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VIVIR DEL CUENTO

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MARÍA DEL ROCÍO RAMOS SUÁREZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cada lunes, cerca de las ocho y treinta minutos de la noche, gran parte de las familias cubanas hacen una pausa en sus labores y van a sentarse para disfrutar frente a la pequeña pantalla del tan popular Vivir del Cuento.

El programa humorístico, que se presentó a las cámaras desde el año 2008, cuenta con un 97 por ciento de cubanos que lo apoyan, ríen con él y lo esperan en su horario habitual.

Cuando un elevado por ciento de la población sigue estas emisiones, tratándose de una multitud tan heterogénea, es porque detrás de las cámaras hay un guión bien pensado y una manera audaz de atraer a los televidentes y hacer que se vean reflejados en las propuestas de los diversos humoristas.

Muchas han sido las alternativas buscadas por quienes no se conforman con ver a Pánfilo una vez a la semana: lo siguen en sus shows, graban sus programas y los esparcen como una opción única para relajar, disfrutar y bromear con la realidad.

Y es que Luis Silva le ha regalado al pueblo de Cuba un personaje que refleja las necesidades, carencias y problemáticas que permanecen como inquilinas en la gran mayoría de los hogares cubanos y que mucho cuesta librarse de ellas y hacer que salgan andando.

Pánfilo es, entonces, el típico jubilado que siempre está pendiente de lo que vino a la bodega, de la calidad del pan, de la dieta, de los elevados precios de la canasta básica, de que no le falte el vasito de agua a la libreta de abastecimiento y del “invento” que se le pueda ocurrir para vivir mejor.

Este simpático anciano, convertido casi en un atleta por sus maratones detrás de la papa, del aceite, o averiguando si por fin vino pollo por pescado, representa a cada miembro de la tercera edad que desde la sala de su casa se ve reflejado en la pantalla y siente que, de algún modo, las situaciones a las que se enfrenta cada día no son ignoradas, se reconocen y sirven para lanzar una carcajada de lunes en lunes.

No obstante, existe una minoría de cubanos que no simpatiza con los episodios de Vivir del cuento. La situación puede estar dada por una errónea interpretación del mensaje que se transmite o porque como algunos suelen decir, es una burla a los jubilados y a las necesidades cotidianas. Sin embargo, reírse de nuestras propias dificultades, es reconocerlas, aceptar que las tenemos y  tal vez  la mejor opción para afrontarlas.

De hacernos ver los problemas y también de mostrarnos el lado divertido para que la vida nos sea más llevadera, se ha encargado Silva, cuando se disfraza en cada grabación y le devuelve la alegría  y la esperanza a cada anciano retirado que con las fuerzas que le han dejado los años sonríe y confía en que “la solución de sus necesidades está a la vuelta de la esquina”. El simpático personaje se ha llevado en un bolsillo, o mejor dicho, en su jaba de los mandados, los aplausos del público cubano.

Si cuando se nos acaben los problemas se nos terminará la razón para vivir del cuento, entonces habría que valorarlo, porque si en un hogar la libreta de abastecimiento y la dieta son indispensables, Pánfilo también se nos ha vuelto imprescindible.



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