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NO ES RACISMO, PERO SE PARECE

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JOSÉ ANTONIO RIGUAL DÍAZ,
estudiante  de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,  
Universidad de La Habana.

Uno de los problemas presentes en la sociedad cubana de hoy son los prejuicios raciales existentes en la Isla. Si bien con el triunfo de la Revolución en 1959 se “erradicó” esta mala hierba, sus raíces aún permanecen en las mentes de muchos cubanos.

¿Quién no ha oído por ahí las peyorativas frases de “tenía que ser negro” o “mira pa´l blanquito ese”? Son ejemplos claros de un mal que nos acecha desde hace siglos y que hoy no queremos reconocer, lo ignoramos.

Antecedentes de un mal heredado

En la Cuba colonial, la sociedad, incentivada por la iglesia, vio al negro esclavo como una bestia, como un ser sin alma que no tenía sentimientos ni sapiencia. Criticó su religión, sus ritos, sus costumbres y su idiosincrasia y llegó a establecer leyes que le prohibían casarse con blancos.

El transcurso de los años aferró la discriminación a la mente de los cubanos, a pesar de librar una guerra en contra de España en la cual negros fueron llamados por Carlos Manuel de Céspedes a combatir como hermanos junto a blancos, por una Cuba libre, soberana y de igualdad social. De hecho, una de las principales causas del fracaso de esa guerra fue la insubordinación hacia jefes de color como Antonio Maceo.

En la “República”, este problema se agudizo desde los primeros años de ocupación norteamericana y aunque en la Constitución de  1940 había un artículo referido a la igualdad entre todos los cubanos, este quedó en letra muerta.

No fue hasta 1959 que la triunfante Revolución cubana declaró la igualdad entre todos y elevó el principio martiano de que “el hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra, dígase hombre y ya se dicen todos los derechos.”

El propio Fidel había reconocido que uno de los problemas más difíciles que enfrentaría la naciente República sería el de la discriminación, y resaltaba que los mismos ciudadanos pobres, que lo apoyaban en otras tantas medidas, no se manifestaban agraciados con las leyes antirracistas.

¿Racismo en Cuba?

Hoy, a más de medio siglo de aquel entonces, el capítulo IX de la Constitución de la República de Cuba establece la igualdad entre todos los ciudadanos, sin importar sexo, religión o color de piel.

Ya no existe una discoteca para blancos y otra para negros, es cierto, pero, aún con estas garantías, permanecen marcadas diferencias, fundamentalmente económicas en nuestra sociedad.

Según el economista y académico Efraín Echeverría, de la Universidad de Pinar del Río, las mayores diferencias entre los cubanos de hoy están dadas, en lo fundamental, por el envío de remesas de familiares que viven en el exterior a los cubanos residentes en la Isla y si se tiene en cuenta que aproximadamente siete de cada diez cubanos emigrantes son blancos, pudiera ser esta una de las causas que influye en la diferenciación económica entre negros y blancos.

Lo que empeora la situación es el no reconocimiento de la problemática, está estancada como si no existiese y es por el hecho de que se ha logrado desinstitucionalizar la discriminación racial, pero no se ha sacado de la mente de muchos cubanos el “bichito prejuicio” que se le ha transmitido por sus ancestros. Algunos psicólogos y sociólogos de nuestro país coinciden en afirmar que esta conducta ha sido transferida subjetivamente de generación en generación por los ancestros de los distintos grupos familiares.

El racismo que sobrevive hoy en nuestro país es una especie de racismo cordial. La mayoría de los blancos y negros se llevan bien y comparten, pero por dentro se plantean diferencias. Recalco que es  rechazo recíproco, tanto blancos como negros se discriminan unos a otros en la mayoría de sus respectivos grupos sociales.

Luchar contra los prejuicios

Para el estudioso del tema Heriberto Heraud, Presidente de la Comisión José Antonio Aponte contra la discriminación racial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), el racismo, como todas las formas de discriminación, tiene un origen socioeconómico en las relaciones de dominación impuestas por los grupos de poder en las sociedades clasistas.

Heraud considera que hay necesidad de establecer una ley contra todas las formas de discriminación que no deje de particularizar las formas específicas en que se expresan y que más allá de penalizar, se debe realizar un amplio trabajo de diálogo y participación en este complejo proceso de transformaciones de nuestras conciencias.

En el debate está la solución

No se podrá encontrar una solución al problema hasta que el asunto no sea sometido a un debate a fondo, a un debate fuerte como ocurrió con el tema de la homosexualidad, que ya no es un tabú en nuestra sociedad. Ya ser homosexual no es un problema; y si se erradicó la homofobia, creo que será mucho más fácil extirpar los prejuicios raciales.

No sugiero que se aplique una política, como la de décadas pasadas de promover cuadros negros o se dicten leyes, porque las leyes no mandan en asuntos de conciencia. Más bien, desearía que se generara la polémica respecto al tema, respaldada por los vínculos históricos que han unido a los hombres cubanos sin importar su color.

Cuando fusilaron a los siete estudiantes de Medicina, quienes tenían en su expediente que eran blancos de sangre pura, requisito para entrar a la universidad en aquel tiempo, pocos o ningún blanco arremetió contra los voluntarios, sin embargo, un grupo de negros abakuas los atacó con cuchillos en señal de protesta y pagaron con su vida. En las guerras de independencia, al lado de cada blanco hubo siempre un negro. El más universal y sabio de los cubanos, Martí, fue antirracista.

La sociedad cubana debe librarse de esos prejuicios, entender en la historia que un día murieron los negros con los blancos mambises y un siglo después murieron los blancos y los negros defendiendo Angola.

Un debate entre todos de este tema, abierto y sin miedo hablar se precisa en nuestra nación. El blanco no debe temer llamar al negro por lo que es y el negro debe estar orgulloso de ser negro como Juan Gualberto, como Maceo y como él mismo. La grandeza no radica en el color de la piel, está en el corazón. Los grandes son los que saben que es absurdo el racismo, y los pequeños, los racistas, esos son los que, verdaderamente, son inferiores.



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