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EL COLOR DEL ÁMBAR

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El autismo es un trastorno neurológico que afecta las capacidades de comunicación y socialización de quienes lo poseen, pero si desde la infancia recibe el tratamiento y la atención adecuada, no impide la adaptación e inserción de las personas a la sociedad.

Texto y foto:
AYMELIS ALFARO CAMACHO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuando entré a la Escuela Especial Dora Alonso lo vi, sentado en la recepción, sumergido en sus pensamientos. Michel Docampo Garracedo es un autista de 39 años, de los cuales ha dedicado cinco al trabajo en este centro. Allí contesta las llamadas telefónicas, levanta actas de reuniones, teclea informes, toca el timbre para señalar el horario docente y, junto a la directora de la institución, realiza el recorrido cuando hay visitantes.

Al verme, rompió el silencio. Le gusta saludar a todos: los que entran, los que salen, los nuevos y los que ya conoce. Me preguntó: “¿Cómo te llamas?”. Respondí: “Aymelis”. “Dame un beso”, volvió a decir. “¿Tú sabes de qué color es el ámbar?”, cuestionó. Quedé sin respuesta. Parecía él un periodista y yo la entrevistada. Sentía que el supuesto muro del autismo se derrumbaba.

Después de este inicio, pregunté si sabía algo de química, pues mencionó el ámbar, a lo que respondió moviendo su dedo índice en el aire como si estuviera contando todos los elementos de la tabla periódica: “Sí, los metales, leo mucho en la Wikipedia sobre ellos y sus colores. El ámbar es un mineral de color carmelita rojizo”.

Estuvo unos minutos hablando muy rápido de cromo, azufre, cobalto…, yo no comprendía mucho. Sus palabras viajaban a miles de kilómetros por segundo, parecía que se había olvidado de mí y se insertara nuevamente en su propio planeta, hasta que miró su reloj y se levantó un momento para tocar el timbre del recreo.

El autismo de Michel fue detectado cuando tenía cinco años, luego estuvo inscrito en la Escuela Especial Guillermo Granados Lara, de Santiago de Cuba, donde cursó sus primeros grados. Después lo trasladaron para la escuela Rodolfo Medero, en La Habana, hasta que concluyó los estudios y se incorporó a trabajar en la Dora Alonso.

Le gusta mucho la comida, en especial los postres con leche, o al menos eso entendí cuando conversaba con él, porque a cada rato me preguntaba cuántos tipos de dulces y sabores de helado existían. Dice que conoce muy bien cómo prepararlos, pero no tiene siempre todos los ingredientes que la receta incluye.

Michel vive con sus padres. Teme que algún día mueran y él se quede solo, pero dice que no piensa en eso porque es malo, ya habrá tiempo para meditarlo, por ahora disfruta de su compañía en el apartamento donde viven en el Vedado.

Al preguntarle a Mercedes, su madre, qué ha aprendido de su hijo, respondió: “Que la impaciencia no existe, nos la inventamos los adultos cuando queremos sacar nuestra rabia y necesitamos una excusa. Ellos se esfuerzan más que nadie por agradar. Tenemos que respetar y fomentar sus ideas”.

Para Laude Cruz Camejo, directora de la escuela, Michel es ejemplo de cómo las personas con autismo pueden adaptarse, solo hay que ayudarlos, darles una oportunidad. Expresó: “Él, otros niños autistas y sus familias me han enseñado a ser persistente, a enfrentar los obstáculos de la vida, hay que luchar por nuestros sueños. Todo, aunque no lo parezca, es posible”.

Conocer a Michel fue una experiencia impactante, pues me demostró que el autismo no es ni un límite, ni un defecto, ni un retraso. Puede que sea un poco complicado trabajar o convivir con alguna persona autista, pero ellas también son parte de nuestra sociedad, solo tenemos que aprender a darles su lugar y a brindarles todo el amor y el apoyo necesarios. Quizás ese sea el color del ámbar.

Pie de foto: Michel Docampo es un autista insertado en la sociedad gracias a una estimulación y tratamiento tempranos.



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