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EL ARTE DE AYUDAR

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Carmen Julia Rodríguez Calzadilla, secretaria de la Dirección del Instituto de Oncología y Radiobiología desde hace 20 años, rememora su vida y profesión.

Texto y foto:
MARIANA BRUGUERAS MÁS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
 

Sentada detrás de su buró, tiene en la mano uno de los dos teléfonos que se encuentran en la mesa repleta de papeles. Dos personas esperan, sin contar a la señora, aparentemente invisible y de cara cansada, encargada de los servicios de limpieza del hospital. Entran dos más, vestidas con bata blanca. “El Director no está”, les dice, a la vez que aguarda con ansias una voz al otro lado de la línea. Con ligera frustración, cuelga, se levanta y sale. Al regresar, le entrega un documento a la mujer que permanece en la oficina junto a su hijo. “Muchas gracias, Carmita”, se despiden.  “No, mijita, que Dios los bendiga”, responde ella con el teléfono otra vez pegado a la oreja.

Nunca pierde la amabilidad ni la delicadeza cuando está trabajando, a pesar de tener muchas responsabilidades y pacientes que atender. Corre constantemente de un lado a otro, no para hasta resolver todas sus tareas, las cuales vienen incesantes, sin previo aviso. Es entonces cuando Carmen Julia Rodríguez Calzadilla, holguinera de 71 años, secretaria de la Dirección del Instituto de Oncología y Radiobiología, saca un as de abajo de la manga y resuelve lo que, para cualquiera, es una catástrofe y, para ella, un simple día atareado.

“Nací en 1943, terminé los estudios en la secundaria básica y después me hice taquígrafa, mecanógrafa y contadora, aunque de joven también participé en la Campaña de Alfabetización. En 1963 comencé como secretaria en la Dirección Provincial de Oriente Norte. Para ingresar, había una prueba en la cual debía escribir a máquina 60 palabras en un minuto. Me otorgaron la plaza y, a partir de ese momento, empecé el ejercicio de una carrera que no estudié”.

-¿Cuándo comenzó a trabajar en el Oncológico?

Hace 20 años, cuando llegué a La Habana, en 1994. Nos trasladamos porque mi esposo era de aquí. En este hospital trabajaba el doctor Alberto Céspedes, de quien yo había sido secretaria por siete años en Oriente y me convenció para que viniera para acá con él.

-¿Qué la hace mantenerse tanto tiempo en este centro?

Para mí no es fácil dejar de venir cada día. Es el motivo por el cual vivo. Estoy segura de que me trajeron a este mundo para ayudar y minimizar el dolor de la humanidad. Soy muy atenta y me llevo muy bien con todos, pacientes y compañeros de trabajo. Por eso sigo aquí.

-Carmita, ¿qué hacen las secretarias?

Bueno, ser secretaria es todo un reto. Tenemos mucha actividad siempre. Por suerte aquí tengo el apoyo de dos muchachas que también son secretarias, pero sigue siendo una carga muy grande. De manera general, nosotras le facilitamos el trabajo al Director y atendemos a quien se aparezca con algún problema o duda, e incluso deprimido, porque en este lugar no siempre te dan buenas noticias y disminuir el llanto y el sufrimiento es algo en lo que me gusta contribuir.

-¿Qué debe ser fundamental en una secretaria?

¡Ay!, muchas cosas son esenciales en los secretarios. Deben trasmitir confianza y ser confiables, honestos, amables, preocupados y organizados. Para nosotras, que trabajamos en el sector de la Salud,  la discreción y el buen trato son primordiales, sobre todo en este lugar donde los pacientes necesitan tanto amor y tanta comprensión. Todos los hospitales tienen esas características, o deben tenerlas, porque se atienden a seres enfermos. Pero las personas de nuestro centro son un poquito distintas, pues tienen cáncer y están sentenciadas por la vida. Algunos se “curan” y a todos los llegamos a querer, como si fueran familia. Su dolor es mi dolor, igual que sus alegrías.

-¿Cómo funciona su horario?

Venimos de lunes a viernes y, como somos tres, un sábado alterno. Los domingos descansamos. Supuestamente, debemos estar aquí de 8:00 de la mañana a 4:30 de la tarde, pero eso rara vez sucede, debido a que no nos marchamos hasta haber terminado. En muchas ocasiones nos vamos a las 7:00 de la noche o 7 y pico. En Oriente, como era yo sola, comenzaba desde primera hora de la mañana y no terminaba hasta las 12 de la noche, pero no dejaba de cumplir con nada.

-Me hablaba hace un momento de reto, ¿cuáles son algunos de los retos por los que atraviesa la vida de las secretarias? ¿Tienen que ver con la relación director-secretaria?

Aquí llegan muchas quejas, problemas de los pacientes, situaciones en las que quisiera ayudarlos de inmediato. La vida es muy difícil. ¡El trabajo de uno es tan fuerte! “Quedar bien con Dios y con el diablo”, digo yo. Atender a la gente y estar al tanto del Director. Yo he tenido la suerte de compartir con directores flexibles, ellos notan el trabajo que pasan sus secretarias y saben cómo tratarlas. Nunca he tenido discrepancias con ninguno, al contrario. Ellos nos entienden y ayudan cuando pueden.

