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EL ASIENTO DE LA DISCORDIA

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ADRIANA BEATRIZ ROSA-PERALTA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cada día tomo dos rutas distintas de transporte público y, aunque ponga todas mis esperanzas en el mejoramiento humano, nada tiene intenciones de cambiar; lo vivido en estos carruajes del infierno se repite una y otra vez. Y no me refiero a la liga de olores, ni al poco espacio de los pasillos, en los que puede ocurrir “de todo, como en botica”, ni siquiera a la música altísima, sino a la falta de educación y de sensibilidad para con las mujeres encintas, niños y ancianos.

Me entristece tanto ver la misma escena a diario. La guagua repleta de gente, una embarazada en avanzado estado de gestación, el niño que con par de tirones más le hace llegar el pantalón de papá hasta las rodillas, porque está cansadito, la señora septuagenaria que apenas logra sostenerse. Todos de pie, casi en la puerta, porque no han logrado alcanzar los “asientos amarillos”.

¿Acaso es necesario que esas personas reclamen los asientos? ¿No somos solidarios? Señores, solidaridad no significa únicamente cumplir misión en países que están a cientos de kilómetros y llamamos hermanos. ¿Qué pasa cuando no sentimos sensibilidad ante madres, abuelas, pequeños que pudieran ser nuestros y tenemos a la distancia de tan solo un gesto de caballerosidad, de humanidad?

No, la juventud no está perdida. Este asunto no es un mal de edades. Es cierto que la primera escuela es la casa, pero los adultos deben cuidar su comportamiento en las calles porque, quieran o no, siempre serán un reflejo para aquellos que venimos detrás. ¿Cuántas veces hemos sido testigos de un hombre con la suficiente edad como para no hacerse el de la “vista gorda”, para eludir el simple y hermoso acto de generosidad de ceder el puesto?

Quizás la próxima idea resulte sexista, pero creo que llega a ser muy doloroso cuando son las mujeres las que asumen estas ásperas actitudes y aún más si es con sus similares embarazadas, a las que en ocasiones ni ofrecen llevarles el bolso, por una elemental cuestión de solidaridad femenina.

Entonces me pregunto, ¿no les dará pena? Y yo misma me respondo: evidentemente, no. Tal parece que en nuestra sociedad los cromosomas, han desarrollado mutaciones desencadenantes de dos enfermedades muy peligrosas, trasmitidas de madre a hijo, de pariente a ariente, de amigo a conocido, adquiriendo dimensiones de pandemia: la Mala Educación  y, la que es peor, la Insensibilidad Aguda.

Son dos fenómenos que se les han escapado de las manos a los doctores del alma y la conciencia. Para combatirlos andan haciendo experimentos con pociones y brebajes que clasificaban en la lista de medicamentos en peligro de extinción, y dicen que si funcionan los repartirán por la tarjeta de abastecimiento y harán una masiva campaña de vacunación sin límite de edades.

Entre los ingredientes indispensables de estos remedios están palabras y frases un tanto obsoletas como gracias, por nada, buenos días, venga, siéntese aquí, mi tío, déjeme ayudarla, permiso, ¿le llevo el bolso? ¡Ojalá encuentren la cura!



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