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DE ARTES Y COMUNICACIÓN

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JOSÉ ERNESTO GONZÁLEZ MOSQUERA,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

París, ciudad efervescente en el ocaso del siglo XVIII, tejió con mano maestra las redes de la revolución burguesa en cada fibra sensible de la sociedad. La economía, la política, la religión, el pensamiento y las artes se rindieron ante el desplome de las caducas formas de dominio feudal, para dar paso a lo novedoso y brillante del capitalismo burgués que comenzaba a dar sus primeros pasos en la autentificación de su nuevo poder.

La importancia de su hazaña recae, más allá de la virtud triunfadora, en la estrategia llevada a cabo para modificar, a imagen y semejanza de sus intereses, el pensamiento de aquella masa inerte de dominio político alguno, hasta lograr adentrarlos en el renovador sistema que cambiaria desde entonces la historia de la humanidad toda.

No se pecaría al pensar que la cultura es el reflejo de la sociedad y la totalidad de lo creado por ella y que a su vez crea al hombre y este se refleja en su devenir histórico. Así, con gracia y sutileza, la revolución en aquella Francia traspasó el mero horizonte del dominio político y económico hasta consolidar el poder cultural e ideológico sobre las masas; todo a través de un sistema organizado.

La propia fecha de la revolución devino entonces símbolo de rebeldía y de lucha por la libertad. Esto me recuerda el cuadro La Libertad guiando al pueblo, de Eugene Delacroix, expuesto hoy día en las salas del Museo del Louvre en que se muestra una mujer portando la bandera tricolor en clara guía de un pueblo rebelado, cuando solamente fue la coincidencia de un día cualquiera escogido por la mayoría en consecuencia de hechos anteriores. Asimismo trascienden nuevos símbolos: los tres colores patrios (rojo, blanco y azul, hoy en la bandera nacional del estado francés), el emblema Liberté, legalité, fraternité, con los presupuestos de “libertad” que regían la Revolución, así como el árbol de la libertad y el gorro frigio.

Otra de las maneras más difundidas en esta nueva cosmovisión de simbologías que creó la Revolución Francesa para legitimar su poder fueron las artes escénicas y la música, que junto a diversas prácticas comunicativas como la prensa impresa, los clubes, los cafés como espacio de socialización de la información y la oratoria como forma más acertada de intercambio de ideas, noticias y “doctrinas” debido al índice de analfabetismo existente en la población, se convirtieron en poderosas vías de llevar al nivel subjetivo y de pensamiento la idea del cambio a todas las esferas y niveles. 

Las tablas, la escena o como quieran nombrarse, ya fueran callejeras o acogidas en el famoso clasicismo de la Comédie Française, eran abarrotadas por las personas deseosas de distracción ante la rapidez y dinámica de los cambios sociales que los rodeaban.

El sombrero de fieltro, el traje de “mil colores” y  la máscara negra del Arlequín se convirtieron en símbolos de comedia y diversión para el público; por el contrario, la dramaturgia estuvo descubierta en la maestría creativa de Moliere con sus obras Le Tartuffe, Le Misanthrope, Les femmes savantes y Don Juan. El mundo giraba muy rápido por esos días y el teatro fue también victima de avatares. La política lo alcanzó y las puestas en escena comenzaron a reflejar el devenir diario de la Revolución y convertirse en trinchera de defensa de sus conquistas y parche de las medidas más reaccionarias dentro de la misma. Una manera muy inteligente de llegar a las masas sin necesidad de la fuerza ni la imposición pura y dura de las ideas.

A su vez, uno de los artes más puros, sin límites, sin fronteras, sin banderas, sirvió también a ese afán de adoctrinamiento, pues no se me ocurre otra palabra para describirlo, que bordó el proceso revolucionario francés. La música se convirtió en un medio espectacular para difundir esas ideas. Cada suceso debía ser acompañado de una canción con una letra fácil y pegajosa, sin tantos arpegios ni complejidades sonoras y tonales, para que al populacho le fuera fácil recordarlo. Desde La Carmagnole –melodía de la región de Provenza para lograr la concordia con los sans-culottes- hasta La Marsellesa, podría decirse cumbre de este tipo de comunicación musical hoy día. Actual Himno Nacional francés, esta canción fue compuesta para el ejército del Rin como canto de guerra, hasta que la popularidad le trascendió y superó la región de Marsella, de la cual toma su nombre actual.

Podemos ver entonces cómo los tentáculos comunicativos de la Revolución Francesa se extendieron más allá de lo que tradicionalmente entendemos por comunicación. Ya no solo fue la prensa, la oralidad y la publicidad; en aquel momento las artes se volvieron fuertes instrumentos de socialización de información y de traspaso de ideologías. En fin, aquellos que Su Santidad Juan Pablo II expresara una vez le queda como anillo al dedo: “La comunicación genera cultura y la cultura se transmite mediante la comunicación”.



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