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RETRATO A LA PRIMERA FORMADORA

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María Fernández Baéz, maestra de primaria desde 1966, ha moldeado con sus manos por lo menos a casi diez generaciones de estudiantes.

Texto y foto:
LAURA ALONSO HERNÁNDEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Los pasillos silenciosos de la escuela primaria “Felipe Poey Aloy”, en Plaza de la Revolución, La Habana, con la brisa suave y adormecedora, engañaban y hacían pensar que no había nadie. De repente el timbre suena y un tumultuoso grupo de niños sale de sus aulas. La tranquilidad cambia por las risas y los juegos, gritos y cantos que se hacen comunes en el receso.

-¡Se botó el tanque!

Venía desde el corredor central, rápido corrí a ver qué pasaba y me encontré con una mujer de unos setenta años, haragán en mano y en plena faena. No era una auxiliar de limpieza, sino la maestra María Fernández Baéz, tan luchadora como siempre. Después, con los pies aún húmedos, nos sentamos en su aula.

-¿Quieres un poco de café? Me lo acaban de traer y está bien caliente. La verdad, aún no sé qué tiene de interesante mi vida para retratarla. ¿Por qué esta entrevista?

Y es que el médico no es médico sin ella, ni el periodista ni el constructor. ¿Por qué no retratar a la primera formadora?

-Nací en Ciego de Ávila, en el central “Enrique Varona Faya”. Mi familia era humilde, a pesar de que mi padre era español no vivíamos en buenas condiciones. No recuerdo una niñez muy feliz. Mi madre era cubana y una mujer muy fuerte, no sé si lo llevaba por la sangre oriental, pero animaba a todos a seguir.

«Estaba en La Habana por un problema en la piel cuando triunfó la Revolución. Al llegar a mi pueblo lo primero que hice fue incorporarme a su primer llamado junto con mi hermana: la Campaña de Alfabetización. Pasé el curso en Varadero como los demás brigadistas. Coincidió con el ataque a Playa Girón y a pesar de la terrible situación por los bombardeos nos quedamos ahí. Mi madre, que tenía su algo de Mariana Grajales, nos dijo a mi hermana y a mí: “primero muertas antes de regresar a la casa”.

»Al cumplir con el tiempo requerido para la preparación de la campaña, nos ubicaron en Los Cacaos, en el municipio de Chambas, allá en Ciego, una zona montañosa, aunque no de muchas elevaciones. Alfabeticé a cinco campesinos y me hospedé en la casa de uno de ellos, una persona muy revolucionaria que pertenecía a la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP). Era una zona bastante peligrosa -un gesto de miedo y asombro se reflejó en su rostro-, pues había muchos alzados y constantemente nos vigilaban.

Parece espantar los malos recuerdos con un ademán de su mano y continúa con una sonrisa.

-Vivimos experiencias bonitas. Nos atendieron muy bien el año que nos quedamos. Por las noches solo teníamos un farol, sin embargo, no nos impedía continuar. Cuando terminó la campaña nos ofrecieron una beca en La Habana. Como era una necesidad de la Revolución, nos pusieron a escoger entre mecánica, tornera, maestra o enfermera -una risa burlona brotó de sus labios-. No sabía lo que iba a hacer porque no me gustaba nada. Pero mi hermana y yo nos fuimos al tecnológico “José Ramón Rodríguez” y estudiamos para mecánica y tornera.

»Cuando llegamos al pueblo, con tan buena suerte, empezó la Campaña de Maestros Populares. El país necesitaba a los brigadistas porque casi todos los profesores se habían ido, y cuando comparé, bueno, creo que fue bastante obvia mi elección. Ya para ese momento solo podíamos cursar el último año en la Normal de Camagüey, donde las experiencias fueron muchas. Por primera vez me mandaron a un aula en un municipio cercano para evaluar mi trabajo, cogí cero, no sabía comunicarme con los niños, era un grupo con muchos grados y no los pude atender a todos. Lloré muchísimo y decía que me iba a ir, que no servía para esto. Lo intenté una segunda vez en la escuela “Ignacio Agramonte”, y pasó la misma historia, no fue hasta la tercera vez cuando alcancé los cinco puntos y me pude graduar».

Un poco agitada por las risas tomó un sorbo de agua y continúo.

-Al graduarme me ubicaron en un lugar llamado Las Cuevas, en Camagüey, y más tarde me enviaron a Marroquí, Tamarindo, en Florencia. Trabajé el segundo ciclo, de 4to. a 6to. grado de primaria, ya era una maestra hecha y derecha. Por las noches seguíamos el rastro de los alfabetizados con clases para adultos. Era una zona muy peligrosa, los bandidos rodeaban el local donde estábamos y nos esperaban. Como terminábamos tarde, los campesinos siempre nos acompañaban a nuestra casa, aún así teníamos “el corazón en la boca”, ya habían matado a un brigadista hacía poco.

»En el año 67 fui para mi pueblo y comencé en la escuela “Gerano Ortega”, un centro muy parecido a este. Al cabo de unos meses me propusieron como directora, cargo que ocupé dos años, y después pasé a ser subdirectora del municipio de Educación».

-Profeee.

-¿Qué pasó, Alejandro?

-Es que Alexis no entiende las combinadas que dejó en la pizarra.

-En cuanto entremos del receso las explico, si las entiendes tú, lo puedes ayudar.