-Carmita, ¿ha viajado a otros países?

Bueno, aquí la revista Negocios promovió un concurso para secretarias que incluía un viaje a Santo Domingo. Era participativo y se aplicaba con una breve síntesis biográfica, para elegir en aquel país a la Secretaria Ideal. Entonces mi Director era Alberto Céspedes Carrillo, quien me dirigió por 17 años, siete en Oriente y diez aquí. Él fue quien vio la convocatoria y me dijo que yo podía y merecía llegar a la final. Hizo mi autobiografía a grandes rasgos y la presentó. La revista llevó 100 secretarias, la mayoría pertenecientes a corporaciones, grandes empresas y hoteles, excepto otra muchacha y yo. Del total de mujeres, escogieron 10 por su historia. La lista la encabezábamos nosotras dos. Ese día me llamaron del exterior muchos amigos, doctores y enfermeras que estaban de misión en países como México. Aún guardo la foto de esa ocasión y la página de la revista.

-¿Tiene importancia el género en su profesión?

A pesar de la existencia de más mujeres secretarias que hombres, no veo importancia en el sexo. Conozco secretarios muy buenos, aunque no sean graduados de la profesión.

-¿Siempre laboró en la Salud Pública?

En el Partido provincial de Holguín es donde único no estuve vinculada con la Salud Pública, porque allí fui secretaria del miembro del Buró de la esfera ideológica. El resto de mis días han transcurrido en hospitales, como ahora. De hecho, me otorgaron la medalla por 25 años de trabajo en la Salud.

-¿De qué otros reconocimientos pudiera hablar?

Me siento muy orgullosa por todas las condecoraciones que me han otorgado, también tengo la medalla de fundadora de la Federación de Mujeres Cubanas, la de fundadora de los CDR y la de alfabetizadora.

-Cuénteme una de sus mejores experiencias en La Habana, fuera de su centro laboral.

Uno de mis mejores recuerdos proviene del día en que las alfabetizadoras desfilamos por la Plaza, en el acto preparado por nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro. Cuando la Campaña cumplió su aniversario 50, tuve la satisfacción de volver a caminar por esa misma plaza. Para mí fue un honor.

-¿Le gusta su trabajo?

Me encanta. Si yo volviera a nacer, sería de nuevo secretaria. Nunca me he arrepentido. De no serlo, también me gustaría ser planificadora en la contabilidad. Pero, honestamente, este es el trabajo para el que nací.

-¿En algún momento se ha superado profesionalmente?

Bueno, hice un curso de secretaria bilingüe, de español e inglés. No hablo el idioma a la perfección, pero sé defenderme, y la superación es básica; en cualquier oficio, no solo el mío.

-¿Hasta qué punto ha intervenido su vida profesional en su vida personal?

Hay dos etapas de mi vida que recuerdo con exactitud: mi madre enferma y mis dos hijos pequeños. He batallado y luchado mucho para sacar mi familia adelante. Hubo momentos en los cuales mis hijos tuvieron que estar conmigo en las tareas. Realmente los sacrifiqué bastante. Pero ellos siempre entendieron que era necesario.

-Y cuando no está aquí, ¿a qué dedica su tiempo?

Entre lo que más me gusta hacer, está reunirme con mi familia, mis hijos –que ya son unos hombres- y mi nieta de cuatro años. Está acabando. ¡Ellos me alegran tanto! El fin de semana pasado, por ejemplo, vi a mis primas y la pasamos de lo mejor, porque hacía bastante tiempo que no nos veíamos, y eso es bonito.

-¿Cómo ha incidido en usted trabajar en el Oncológico?

Siempre me ha gustado estar ahí para la humanidad y digo que mi razón de ser son los pacientes y sus familiares. Para mí esto ha sido un regalo de la vida. Tener la opción de poder ayudar a las personas y ser agradecida por ellos, me llena espiritualmente.

-¿Hay algún caso que de manera singular la haya impactado, Carmita?

¡Ay!, aquí el sufrimiento es diario. Hace 10 años estuvo en este hospital un niño de nueve años que tenía un linfoma de hodkin. Venía con su abuelito y estuvo ingresado todo ese año, aunque no de manera permanente: entraba y salía en dependencia de su recuperación. Llegamos a querernos muchísimo. A cada rato me llamaba para subir a su habitación y, a veces, era él quien venía a mi departamento. Cuando agravó su enfermedad, quiso quitarse todos los troques y mangueras y dijo que prefería morirse, que no podía más. Mandó a los médicos a buscar al Director y a mí. Murió dándome la mano. Yo lo quise mucho.

Otro caso es el de una muchacha de 34 años que tenía cáncer cérvico uterino. Ella me trataba como si fuera mi hija y me creía su madre. Como te dije, el sufrimiento aquí es constante.

-Usted lleva 52 años como secretaria, ¿no?

Sí, desde 1963… no lo digas muy alto que pueden oírte.

-¿Ha pensado en retirarse?

Mientras me sienta con fuerza para trabajar, mientras esté bien de salud, clara de mi cabeza y pueda ayudar a la humanidad, yo no me voy de aquí.

Pie de foto: Carmita, secretaria desde 1963.

 



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