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CALLE 23: CAPITAL DE CUBA

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KIANAY ANANDRA PÉREZ GONZÁLEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Si me preguntan dónde se puede encontrar la verdadera sustancia del alma habanera diría que en la calle 23 ─sí, ya sé que es una avenida, pero nadie le llama así en estos tiempos─. Me atrevería a decir que su cercanía al ambiente social y cultural de la Isla la gradúan como un espacio moderno, pero a la vez tradicional que redescubre diariamente los valores humanos y físicos del cubano como ningún otro sitio.

La geografía inmensa de esta vía abarca desde el muro del Malecón, que nos une con el Mar Caribe, justo donde decenas de hombres pescan morenas para revender después a precios desorbitantes; hasta el río Almendares, lugar donde algunos religiosos que deben promesas de sus santos, zona de esparcimiento para muchas familias, y donde se encuentra el punto final del corazón del Vedado.

Al caminar por la calle 23, lo que más me llama la atención es la confluencia de gente. Miro hacia adelante y encuentro la cascada del Hotel Nacional. En el horizonte de mis ojos distingo La Rampa, se siente como vibra el suelo por los pasos de las personas, la misma sensación que cuando era niña. Hago una ligera parada en la fachada del cine, un anciano, sentado en el piso, sostiene una caja con algunas monedas y una estatuilla de San Lázaro, nadie lo observa, pero lo aliento arrojándole un peso, ipso facto me responde: “¡Dios te bendiga, belleza!”.

Sigo caminando, la parada del ómnibus está a tope como de costumbre y la guagua, cual muchacha presumida, mira a todos con desdén y sigue de largo. La gente protesta, yo sonrío.

A lo lejos diviso a esos edificios regios al paso del tiempo, como si fueran ficción: el Habana Libre Tryp, los cines Yara y Riviera y el edificio del ICRT. Una cola de gente, sobre todo extranjeros, avanza hacia el banco, salen de allí contando moneda nacional, guardan los billetes de tres pesos con la figura del Che y luego acompañan al calor con un famoso helado Copelia.

Observo los focos que alumbran el pavimento, los cristales de las tiendas, carteles de festivales ─o de alquileres en divisa─; enfocan a taxistas que fuman, vendedores profesionales de libros, doctores de celulares, cazadores de wifi, borrachos, excéntricos, profesionales de traje y figuras reales o ficticias que forman parte de la cultura cotidiana del transeúnte.

Es notorio el olor a gente, el aroma del queso de las pizzas o de las cajitas de nuestra típica comida criolla en las muchas paladares. También hay aires de arte, más aún cuando caminas por el Pabellón Cuba, o pisas alguna loza con pintura incrustada en el suelo.

Esta es la calle 23, la arteria que me vio crecer y que recoge el tono variable de la vida del cubano en sus diversos períodos. Es que si algo me conmueve de esta bella Habana es esa calle de hallazgos casuales.



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