-Discúlpame, hay que estar atenta a todo aquí. ¿Por dónde me quedé? En fin… En los años 67 y 68 -la cara se le transformó y fue como ver a una muchacha pícara y risueña que coquetea con su enamorado- vinieron los jóvenes a cortar caña, puesto que mi zona era azucarera; allí conocí a mi esposo y padre de mis dos hijos. Él era el militante de la Unión de Jóvenes Comunistas que atendía nuestro centro y en 1969 vinimos para La Habana y nos casamos. Empecé a trabajar en la escuela “Hubert de Blank”, en Nuevo Vedado. Entre mis estudiantes estaban los hijos de Váldes Vivó. En el año 70 ya estaba embarazada de mi primer hijo y Vivó tenía que ir de embajador a Vietnam, como le gustó mucho mi trabajo, me pidió que fuera de maestra y dije que sí.

»Nos fuimos el 28 de septiembre de 1971; mi esposo como administrador de la embajada y yo en función de pedagoga. El niño tenía unos cinco meses, me rogaron que no lo llevara, pero era mi hijo y no lo iba a dejar aquí: “Si tenemos que morir, morimos todos juntos”, les decía. Estuve dos años de maestra y tuve ocho alumno de preescolar, 4to. y 5to. grado. A pesar de que se hablaba un poco de francés y nosotros habíamos pasado un curso previo, las barreras idiomáticas a veces nos jugaban una mala pasada.

»Aún recuerdo cuando comenzaban los bombardeos y teníamos que ir corriendo a los refugios. Vietnam estaba destruido, en las calles se veían los niños abandonados, refugios personales construidos de la nada. Hay amigos que visitaron el país recientemente y nos dicen que Hanoi, la ciudad donde estábamos y capital de Vietnam del Norte en ese momento, está preciosa; pero los que estuvimos ahí durante la guerra nos cuesta olvidar tanta destrucción. Cuando el padre de mis hijos iba a Saigón, que es un puerto alejado donde se recibía a todos los dirigentes, si bombardeaban tenía que esconderse en cunetas o un hueco en la tierra porque en el campo no había refugios».

Al instante su expresión de tristeza cambió por una amplia sonrisa.

-Aún me río cuando me acuerdo, alimentarse era muy difícil allí, no por  falta, sino más bien por lo que nos servían. Solo te puedo decir que perro en Vietnam era como decir cerdo en Cuba. Para qué contarte. En la primera cena de la reunión de embajadores, había muchos platos fuertes de carne, nadie sabía de qué animal era y como soy un poco meticulosa con el tema, no comí. Bueno, los vietnamitas me decían que más que cubana parecía uno de ellos porque lo único que comía era platanito. Recuerdo que al final nos mostraron la cabeza del perro con dos flores en las orejas. La mujer del telegrafista de nuestro grupo, que se había dado un gustazo de carne, empezó a dar gritos y a vomitar, pues no concebía la idea de que había comido perro.

»Durante mi estadía en Vietnam murió mi hermano mayor, no me enteré hasta tres meses después del hecho. La única vía para comunicarnos con nuestra familia en Cuba era a través de una valija diplomática. La carta de mi madre me daba la noticia, y a pesar de que estaba llena de dolor, terminaba: “pero no vengas, cumple”.

»Cuando los bombardeos arreciaron volví con mi hijo y los niños de la embajada a Cuba, mi marido se tuvo que quedar. No sabíamos si nos íbamos a volver a ver, se pronosticaban tiempos difíciles. Trabajé en Comercio Exterior durante tres o cuatro meses hasta que llegó la paz en Vietnam. Regresé para terminar mi misión, en el camino tuvimos que hacer escala en Laos, porque mi llegada coincidía la de Henry A. Kissinger, representante de los Estados Unidos en esos momentos y moderador de la paz en Vietnam. Al final, recuerdo esa etapa con cariño, pero estaba loca por regresar, lo único que me frenaba era mi gran fobia a los aviones.

»Cuando regresé comencé en la escuela “Fernández Duque”, al lado del Focsa. Tuve mi segundo hijo y me mantuve fuera del sistema de Educación durante cinco años, por una afección grave en las cuerdas vocales. Me reincorporé en el año 80, aquí en la “Felipe Poey Aloy”, en esta aula que ves. Aquí firmé mi jubilación y en la oficina de al lado mi reincorporación, fue en cuestión de minutos. No soy de esas reincorporadas que pasaron tiempo en su casa y después regresaron, no me he movido de este lugar desde que comencé y ya van a ser 34 años.

»¿Sabes?, siempre me gusta vincular mis clases con recuerdos de la infancia. En mi pueblo hay un puerto muy alejado donde solo vive una persona, se llama Chicola. Cada vez que veo un niño entretenido, le pregunto: ¿Estás en Chicola? Todos se empiezan a reír, me preguntan: ¿Profe, qué es Chicola?, y les cuento.

»He visto pasar tantos niños por aquí. Siempre llevaba mis grupos de 1ro. a 6to. grado. Este curso comencé con un grupo de 5to, al que no pude moldear con mis propias manos, pero no me quise arriesgar a tener uno de 1ro. Mi salud no es la mejor, tengo 72 años, y dejar a alguien con un camino formado no es lo mismo que abandonar a un niño que apenas comienza su vida escolar. Incluso, le tengo dicho a mi directora que si me ve con desvaríos,  me eche, no importa, no quiero ser protagonista de un acto desagradable.

»Me queda la gratitud de ver a mis antiguos alumnos, ahora doctores, ingenieros -me mira- y futuros periodistas, que vienen todavía a ver a esta vieja que ya no le queda mucho, pero que va a seguir hasta que pueda».

Y así es. Ella es mi maestra.

Suena el timbre y anuncia el final de la entrevista; ya no tiene mucho tiempo, hay que atender el aula, están en pruebas finales. Antes de levantarse de la silla, mira en la pared un grupo de fotos, entre ellas las de mi graduación y parece que sale una lágrima pero se esconde. Otra vez los pasillos silenciosos.

Pie de foto: María Fernández Baéz, maestra de generaciones, lleva 49 años frente a un aula.

 



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