo convergen al recrear historias de época, sino que ambas fueron dirigidas por Rolando Chiong, destacado actor y realizador de cine y televisión en nuestro país.

Si bien la primera consiguió cautivar a los espectadores y colocarse en la lista de los éxitos cubanos en este género, junto a Tierra brava, El balcón de los helechos y otros títulos rememorados aún por el público; la segunda, de la cual solo me quedó el buen sabor del diseño y música de presentación, obtuvo los indicadores más bajos de teleaudiencia entre las propuestas de la última década.

¿Cuál fue la fórmula paradisiaca para concebir Al compás del son? ¿Qué falló entonces en Santa María del Porvenir? La historia del pueblo ficticio en Matanzas, donde todas las mujeres se llamaban María “Algo” o viceversa, ambientada en los años cincuenta, jugaba con fuertes piezas para igualarse con su antecesora en el quehacer creativo del Chino Chiong, como le nombran.

Además de la dirección, que hasta el momento era prometedora, pues Chiong había demostrado con la anterior entrega que sabía hacer televisión, el guionista fue Gerardo Fernández, nombre poco reconocido, sin embargo, títulos como La botija, El naranjo del patio y El balcón de los helechos, lo dicen todo.

A pesar de que el guión proponía una mezcla de géneros realistas (tragedia, comedia o pieza) y no realistas (farsa, tragicomedia, aventura o melodrama), solo se logró la farsa y el melodrama, por parte de algunos actores y actrices como Daisy Quintana (María Efluvio), Rubén Breña (el alcalde) y Osvaldo Doimeadios (Romano), cuyas estelares actuaciones eran, para muchos, el único atractivo entre avionetas de papel maché, pésimos efectos visuales al estilo de Aquellos maravillosos setenta, serie norteamericana, pero mal logrados y subtramas que parecían inflar la novela, agregados solo para llegar a los cuarenta y cinco minutos en cada uno de los cien capítulos, según el propio Rolando.

Era evidente, en la puesta en pantalla, que la dirección de actores  no cuajó, pues algunos fueron demasiado realistas cuando debieron sazonar su actuación con fuertes tonos de farsa. 

No todo en esta teleserie fue nefasto. El diseño de vestuario, aunque un poco sombrío, el trabajo de maquillaje y peluquería  logran  evocar la época y salvar la escenografía paupérrima.

Es cierto que después de un agotador día de trabajo o de estudio, los cubanos llegamos a casa saturados de los males sociales y económicos que nos acechan. Entonces, sería meritorio que un espacio como el de la telenovela, bien marcado, por cierto, rompiera los esquemas de mostrarnos, nuevamente, una realidad ya trillada y los “correctos” modos de actuar, objetivo que quizás perseguía  Santa María…, pero que, al parecer le sacó ventaja.

En fin, por el bien de nuestros desaliñados dramatizados, esperemos que este realizador, galardonado en el 2005 con el Premio Mariposa, Premio especial del Concurso Caracol, Primer Premio de Dramatizados Seriados en el II Festival Nacional de Televisión y Premio de la Popularidad del programa Entre tú y yo, por Al compás del son, sepa una vez más, manejar los complicados hilos de la dirección de telenovelas y, tal vez, no necesite involucrar a toda la familia. 



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